Death by Rock and Roll - Cap 2

 Taylor suspiró recordando aquello. Si cerraba los ojos aun podía oír la música sonando en los parlantes de la pequeña tienda en el Kennedy Alley, recordaba a flor de piel su extraño misticismo. Su subterfugio arrinconado en la ciudad que emergía poco a poco. —¿Cómo te llamas?

—¿Ah? —la pregunta sorprendió a la muchacha — Arlene.

—Bueno, Arlene. Me temo haber llegado a un punto que me cueste describir. ¿Alguna vez has sentido amor a algo? A algo que está allí sin estar, pero te completa, de algún modo que no llegas a comprender, pero existe.

La muchacha levantó las cejas, como si no creyera que le hiciera aquella pregunta.

Taylor soltó una carcajada —Si, supongo que me entiendes. Y supongo que ahora entiendo un poco más tu preocupante obsesión —le guiñó un ojo y la muchacha se sonrojó con una sonrisa que mezclaba la felicidad y la vergüenza

—No consigo recordar el nombre de la tienda, solo unas rejas negras contra los cristales de las vidrieras empapeladas con afiches de los nuevos lanzamientos. En aquel entonces creo recordar que Green Day colmaba las vitrinas con su irreverencia, pero no era lo que sonaba allí, sino, probablemente la historia hubiese tomado un curso distinto.

>>“I’ve just seen a face” sonaba entonces en los parlantes del local. Créeme si te digo que lo recuerdo bien. Llevo sin desempolvar aquel recuerdo un tiempo, aun así puedo recordar todo con un ardor febril. ¡Como quisiera yo haber nacido solo una década atrás o dos! Y vivir el apogeo violento del Rock and Roll. No, no digo que no me agrade lo que hago, o que no disfrute con mi carrera, es solo que a veces fantaseo con las buenas baladas en las mejores radios y los tops más altos en las listas, ocupados por los nombres que admiro y disfruto.

>>Aquella tarde en la tienda de discos de Kennedy Alley el sol se colaba entre los afiches de la vidriera, y el polvo del ambiente flotaba impávido en los rayos de luz de los mismos, que se trasparentaban desde el interior, mostrando una cara inversa, casi fantasmal de las carátulas de moda. Había cierto aroma a encierro y cuero, pues contra la pared contraria a la entrada, se desvencijaban unas chupas de cuero negro como la que me ves vestir ahora, como desafiando al paso del tiempo, igual que las canciones que sonaban allí.

>>Dudo que hayas pasado por algo así, pero en mi tiempo, —y lo digo como si procediera de otra época—, había en las tiendas tocadores con auriculares con algunos discos sonando, para que quien entrase pudiera saber qué estaba comprando. Allí escuché a Led Zeppelin, The Police, Ramones, Guns and Roses, The Beatles, y el tiempo se me escapó entre los dedos. Los compradores se convirtieron en sombras pasajeras frente a mis ojos y el sol cayó para mí de repente cuando el viejo tendero se me acercó. Imagino que llevaba viéndome allí varias horas, escuchando en todos los reproductores las distintas maravillas de una música que él también amaba. —Tenemos que cerrar, pequeña —me dijo luego de tocarme el hombro y sacarme de mi ensoñación. Era enorme, viejo y tenía los ojos tristes. Su barba al estilo ZZ top le tocaba el abdomen y tenía el canoso cabello largo.

>>Me sobresalté al verlo y me quité los auriculares. —Si, señor —dije con la voz entrecortada y ronca. Cuánto tiempo llevaba en aquel contemplativo silencio —. ¿Qué hora es? ¿Puedo comprar aun?

El viejo se rió a carcajada viva, imagino que creyó en todo momento que yo no planeaba dejar una sola moneda allí y simplemente estaba aprovechando el tiempo escuchando en sus reproductores.

 

>>Eran las ocho de la noche cuando volvía a casa, sorprendida ante la poca importancia que parecía tener el regaño de mis padres. Llevaba en mi coche un Diskman Sony, tres discos y una campera de cuero. Que hoy me alegro de conservar —dijo la vampira acariciando el abrigo que llevaba encima.

