Death by Rock and Roll - Cap 7
>>Me vestí tan rápido como pude y bajé con ella las
escaleras hasta el lobby, asombrada de su paso ligero, grácil y absolutamente
silencioso, era como un susurro en él viento y una parte de mí estaba
convencida de que solo yo podía verla andar delante, tirando de mi ser con una
atracción poderosa e irresistible, como una correa invisible que anudaba el
cuello de mi espíritu y me obligaba a no detenerme jamás. El corazón me latía
con violencia cuando nos subimos a su coche: un Bentley Continental rojo de
tapizados de cuero blanco y aroma a nuevo. Me senté en el asiento del
acompañante y ella encendió el motor, entonces, mirándome con una sonrisa puso play al reproductor y mi propia voz
escapó de los parlantes. Comenzamos el viaje con “Hit Me Like A Man” a medio estribillo y en un rincón de mi mente,
debatía sobre aquella situación: No era extraño que ella escuchase mis
canciones, pues si era una enviada de satán debía de estar conforme por la
manera en que yo había llevado su mensaje, pero aquella canción en particular...
la realidad es que me preguntaba si la disfrutaba, y no solo por la manera en
que cantaba las palabras de nuestro señor, quería que aquella mujer angelical
gustase de mi música y mi voz, que la disfrutase y la llevase consigo por el
placer de escucharme.
>>Ella soltó una risilla y supe que podía saber que
pensaba, que no podía ocultarle nada aunque realmente lo quisiera, mi alma y
mis pensamientos estaban desnudos en el vacío frente a aquellos ojos violetas
que me hechizaban. La miré, ansiosa por saber la respuesta a mi pregunta, pero
simplemente giró el rostro para devolverme la mirada con una sonrisa en
aquellos labios perfectos y me guiñó un ojo con picardía.
>>La carretera era larga y, al parecer, lejos
quejaba nuestro destino, pues viajamos durante horas antes de parar un instante
a cargar el tanque. Ella pagó y antes de que el muchacho volviese con el cambio
ya habíamos partido nuevamente. No quería preguntar cuanto más habríamos de
seguir ni a donde nos dirigíamos exactamente. Aquel silencio era cómodo de
alguna manera y cuando las canciones de The Pretty Reckless acabaron comenzaron
a sonar otras tantas baladas de rock más clásico y eventualmente, el sueño pudo
conmigo.
>>Desperté con el sol golpeándome el rostro. Era ya
bastante entrada la tarde y el mismo sol acariciaba la piel de Celeste
cambiando su rostro, más lívido y curtido bajo aquella luz. El astro rey dejaba
al descubierto algunas líneas de expresión en aquel rostro de mármol,
invisibles bajo la pálida luna, y su espejismo nocturno se había sustituido por
una nitidez embriagante, revelando en su rostro una palidez extraña, borrando
aquella sensación onírica para poner en su lugar una certeza afilada de belleza
y sabiduría. Llevaba puestos unos lentes oscuros para proteger sus ojos y quise
hablarle y decirle lo hermosa que era, pero elegí el silencio. Aun así ella
acarició mi mano y sonrió —Hola, pequeña diablilla. Dentro de poco llegaremos a
nuestro destino. ¿Dormiste bien?
>>Acaricié sus dedos con los míos, sintiendo aquel
contacto sobrenatural de su piel —La verdad es que sí ¿Qué hora es?
>>—Van a ser las seis de la tarde en toda
Inglaterra. Pronto va a caer el sol. Llevas durmiendo doce horas, por si te lo
preguntas.
>>Me avergoncé un poco —Lamento haberte dejado
viajando sola. ¿Por qué no me despertaste?
>>Ella rió —Me gustaba escucharte respirar mientras
dormías. Además debías estar cansada. El vuelo hasta aquí es largo y no
dormiste nada antes de que irrumpiera en tu cuarto anoche.
>>—¿Tu no dormiste nada?
>>—No, pero si paré a recuperar fuerzas antes de la
salida del sol en un pueblo de ruta a unos cuantos kilómetros.
