Death by Rock and Roll - Cap 8

 

>>Desperté con el sonido del agua llenando un espacio cerrado y de acústica reverberante y supe que estaba en un baño, mi segunda pista fue al tacto: yacía dentro de una bañera de agua caliente, demasiado caliente para mi gusto, pero la temperatura estaba al punto justo en que enciende la piel sin llegar a la incomodidad del calor abrazador y luego del helado frío que recordaba al caer inconsciente aquello era un paraíso. Unas manos delicadas lavaban mis brazos y pechos con una dedicación cuidadosa y prolija, supe antes de abrir los ojos o de percatarme del suave tarareo en mi oreja, que era Celeste quién me dedicaba aquellos cuidados y permanecí así unos largos minutos de pura tranquilidad, sintiendo sus caricias enjabonarme el cuerpo, sus pechos desnudos contra mi espalda y sus muslos alrededor de los míos hasta que ella habló. Había olvidado que podía leerme como lo hacía —¿Te sientes mejor diablilla?

>>Abrí los ojos para contemplar como el color de la sangre se diluía en el agua. Entonces me asaltaron los recuerdos, el carnero había muerto derramando toda su hemorragia contra mi cuerpo. Me sentía demasiado débil como para asustarme o alarmarme por nada. Entonces sentí como ella se estiraba hacia un lado y al acomodarse nuevamente dejaba caer algo al agua que comenzó a burbujear, escondiendo aquel color escarlata a mis ojos. —Me siento débil —conseguí articular y juntando todas mis fuerzas eché la cabeza hacia atrás, apoyando mi nuca contra su hombro y mis labios contra la parte baja de su mentón.

>>Ella me abrazó con sumo cariño por el abdomen y yo entrelacé allí mis dedos con los suyos. Mi visión era borrosa, pero recuerdo aquella vez con claridad, pues su pelo mojado era lacio y caía como cascadas de alquitrán contra su piel hermosa, sonreí grabando esa imagen en mi memoria y ella me miró con esos espectaculares ojos suyos que agregaron a la imagen un aire perfecto. Imagino que cuando un pintor va al Louvre y se encuentra allí con tantas obras tan grandes y espectaculares que contra todo pronóstico han sobrevivido al paso de las eras, como testamentos y baluartes de las almas que las crearon, se pierde en el entendimiento de lo humano y lo técnico de lo que sus ojos contemplan, mientras que su corazón mezcla aquella sabiduría con la parte del misterio que rodea al artista y sus intenciones, provocando en él sensaciones que solo están al alcance de quienes, como él mismo, hayan recorrido su aprendizaje y vivido sus experiencias. Eso era lo que sentía por Celeste en aquel momento. Solo podía intuir lo profundo y antiguo de sus propósitos y deseos, pero la contemplaba y era hermosa. Me dedicó una sonrisa altiva, como si posase para un retrato y luego soltó una risilla apagada que sentí correr desde su pecho que tocaba mi espalda. El momento era perfecto y no hubiese elegido sentirme menos débil por nada en el mundo si podía seguir abrazada a ella de esa manera —Me he pasado un poco contigo, amor mío —dijo con serenidad —. Tu sangre es enviciante y enceguecedora como pocas, y te lo digo con conocimiento de causa. Te vas a poner bien, pero necesitas descansar

>>—¿Soy como tu entonces? —pregunté mientras ella soltaba un segundo una de mis manos para acomodarme el cabello que me molestaba en el rostro.

>>—Pronto

>>—¿Voy a morir?

>>—Pronto

>>—No quiero dejarte

>>—Te prometo que no voy a separarme de ti.

>>Asentí y permanecí en silencio. Entonces un pensamiento cruzó de golpe mi mente. —No existen, no hay nada —dije y miré fijamente sus ojos con una sonrisa en los labios —Te gusta mi música entonces

>>Ella me besó y sentí que era el paraíso, sus labios eran sensuales y tentadores, suaves y dulces y cálidos y fríos como solo su piel podía serlo. —Me gusta mucho, llevo un tiempo escuchándote. Amo tu pasión. Te amo, diablilla.