—¿¡Es esa misma!? —preguntó Arlene con admiración

Taylor rió a viva voz —Si, lo es. Es lo único que quedó de aquella compra

—¿Cómo lo único?—

—Verás. Aquella noche bajé de mi Ford sin nada de lo que había adquirido. Sabía que mis padres estarían furiosos por desaparecer así y no quería echar más leña al fuego entrando con cosas nuevas, como si no lo lamentase. Escuché su regaño durante casi una hora y me mandaron a dormir sin cenar.

>> Yo tenía entonces quince años, casi llegados a los dieciséis, así que más que discutir a voces y enojarme mucho, poco podía hacer, pese a tener una buena cantidad de dinero y obedecí sin dejar atrás toda chance de replicar, pero al llegar a mi cuarto, como puedes imaginar, no dormí ni un segundo. Esperé a que mis padres se acostaran y luego lo que me parecieron varias horas más, entonces intentando no hacer ni el más mínimo sonido, bajé al garaje y descargué todo. Subí a mi cuarto y pasé la noche más surrealista que recuerdo. Y mira que aún no he empezado a contarte nada apenas.

>>Coloqué la campera de cuero en mi armario, enchufé los auriculares al Diskman y puse el primer CD. “Yellow submarine” de The Beatles y el delirio empezó. Porque eso era, un delirio, una fiebre o la locura, era placer en movimiento contenido en el aire. Al principio estaba atenta a cualquier sonido que pudiese venir de los pasillos de mi hogar, luego, no sé cuándo, subí el volumen a tope y me entregué absolutamente al anárquico sonido de décadas pasadas que me guiaba entre las venas del mundo a lo más Sagrado. Aquello era arte, era Dios, Universo, Vida y todo.

>> Yo ya había escuchado Rock, inevitablemente, diría mi madre, pero aquel momento era íntimo y privado, era una comunión mía con el sonido, era el refugio que buscaba. En algún momento “The división Bell” sonaba en el Diskman y yo contemplaba en la oscuridad las luces de San Luis reflejadas en el cielo nocturno, ocultando las estrellas, con las campanadas de “High Hopes” radiantes a cada lado de mis oídos. Fue el primer tema que repetí, varias veces. Tenía la piel constantemente erizada y cada vez que entraba aquel estribillo “The grass is green…” un escalofrío me recorría el cuerpo entero, impidiéndome salir de mi trance.

>>Nirvana me arrancó de mi ensoñación y luego descendí al miedo con Iron Maiden. Todo aquello en una noche nublada que comenzaba a refusilar entre los cúmulos encapotados sobre la tierra. Si pudiera repetir aquellas primeras veces que escuchaba las canciones que marcaron mi vida lo haría eternamente. Pero solo hay una primera vez… y nada dura para siempre.

>>Debo haberme dormido en algún momento sin pretenderlo. Y me despertó la clara voz de mi madre, cargada de furia contenida —¡Taylor Michel! —recuerdo que abrí los ojos deseando estar en una retorcida pesadilla inducida por los profundos pasajes de “Fear of the Dark”, pero no era así. — ¿Qué es esto, jovencita?— dijo sosteniendo frente a mis ojos la tapa de dicho CD.

>>Miré a todos lados, calculando el alcance del desastre. Todos los discos estaban en mi cama, y los auriculares mal colocados aun estaban en mis orejas. Entonces recordé la discusión de la noche anterior al ver la bandeja con el desayuno que mi madre me había traído. Solía hacerlo cuando no cenaba. Entonces me di cuenta que no había calculado todo con cuidado y me sentí estúpida. Aun así, tenía que defenderme. No permitiría que me arrebaten aquel maravilloso refugio que había encontrado la noche anterior —Música —respondí desafiante, quizás demasiado, mirando a los ojos a mi madre que torció el gesto con furia.

—Así que ahora te vas de casa sin permiso, a “pasear” quién sabe dónde, discutes por todo, cómo si tu padre y yo te hiciéramos pasar alguna necesidad…

—Tengo dinero, no necesito vuestra caridad.

¿Por qué habré reaccionado así? Quén sabrá. Era una contestación tan poco acertada en aquella situación que aún me aturde y a esta altura, me parece de lo más graciosa; supongo que mi madre no lo tomó de esa manera.