>>No entendí a qué se refería, pero su tono dejaba
claro que no debía preguntar, así que permanecí en silencio, disfrutando de su
contacto. Cada tanto su mano cambiaba una marcha y luego volvía a aferrar la
mía y aquello me llenaba de ternura y calidez. Estaba embelesada, y muy en el
fondo, me reía de mi misma por aquella sensación que Celeste me provocaba.
>>A nuestro alrededor el paisaje pasaba con un
impertérrito y monótono tono boscoso, allí a donde mirase la carretera era
envuelta en la copiosa fronda del bosque de Cambridge, y me dejé llevar por el
pasar de los borrosos troncos del robledal el resto del camino, que no duró
mucho más. El sol aún no había partido a
su lecho nocturno y se resistía a la oscuridad colándose entre las copas de los
árboles cuando Celeste detuvo el coche en un mirador del camino montañoso. Me
guiñó un ojo y bajó del auto. La seguí, feliz de poder estirar las piernas tras
tantas horas sentada. Sentía el culo entumecido y sentí la necesidad de una
buena raya, ¿Cuánto llevaba sin tomar un poco?
>>Caminamos sin hablar un largo trecho, ella al
parecer conocía bien el camino entre la flora imponente de aquel lugar, y más
de una vez tuvo que detenerse a esperarme, pues lejos estaba de poder seguir su
paso sobrenatural en aquel terreno tan escarpado.
>>Finalmente, tras varios kilómetros andando,
cuando las últimas luces del día se despedían del mundo, salimos a un claro
absolutamente desprovisto de vida que me heló la sangre. Era una depresión en
el terreno boscoso de montaña coronada por un círculo agosto, donde solo la
mala hierba crecía con dificultades sobre la tierra arcillosa, endurecida y
seca; los robles no asomaban allí ni sus vetustas raíces, que escapaban del
círculo central, como si todos los imponentes y antiguos dueños del bosque le
volvieran la espalda a aquel lugar en particular; con los últimos rayos de sol
casi pensé percibir que muchos de ellos se inclinaban hacia fuera, como
queriendo escapar del sitio a pesar de sus enraizados cuerpos.
>>Celeste tomó mi mano y tiró de mí para llevarme
al centro del claro —Quítate la ropa —ordenó
>>Obedecí, convencida de lo que quería hacer, pero
aun así colmada de un miedo profundo que aportaba una tímida torpeza a mis
movimientos en su intento de parecer decididos.
>>—Bien —dijo, tomando las prendas que iba
ofreciéndole. —Ahora, espera aquí
>>Quise protestar, pedirle que no me deje, que
tenía miedo, que lejos suyo me sentía tan pequeña… pero mi voz calló y la vi
marcharse hacia el bosque, dejando mi ropa al borde del claro y una vez que el
sol se escondió y su espalda desapareció de mi vista entre el robledal pude
sentir como el frío del temprano invierno comenzaba a atenazar mi piel. Me cubrí
el pecho con los brazos y me arrodillé sobre el duro suelo exánime, intentando
conservar el calor de mi propia piel con poco éxito.
>>Cada movimiento desprotegía una parte de mi a la
cruda intemperie inglesa que castigaba con su helada presencia desde un
copiosamente estrellado. Los minutos pasaron, interminables y mi mente era
incapaz de pensar en otra cosa que en la supervivencia. Tenía los dedos de las
manos morados y a punto de perder toda circulación me había recostado de lado
para minimizar el frío del relente de la luna en la espalda, pero ahora lo
sentía crudo en mi lado expuesto y del otro lado, la rugosidad del terreno se
clavaba en mi piel con vehemencia y Celeste no regresaba. Creo que llegué a
perder la fe varias veces en aquel claro. Quizás
es solo una loca que quería jugarme una broma era el pensamiento más
recurrente en mi cabeza cada vez que miraba los pálidos perfiles del bosque que
me descubría la luna en el lugar donde le había visto desaparecer. Pero
entonces como se explicaba todo el poder que tenía, toda esa gracia, esa
belleza. ¿Era todo producto de mi mente? Y luego el frío me recordaba que
pensar no ayudaba, era quedarse allí esperando o abrigarme y alejarme,
rechazando los secretos de la magia, rechazando al señor oscuro que tanto me
había dado. Tal vez se refería a que
debía morir aquí, para encontrarme con él, quizás no haya regreso después de
todo, pero, ¿Por qué aquel lugar en particular entonces? ¿No era mejor
eliminarme en mi lecho, rápido y sin demora?