 

>>Volví a despertar más tarde y estaba en una enorme cama matrimonial, por el inmenso ventanal que ocupaba la amplia pared del cuarto podía ver como a lo lejos se alzaba una alta cadena montañosa cubierta de árboles. Me senté en la cama y comprobé que estaba completamente desnuda y limpia. Unas sábanas de seda azul marina tapaban mi cuerpo y la calefacción estaba encendida. El cuarto era inmenso y tenía sendas mesas de noche de madera de caoba, más clara que el suelo de roble. Frente a la cama y antes del ventanal podía verse un televisor inmenso que se guardaba en el techo del cuarto, el control remoto estaba en mi mesilla y a mi derecha estaba la puerta del armario abierta, que era otra habitación en sí misma. La puerta de entrada estaba al lado izquierdo y detrás de la cama, desde allí entró Celeste, trayendo una bandeja con comida —Buenas tardes amor mío —dijo y extendiendo las patas de la bandeja de madera la colocó sobre mis piernas. Había allí un abundante desayuno americano para una persona —. Come. Tienes que recuperar fuerzas.

>>—¿Y tú?

>>Ella rió —No te preocupes, diablilla, la comida de los mortales me resulta asquerosa. Disfruta del desayuno, espero haber elegido bien y que no haya llegado frío.

>>—¿Dónde estamos? ¿Esta es tu casa?

>>—Ahora es mía

>>—¿La compraste? ¿Cuándo?

>>—Digamos que la familia que vivía aquí no va a necesitarla más. Me dejaron la llave y todo para que lo utilicemos a nuestro antojo. Ahora haz caso y come, yo tengo que salir a hacer algunas compras más. Quizás demore un poco, el pueblo más cercano está a veinte minutos en coche.

>>—Gracias —dije y comencé a comer como si de repente recordase el hambre voraz que tenía. Ella se inclinó para besarme la frente y partió, dejándome sola. Apenas acabé el desayuno ya me sentía mejor, casi podía parecer que nada de lo ocurrido había pasado realmente, así que tras ver algunos minutos de porquería en la televisión, la apagué y me metí al armario. Allí estaba mi ropa, manchada con sangre, al parecer cuando Celeste me recogió la noche anterior consiguió vestirme para protegerme del frío. Al parecer aquel había sido el armario de una pareja joven y, por suerte, delgada y de poca estatura, así que las camisas del hombre me quedaban perfectas, me vestí con una blanca y unos pantalones de traje grises, sin bragas, me negaba a ponerme las de una desconocida, por muy pulcro y limpio que pareciera aquel vestidor, y ya que estaba, completé el vestuario con unos zapatos masculinos negros que me quedaban algo sueltos y una corbata a juego. Saqué los cigarros de mi chupa de cuero y encendí uno para salir al balcón a contemplar el paisaje.

>>El patio era gigantesco y tenía un columpio, garaje con seis vehículos de alta gama y un techado con suelo bajo y de piedra para encender fogatas en verano. Durante un instante sentí pena por aquella gente, y deseé que no les haya pasado nada malo, pero luego recordé las revelaciones de la noche anterior ¿Si el bien y el mal no existían por qué debería una inmortal como Celeste reprimirse a tomar lo que deseaba? ¿Si nada había más allá de todo, que había más Divino o satánico que ella? ¿Y quién podía negarle lo que quería? Suspiré y apagué el cigarro en el cenicero que había allí antes de bajar a ver la casa. Era una estancia inmensa, con sala recreativa, piscina calefaccionada, gimnasio, una enorme cocina y salas de estar impecables de alfombras de piel y chimeneas de mármol. Era el lugar perfecto. Era un sueño hecho realidad para mi. Un lugar lejos de todo donde escapar cuando el cansancio se apoderara de mi cabeza.

 

—¿Los mató? —preguntó Arlene con cierto temor en la voz

—¿Mh? Claro. ¿Qué esperabas? Es lo que los vampiros hacemos.

La pelirroja guardó silencio un largo rato y Taylor la contempló respirando y cavilando toda la información que estaba recibiendo con gesto preocupado. —Dijiste que el bien y el mal no existen. Pero matar a otra persona no puede descatalogarse como malo, porque lo es desde cualquier punto de vista, más teniendo en cuenta que los dioses no existen, es privar a otro ser humano de la única oportunidad de disfrutar el poco tiempo que tenemos.