—¡En mi casa, el dinero lo administro yo! ¡Y deberías dar gracias, porque quién sabe en qué porquerías podrías desperdiciar tu vida, Taylor! ¿¡Me escuchas!? —Estaba hecha una furia, podía escuchar como se lastimaba la garganta al gritar —¡Esto es obra del demonio, son sus canciones, su dominio! ¿¡Acaso no lo ves!? —gritó golpeando con un dedo la tapa de Fear of the Dark —¡A mi casa no vas a traer más nada como esta porquería! ¿¡Escuchaste bien!? —dijo recogiendo los  CDs del colchón, yo estaba asustada, pocas veces la había visto así, incluso en nuestras peores discusiones, temí que decidiera golpearme —¡Y vístete que vas a ir a la escuela y al volver al confesionario, sin discusiones! ¡No amargues más la vida de tu madre! ¡YO TE EDUQUÉ, TAYLOR! ¡Y NO PARA QUE SEAS UNA MALCRIADA, SATÁNICA, NI DROGADICTA! —arrancó de mi mano el diskman y salió del cuarto, cerrando con un portazo.

>>Aquello importó poco, en realidad, apenas podía creerme lo que pasaba, simplemente me vestí y bajé las escaleras. Abajo, mis padres discutían. Y lo que realmente cambió algo fue lo que vi al llegar:

>>Mi madre me vio, cavó sus ojos en los míos y arrojó los discos al fuego de la chimenea.

>>En ese momento vi el único escape privado que había tenido en la vida consumirse por las llamas. Ahora, como entonces me cuesta encontrar palabras para lo que sentí. Pero fue como si algo se rompiera, pude sentir incluso el sonido de mi alma al partirse, al arder con aquellas obras maestras abrasadas. En ese momento no dije nada y me dirigí en silencio al auto de mi padre, con un pensamiento claro en la cabeza: ¿Quieres música del diablo? Yo voy a dártela y no puedes hacer nada por detenerme, madre.

 

Taylor rió otra vez y se levantó hasta la pequeña heladera que había en el camarín. Sacó de allí dos latas de cerveza y volvió a su asiento, tendiéndole una a Arlene. Bebió un trago y permaneció un largo rato en silencio, mirando el techo con los pies en la vieja caja de decorados. Desde la calle llegaba el sonido de los coches, llenando la habitación de un amortiguado ruido a ciudad. No había ventanas, pero era fácil intuir el ajetreo natural del sábado nocturno en las calles de Atlanta. —No haces preguntas

La pelirroja también tardó en volver a hablar. La cerveza estaba fría y era suave, como la mayoría de las patentes de trigo. Se regocijó en su sabor, con la mente en blanco, contemplando el cuello pálido de la mujer que tenía en frente, su postura pensativa.

Pronto el silencio se hizo más presente en el chasquido que Taylor había comenzado a hacer con la tapa de su mechero mientras jugaba con la misma.

—No, no tengo preguntas.

Taylor la miró con aquellos grandes ojos café, profundos y acechantes

—Lo siento por ti. Si sirve de algo.

La cantante sonrió con ternura y luego se encogió de hombros —Sabes, con el tiempo aprendes que cada cosa que pasa a tu alrededor es un pequeño empuje que te lleva a donde llegarás. Cuando los mortales pensáis en la vida, habláis de metas y camino, como si las elecciones no os fueran impuestas por todo lo que os pasa. No, en vez de un camino, más bien vuestra vida es una hoja en el espejo de un estanque cuando la lluvia cae y caóticamente se mueve con el movimiento que provocan las gotas, hasta que os hundís y la quietud os alcanza para siempre.

Hubo otro largo silencio.

—¿Puedo pedir otro cigarro?

La rubia rió, esta vez sin controlar su voz y Arlene tuvo que taparse los oídos para amortiguar el dolor

—Lo siento, lo siento. Me pillaste por sorpresa —Sacó la cigarrera y con un gesto sexy encendió el tabaco antes de acercarlo a la boca de la chica, y guiñándole un ojo con sensualidad al momento en que ella lo apretó con sus labios.