>>Cuando la temperatura descendió más, en esos
arrebatos inexplicables del clima de la noche temprana en que el ambiente se
siente más helado de repente y es innegable y para mí siempre han sido extraños
e inexplicables, unos pasos sonaron en la oscuridad delante de mí. Pensé en
ella, que ya volvía, que todo aquello acabaría al fin, pero entonces recordé su
paso silencioso y veloz y el miedo me contrajo el corazón. Aunque te cueste
creerlo, no pensé que satán fuese a salir de los árboles a reunirse conmigo,
más bien imaginaba en mi pánico a un cazador rumbo a su cabaña y como me
encontraría, pensé en las noticias que habría al respecto si no conseguía darle
explicaciones coherentes, y pensé en lo peor: un cazador ermitaño, sin contacto
con el mundo moderno y ajeno a sus leyes, que caminando por la montaña
encuentra a una bella chica demasiado débil para resistirse a sus fuertes
brazos mal olientes y que nadie encontraría jamás de nuevo. Todo eso pasó por
mi mente en un instante y sin sitio donde esconderme, permanecí hecha un ovillo,
rogando que no me viese, que tomase otro camino, lejos del maldito claro.
Intenté con todas mis fuerzas detener el castañeo de mis dientes y entonces
algo se movió en el manto de la noche.
>>Por un momento pude ver todos mis miedos
cumplirse, pero solo antes de que la realidad acabase de manifestarse a la luz
lunar, revelándome el rostro hermoso de Celeste, que caminaba lentamente sin
hacer el menor ruido, pero acompañada de un cordero pequeño y negro de ojos
saltones que parecía seguirle el ritmo con obediencia.
>>Se acercó a mí y me ayudó a ponerme de rodillas
—Lamento la demora, imaginé que sería más sencillo encontrar al animal —dijo y
casi percibí pena en sus ojos que me tomaban las manos —. Estás bien, el frío
no te ha hecho ningún daño real —sentenció para sus adentros y de irguió para
mirarme desde arriba, con su expresión maligna renovada. Haciendo a un lado la
parte baja de su sobretodo gótico dejó al descubierto la daga que llevaba en el
cinturón, la desenvainó con un movimiento veloz y, tomándola por el filo, me la
tendió. —¿Has matado alguna vez a un animal, diablilla?
>>Abrí grande los ojos y tomando el arma contemplé
su perfecta manufactura: era preciosa, su acero reflejaba la luz lunar como si
cortase los rayos antes de tocar la tierra y desparramase su cadáver en cada
reflejo; la empuñadura era de cuerno laqueado y parecía antigua por el color
opaco que la envolvía y el efecto quedaba acentuado por el trozo que le faltaba
al remache de la espiga de hueso y las melladuras en su guarda dorada, además,
había en aquel objeto un aura ominosa y mágica, como si toda su existencia
cantase las historias de los siglos que había recorrido. Tenía en la hoja unos
grabados que me evocaron inmediatamente los prediluvianos alfabetos egipcios de
épocas que no consigo encajar en la historia, pero que fueron tan
característicos en nuestra cultura popular de los años noventa que era
imposible pensar en otra cosa
>>—¿Y bien?
>>—No, nunca he matado —contesté con un hilo de
voz, presa del frío que continuaba mordisqueando mi cuerpo
>>—¿Sabes cómo se llama este lugar? —preguntó
>>Negué con la cabeza, mirando al animal a los ojos
inexpresivos mientras pastaba aquella mala hierba, ajena a nuestra conversación
>>—Witch Hill, solían llamarla hace muchos años.