—El problema de tu argumento, pequeña, es que Celeste, como ya te dije, era una vampira y se alimentaba de seres humanos, tú matas animales para comer, a mí la carne muerta me da un asco inmediato. Vosotros matáis en masa y sistemáticamente para saciaros más de lo que podéis digerir solo por gula. Y no me digas que quienes no comen animales están exentos del crimen, yo siento a los árboles vivir, veo en las briznas de hierba la vida del mundo, escucho a los pimpollos de las rosas abrirse con las primeras lluvias de primavera en un espectáculo majestuoso que celebra la vida —negó con la cabeza —Míralo así si quieres. El animal es más fuerte que la planta y más débil que el humano… y el vampiro es inmortal.

Arlene volvió a callar un largo rato antes de suspirar, sintiéndose vencida. Tomó de un trago la cerveza que le quedaba y sacó un cigarro de los que había puesto Taylor en su estuche. Se estaba acostumbrando a aquello. Lo encendió y le arrojó la cigarrera y el mechero a su dueña.

 

>>Cuando Celeste llegó trajo consigo ropa para llenar el armario, bebida y drogas varias. Era una fantasía vuelta realidad para mí, planeaba pasarme los cuatro meses antes de regresar a casa viviendo como una reina del pecado. Llamé al hotel y pedí que me enviaran las cosas al día siguiente a aquella dirección y que se cobraran los costes del correo de la tarjeta que había dejado sin problemas. Pedí comida para mí y nos recostamos a ver televisión en la sala de estar. Puse “Friends”, que desde siempre ha sido mi serie favorita y observé como los ojos de Celeste se perdían en la pantalla, atenta a detalles que eran invisibles a los míos, disfrutando de cada cuadro de la imagen como ningún mortal podría hacerlo y sentí una envidia natural por aquella atención sobrenatural. El sol cayó y llegó la comida, que pagamos con el abundante dinero que encontramos en los cajones de las mesillas del cuarto. Era un pequeño tesoro en libras, y te lo digo yo, que tenía bastante saldo en mi cuenta.

>>Cené, disfrutando de su compañía y al terminar destapamos un vino caro de la bodega y tomamos unas cuantas rayas de coca que ya el cuerpo me pedía a gritos. Entonces bajamos las luces y pusimos rock lento en los parlantes y allí nos juntamos y comenzamos a bailar despacio y juntas, como una pareja viviendo su luna de miel, estaba embriagada de su contacto y su calor y deseaba no tener que abandonar aquel sueño jamás.

>>Hasta entonces nuestra charla había sido ligera y sin hablar realmente de nada más que de las cosas inmediatas que nos estaban pasando, comentando el vestuario nuevo, nuestros planes con la casa, el color de las cortinas… entonces, allí, con su aliento rozando mi cuello ello dijo —Mañana comenzarás tu preparación

>>—¿Preparación? —pregunté sin saber a qué se refería.

>>—La transformación, o El Rito Oscuro, como aún lo llaman algunos fanáticos de nuestra especie, cambia a la gente, amor mío. Necesito que estés preparada para el cambio de tu cuerpo, no quiero perder la belleza simple de tu mente curiosa. No lo soportaría —dijo esto último con tanto dolor en la voz que tomé su rostro y la besé con todo el amor que me fue posible para contener aquella melancolía que se escapaba de sus ojos.

>>Solo entonces me di cuenta que llevaba ya todo el día fuera de su encanto, estaba libre de ataduras y aun así solo deseaba pasar la eternidad a su lado. —Voy a hacer lo que digas, amada. Prometo hacer todo lo que esté en mi mano por ser fuerte.

>>Ella volvió a besarme con más intensidad y el beso se transformó en caricias y las caricias en pasión. Su boca bajó por mi mentón, mi cuello y mis clavículas. Arrancó los botones de mi camisa con las manos y sus dedos surcaron los canales de mis costillas mientras me atraía hacia su boca y comenzaba a lamer mis pechos, arrancándome gemidos ahogados que se mezclaban con la suave música. En aquel momento no estaba haciendo alarde de sus encantamientos y aun así era la amante más hábil que jamás hubiera tocado mi cuerpo, sus manos atendían cada rincón de mi piel que clamaba por placer antes de que pudiese indicarle con mis movimientos a donde quería que llegase y abandonaba aquellos mimos justo a tiempo para que el fantasma de las caricias perdurara en un cosquilleo sugerente y excitante que se unía a los anteriores para componer una obra de excitación en constante crescsendo que recorría mi cuerpo semidesnudo.

>>Se alejó de repente de mí y tomó mi mentón con dos dedos, haciendo que sostuviese su mirada penetrante. —Sube al cuarto y quítate la ropa.