Arlene volvió a sonrojarse y Taylor encendió uno para sí misma. —Hablas de

“los mortales” —dijo la pelirroja, soltando el humo — ¿Qué se supone que eres entonces?

—Pregunta equivocada, te estás adelantando

—Mhhh… Entonces ¿Qué sucedió? Cuando tu madre quemó los discos

—Cambié las reglas del juego. O eso creía hacer. Mis padres ya no iban a sacar una sola moneda de mis contratos si podía evitarlo y planeaba comenzar una nueva vida, no sin alborotar un poco aquella casa.

>>Pasado el tiempo del enojo de mi madre intenté volver a comprar CDs, al pequeño local del Kennedy, pero habían bloqueado mi tarjeta como castigo y sin avisarme. El viejo tendero vio cuanto me afectaba y me dijo que podía pasarme por allí a escuchar cuando quisiera, y yo agradecí la oferta, y prometí volver a menudo y ayudar en lo que pudiera para no ser un estorbo. No voy a mencionar como corresponde al viejo Dave en la historia, pero por lo menos deja que te diga que era un buen hombre. Me pedía sencilleces, como retirar el polvo de alguna batea, colgar los afiches o comprarle tabaco en el mercadillo de la cuadra, y creo sinceramente que lo hacía para que yo no me sintiera mal por utilizar su equipo gratis.

>>Llegó el día de mi cumpleaños número dieciséis, y yo seguía sin poder hacer uso de mi dinero, mi madre no quería siquiera hablar del tema, seguía profundamente preocupada por la salud de mi alma, o alguna chorrada semejante, así que hice lo que todo adolescente compulsivo haría: Vendí mi viejo Ford y me dejé estafar por una vieja Fender stratocaster y un pequeño amplificador.

>>En la tienda de discos conocí a Ben. Él ya era un buen guitarrista en aquel entonces y poco a poco nos hicimos suficientemente cercanos para que le pidiera que me dejase ir a practicar a su casa y me permitiera guardar allí mi guitarra.

>>Con mis padres discutí largo y tendido acerca del motivo de venta del Ford, pero me creyeron rotundamente desde el principio cuando les dije que quería el dinero para tomar helado con mis amigas y comprarme maquillaje. En sus cabezas seguía siendo una pequeña modelito de perfumes y revistas juveniles. Así que liberaron mi tarjeta el día de mi cumpleaños y pidiendo permiso para ir a casa de Chloe, una de mis compañeras del colegio, fui a pasar la tarde con Ben, entonces compusimos Going Down y ninguno de los dos podía creer lo suficientemente bien que sonaba. Tomó su móvil y envió unos cuantos SMS, —Ven, vamos, los demás tienen que escuchar esto —dijo tomando su guitarra acústica. —¿Tienes dinero para cerveza?

>>—¿Cerveza? —pregunté escandalizada — ¿Los demás? —era demasiada información para mi cabeza.

>>El rió. —Vamos, te van a encantar.

>>Tragué saliva —Pero es tarde, tengo que volver a casa —repliqué pensando en la última vez que había demorado en volver.

>>El me miró con ojos incrédulos —Taylor. Acabas de cumplir dieciséis. Es momento de que te reveles un poco con esa familia tuya, chica. Acabas de escribir una canción de follarte a un cura y de matar a un tío por serte infiel luego de circuncidarle la polla. ¿Qué es una escapada a cantar un poco?

>>¿Yo hice qué? Pensé en ese momento, y entonces repasé la letra de la canción que había escrito y recordé las palabras de mi madre. Quería escribir algo diabólico, algo que escandalizara a mis padres, pero nunca concebí el alcance de mi imaginación. ¿Era realmente yo quién había escrito aquello o alguna fuerza infernal había tomado posesión de mi cuerpo?

>>Casi pierdo el conocimiento con aquella revelación. Había llamado a las fuerzas oscuras ¡Y me habían respondido! ¡Y sobre todo, habían creado música a través de mí, música, aquel refugio hermoso que había conseguido aquella noche! Era más de lo que el cristiano Dios de mi familia había hecho jamás por mí.