Aquí se produjo una gran quema de brujas cuando aún la iglesia tenía poder en
el mundo mortal —explicó con voz melancólica —. Veintidós mujeres de aldea,
traídas indefensas luego de largas sesiones de crueles interrogatorios y de
confesiones arrancadas como súplicas que pusieran fin al tormento —no
necesitaba volver la vista a ella para saber que la cólera comenzaba a
apoderarse de ella —. Atadas en picas de estos mismos robles sobre piras preparadas
para arder sus pieles y juzgarlas al fuego. No creo que llegues a apreciar la
idea en su totalidad y no te preocupes, no voy a mostrarte esas imágenes, pero
quiero que pienses en ello. Un ser superior que exige y un pueblo que obedece
¿Crees que un acto así puede llevarse a cabo en nombre de Dios?
>>—No, no lo creo
>>—¿Y qué crees que pasó con las almas de esas personas,
diablilla? De los sacerdotes y de las brujas ¿Y del pueblo que miraba con
mórbida expectación? ¿Y con aquellos que no salvaron a sus hijas y hermanas
cuando tuvieron la oportunidad? ¿Crees que descansan en paz ahora? —Levanté la
vista y la vi mirándome con aquellos ojos profundos y juveniles y su piel
reluciente y tersa a la luz de la luna, con aquella hermosura monstruosa y
embriagante —¿Un acto malvado llevado a cabo con la convicción de la obra
Divina te exime del pecado de cometerlo? ¿Y aquellos benévolos que por error o
resentimiento se tatúan la cruz invertida en la frente y transitan su
mortalidad en plena norma moral, pero predicando al extremo opuesto quedan
impunes del castigo eterno? ¿Tu qué crees?
>>Era una pregunta que solía hacerse la gente, sin
embargo, como todos los mortales, yo no tenía la respuesta entonces.
Taylor suspiró y se echó hacia atrás en el respaldo de la
silla mientras abría una nueva cerveza —¿Tu qué crees?
Arlene, que estaba totalmente sumida en la historia se
sobresaltó con la pregunta —Yo… Supongo que la gente buena va al cielo ¿Verdad?
Da igual la creencia que predique… ¿No es así?
La cantante se enderezo y la miró directamente a los ojos
—¿O sea que tu dirías que los sacerdotes por los que preguntaba Celeste están
en el Paraíso ahora?
—Sus actos no fueron buenos, Taylor, estoy diciendo lo
contrario
—Ah, pero he ahí un punto importante, chica. En su época,
aquellos actos eran buenos y la gente de a pie los alababa por ello. Estaban
librando al mundo del aquelarre de satán. ¿No es así?
La pelirroja se quedó un largo rato pensando en aquello —¿Entonces
el bien depende de la ética de la época?
Taylor sonrió —Yo me preguntaba lo mismo aquella noche en
que Celeste me preguntó aquello
—¿Y bien? ¿El bien y el mal dependen de la época?
—Déjame que te cuente como terminó, pero antes dime.
¿Crees que vi al demonio esa noche?
—No lo sé, algo pasó, estoy segura. Y cada vez más
convencida además que como Celeste, no eres del todo humana ¿verdad? No desde
que la conociste por lo menos, lo intuí desde que comenzamos a hablar y luego…
tu sonrisa…
—No supe que contestar y ella guardó silencio, midiéndome
con sus hermosos ojos durante largo rato, como si esperase que encontrara por
mi cuenta al existencialismo en un ataque epifánico y repentino.