>>Se giró y recogió las copas de la mesa, dejándome totalmente en vilo, su voz había sido autoritaria y firme. No pude negarme, salí casi corriendo de la sala de estar y mientras subía las escaleras me quité la corbata de seda negra y la camisa. Al entrar al cuarto desabroché los pantalones y sentada en la cama me quité los zapatos. Allí esperé, expectante, con el corazón latiendo a toda prisa en mi pecho y la excitación cosquilleando mi piel, atenta a cualquier sonido que delatara que llegaría. Mordí mi labio inferior con impaciencia, temiendo que la espera se prolongase tanto como la noche anterior. Sin embargo, mi miedo fue fortuitamente infundado, pues instantes después ella cruzó la puerta, con la luz del pasillo acariciando su espalda y cortando la oscuridad lunar que entraba por el gran ventanal —Recuéstate —dijo y quise protestar, nunca me había gustado seguir un rol tan obediente en la cama, pero por ella lo haría, al menos por el momento, hasta que pudiésemos hablar al respecto. Ella siguió su camino hasta la cómoda del cuarto, dejando allí la botella y las copas antes de entrar al vestidor y traer de allí una de las mullidas sillas de cuero, colocándola a los pies de la cama. Se sentó cruzada de piernas y percibí en el reflejo de sus ojos que me era visible gracias a la puerta entreabierta que me observaba con atención. Para entonces yo estaba acostada, con la espalda inclinada contra las almohadas de plumas y expectante a su siguiente movimiento —Separa las piernas —ordenó y obedecí, ofreciéndole una visión completa de mi desnudez, abriendo mi sexo ante sus ojos como un capullo floreciente y húmedo. Sabía que ella me veía con claridad. Desde la noche anterior no tenía duda alguna que su mirada era sobrenatural y mucho más penetrante que la mía y que la oscuridad no era ningún impedimento para el espectáculo que le estaba ofreciendo.

>>Entonces, en su silencio contemplativo me sentí vulnerable y pequeña, excitada y observada y de alguna forma retorcida, sabiendo que era Celeste quién disfrutaba con ello, mi respiración se agitó cuando mi excitación creció. Esperé impaciente. Una parte de mí, primitiva y muy humana,  quería taparse de aquella mirada, negarle la visión absoluta de mi cuerpo desnudo con una vergüenza que le pertenecía a una versión antigua y obsoleta de mi misma, pero en todo momento me resistí a aquella idea, sin dejar de mirar aquellas chispas casi imperceptibles que eran sus ojos para mí.

>>—Tócate —dijo su voz y tardé un instante en salir de mi ensimismamiento. Mis manos obedecían mi necesidad humana y comenzaron a moverse por mi cuerpo, siempre pendiente de que ella pudiese estar atenta a todo cuanto hacía: me incliné un poco más contra las almohadas y acaricié mis costillas y mis muslos para subir nuevamente a mis pechos, pellizcando mis rosados y pequeños pezones duros, infligiéndome la cuota justa de dolor con mis dedos para que la pulsación súbita se transforme en un placer uniforme, mordí mi labio para ahogar mis jadeos un momento y luego los liberé desde lo profundo de mi garganta cuando mi mano comenzó a bajar por mi abdomen lentamente

>>Mis dedos encontraron mi sexo y noté la humedad que lo empapaba. Jugué con los labios de mi coño, llenando mi mano de aquellos jugos y subí hasta mi clítoris, masajeando en círculos lentos y largos y aumentando la intensidad mientras aumentaba mi excitación. Mi otra mano soltó mi pecho y fue a mi boca, para lubricar con mi saliva dos de mis dedos antes de bajar a un lado de mi cuerpo, que se inclinó para cederle paso hasta que llegó a mi ano, comenzando a presionar lentamente para que la dilatación fuese suave y delicada. Pude escuchar como su respiración cambiaba y sin verla sabía que sus mejillas estaban sonrosadas de excitación y deseo. Tómame, amor mío. Pensé, sabiendo que ella podía escucharme. Haz lo que quieras conmigo, pero tómame.