>>Sabes, de haber sabido que el demonio tampoco existe, quizás no hubiese aceptado esa invitación. Todo al final se lo debo a mis padre y a su estúpida religión

 

—¿No crees en el demonio? —preguntó la chica con un asombro rotundo

—Sé con certeza que no existe, ni Dios ni su eterno antagonista, o por lo menos, no han venido a dialogar conmigo jamás, ojalá estrecharle la mano a cualquiera de los dos, para luego escupirles en la cara, pero ya llegaremos a ello. Paciencia.

 

>>Aquella noche llamé a mis padres y avisé que pasaría la noche en lo de Chloe, afirmándoles que no llegaría tarde al colegio y que volvería al terminar las clases, que no se preocuparan, estábamos jugando muy a gusto y gastaría algo de dinero en el almacén para comprar snacks y dulces.

>>Me abrigué con una sudadera de Ben y salimos en su coche a comprar cerveza y cigarros en el mercadillo. Él, por suerte, parecía bastante mayor y conocía al tendero, que no nos pidió identificación. Nos dirigimos al río desde donde se podía ver el gran Arco Gateway reflejando el fulgor de las luces del centro de San Luis y alejados del gentío del barrio residencial todo lo que pudimos. Allí llegaron Jamie, y tres muchachos más, de los cuales tres eran de más o menos mi edad, contando a J, el otro, de la edad de Ben.

>>Tocamos nuestra canción y todos quedaron maravillados y asombrados, me pidieron que cantara covers de canciones que solía oír en la tienda de discos y allí probé el alcohol y el tabaco, por primera vez y para siempre. Aunque en aquel entonces rechacé en un acto que consideré juicioso la raya de cocaína que me ofrecieron, a pesar de sus insistencias —Taylor acabó su cerveza de un trago —. Aquella noche dormí por primera vez con un hombre, más tarde con el segundo. Estaba borracha y apenas recuerdo nada. ¿Se aprovecharon de la situación? Seguro. ¿Los odio por ello? No, la verdad es que no. Más adelante he hecho cosas similares con hombres y mujeres en estados peores del que yo me encontraba, aun así, me gustaría recordar más que el frío del hormigón bajo el puente del Misisipi, un cosquilleo extraño, un dolor punzante y luego la sensación de un placer que no creí posible.

>> Si me hubiesen visto aquellos adolescentes que me contemplaban estética en mis vestidos rosas y mi sonrisa inocente en las revistas para las que modelaba, desparramada cerca del vertedero del barrio suburbano, bajo un puente nocturnamente concurrido, con el cabello lleno de hierba y el culo marcado por la rugosidad del hormigón. Agradezco haber llevado falda aquella noche. Probablemente hubiese perdido los pantalones, como perdí las bragas.

>>Más tarde llegó más gente. Había otras chicas, por suerte. No es que me hubiese cohibido en ningún momento, pero me sentía de alguna manera más a gusto.

>> En algún momento una de ellas me besó. Imagina, si puedes lo que significó. Pensé en el pecado de la homosexualidad, con el que había crecido inculcada toda mi vida y el alcohol se me bajó de golpe presa del miedo. Luego su lengua encontró la mía y la sangre subió tan rápido a mi cabeza que creí que iba a gritar. Era distinto a lo que había pasado antes. ¿Cómo explicarlo?: Los chicos habían estado bien, si podía yo catalogarlos de algún modo. El primero, que era el mayor, aparte de Ben, me trató mejor y a pesar del dolor inicial fue delicado conmigo, por lo menos hasta donde puedo rememorar, pero aquella chica… Daniele, se llamaba ¿Me crees? ¿Te dice algo que aún recuerde su nombre? Sus manos sabían dónde tocarme, y al igual que el primero de los muchachos, tenía experiencia y no dudaba, pero su contacto era preciso y afilado. Recuerdo que en el momento en que extendió su mano para llevarme a un lugar apartado las sirenas de la policía se escucharon en la distancia y todos echamos a correr. Mi último recuerdo de aquella noche es estar sentada en el coche de Ben de camino a su casa, con el cielo clareando contra las luces del centro más allá del río y sentir aún el contacto de las manos de Daniele en mis piernas.

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