>>Un repentino sacudón de excitación sobrenatural provocado por Celeste me sacudió el cuerpo un instante antes de desvanecerse velozmente, y sin poder contenerme introduje un dedo en mi culo y los dos que jugaban en mi clítoris bajaron hasta perderse en mi sexo ya húmedo y preparado para la penetración. Comencé a gemir, midiendo cada sonido para que ella se sintiese complacida por mi teatro, perdida en mi propio placer e intentando alcanzar el suyo a cualquier precio. Ven, Celeste. Hazme tuya.

>>Ella se puso en pie y durante un segundo creí que saltaría encima de mí y nos fundiríamos en el abrazo de las amantes bajo la pobre luz del cuarto, sin embargo, se dirigió a la cómoda, dándome la espalda. Detuve mi juego y me sentí avergonzada y torpe, una vez más: vulnerable ante su reacción.

>>—¿Te he dicho que pares acaso? —dijo ella mientras tomaba su copa y la botella y se servía lentamente, llenando el cuarto del sonido del vino cayendo contra el cristal. Tragué saliva y continué tocándome, sin dejar de mirarla, adivinando sus facciones a la pálida luz mortecina de la noche que reflejaban su perfil, recordando el color de sus ojos, la intensidad de sus besos, deseándola, deseándola toda.

>>El sonido de los dedos dentro de mí ya se hacía sentir, húmedo y lascivo mientras que la presión de la dilatación de mi ano cedía poco a poco y comenzaba a presionar con un mi dedo índice a la vez que el mayor le iba haciendo espacio, sin dejar de moverse. Ella se acercó a mí, al lado de la cama parecía más alta y los contraluces le daban una apariencia siniestra y mística. Realmente le hacía justicia a la definición de nuestra especie con su figura esbelta y curvilínea y su hermosura sobrehumana envuelta en sus finas ropas negras. Busqué sus ojos desesperadamente y los encontré repasando mi cuerpo antes de clavarse en los míos, sentí en ellos una elocuencia que me era inalcanzable, una verborragia que mi mortalidad no podía presentir ni desvelar; había en aquellos ojos palabras para mí, palabras de amor y cariño, sonidos dulces que me hubiesen hecho estallar de ternura por aquella mujer, pero no eran adivinables para mí en ese entonces y el recuerdo de su voz llegó a mi “Pronto”. Su mano se extendió hacia mí y subió desde mi ombligo, marcando un dulce camino con su contacto, imbuyéndome de aquella excitación sobrenatural y haciéndome arder. Comencé a penetrarme con más firmeza, jadeando cada vez más alto mientras su caricia subía por mi cuerpo, pasando entre mis pechos y acariciando mi mentón. Entonces se separó de mí y estallé en un copioso orgasmo múltiple que me obligó a cerrar las piernas y doblarme sobre mí misma.

>>Ella tomó un trago de vino y cuando la violencia de mi climax se detuvo y busqué su cercanía dejó la copa en la mesilla y subió a la cama, una vez más sobre mi cuerpo y me besó lentamente, haciéndome disfrutar de aquella boca dulce y de su aliento cálido, aunque más frío que la noche anterior. Acaricié su cuello y su mentón con delicadeza y mis manos bajaron para comenzar a desvestirla, pero sus manos pararon las mías —Pronto —dijo en un susurro y supe que no podía protestar. Llevó mis dedos entre sus labios, limpiándolos de mis jugos con su lengua y entonces se inclinó hasta mi cuello y la sinfonía prohibida comenzó otra vez.

>>Sentí nuestros corazones danzando en su sangre otra vez, sentí como la sangre fluía hacia su boca y corría por su sangre, aumentando sus latidos, y esta vez, antes de que perdiese el conocimiento se detuvo. Un pasajero ardor en mi cuello y sus ojos mirándome, cargados de vida.

>>Volví a besarla, sintiendo el sabor en sus labios, pero la sangre apenas si tenía sabor; solo calidez y la sensación lasciva de mi propia excitación. Intenté imaginar el gusto que ella sentía cuando me tomaba de aquella manera, pero me fue imposible. Sonrió, se desnudó y nos tapó a ambas con las sábanas de seda.

>>Me sentía cansada, así que dejé que leyera en mis pensamientos lo mucho que la quería y la deseaba, lo infinitamente fuerte que era el deseo que tenía por el contacto de su piel, por hacerle sentir placer, por hacerla feliz.

>>Ella sonrió y me besó muy brevemente —Te amo, diablilla.

>>Recuerdo que en algún momento me giré y dejé que me abrazara. Así dormimos juntas aquella noche y muchas noches luego de aquella.

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