>>—¿Aún quieres conocer a tu señor? —preguntó de
repente
>>Tragué saliva y sentí como la inseguridad se
apoderaba de mí. Ella dio unos cuantos pasos hacia atrás y el carnero se
acercó, caminando lentamente y luchando contra algo que le obligaba a acercarse
a mí, resoplando cada vez que sus ojos reparaban en el brillo lunar contra el
filo de la daga. Entonces los pensamientos se hicieron claros en mi mente: si
había llegado hasta allí era por obra de satán, él me había dictado las
canciones a mi oído, me había dado la fuerza para tomar mis decisiones y me
había dado la libertad del pecado, me dolía que me reclame tan pronto, pero si
era esa su voluntad, había vivido bien los años que me habían sido dados. Despierta a las brujas, diablilla, su
silencio ha sido demasiado prolongado me llegó la voz de Celeste sin que
ella realmente dijese nada. Es momento de
un nuevo aquelarre.
>>El carnero baló con terror cuando lo tomé por los
cuernos. Su negrura se perdía en la oscuridad nocturna y sus ojos destellaban
con la luz de la luna casi en cenit. Allí de rodillas, con el frío carcomiéndome
la piel y las piernas doliendo febrilmente por la presión que ejercía mi peso
contra la irregularidad de aquel suelo levanté su cabeza sin dejar de mirarle a
los ojos y con la mente en blanco deslicé la daga por su cuello.
>>Un grito horroroso cortó el silencio de la noche
boscosa con la misma facilidad con la que el arma había atravesado su piel. Me
sacudí del horror que aquella voz animal me provocó al gritar y tuve que hacer
fuerza para que la criatura no escapara con las pocas fuerzas que le quedaban,
una calidez mortal y carmesí cayó sobre mis piernas desnudas con una espesura
que me revolvió el estómago, entonces, al ver su cuello, noté que la herida era
mortal, pero demasiado poco profunda y con grandes dificultades acabé por introducir
nuevamente la daga bajo su sangrante mentón y acabar de tajo con el sufrimiento
de mi primera víctima: un pobre animal del bosque.
>>Su cuerpo cayó a mi lado con la cabeza
desencajada en una postura aterradora y contemplé la muerte por primera vez en
mi vida. Miré mis manos, cubiertas de sangre, al igual que mis piernas, donde la
sangre había caído para salpicar mis pechos y mi abdomen. Y esperé.
>>El frío no importaba ya, mi mente solo esperaba
la gran revelación, el momento culmine de aquella locura, el pico de nitidez y
claridad que finalmente le diera sentido a mi vida luego de años de pecado y desenfreno.
Esperé y esperé, escrutando la oscuridad que se cerraba a mí alrededor mientras
la sangre se enfriaba y mi cuerpo parecía más y más helado. Separé los brazos,
como si llamase a aquella oscuridad nocturna a abrazarme y poseerme, en un
gesto ominoso y entregado.
>>Celeste se rió y antes de que pudiese abrir los
ojos para verla pude sentir como su cuerpo chocaba contra el mío y me enviaba
hacia atrás, cayendo de espaldas bajo ella que había colocado ágilmente las
rodillas alrededor de mis caderas y sostenía mis manos con las suyas sobre mi
cabeza. —¿Y bien? —preguntó, mirándome con aquellos ojos hermosos
>>—Yo ¿Que hice mal?
>>—Ah, lo primordial, querida mia —dijo ella con un
tono burlón —: creer que podrías invocar a satán
>>Intenté desasirme de ella, pero su peso, o más
bien la evidente falta de peso de aquel cuerpo sobrenatural que me presionaba
sin presionarme contra el suelo con la fuerza de varios hombres adultos, me
impedía mover más que las piernas. —¿Qué eres?
>>Ella sonrió —Soy ángel y demonio, soy bien y mal,
soy pasado y presente y posiblemente tu futuro, pequeña diablilla. Soy lo mismo
que tú eres, pero sin la obligación mortal de obedecer al tiempo.
>>Comencé a llorar, estaba atormentada de terror y
frío y por mucho que luchase apenas conseguía sacudir un poco mi postura,
aumentando un placer animal en aquellos ojos bellos —¿Vas a matarme? —pregunté
entre sollozos
>>—Si —contestó ella y mi llanto aumentó, no era
muy distinta a aquel carnero que había sacrificado en vano hacía unos
instantes. Sentí el pánico quitándome la respiración y entonces ella consiguió
pasar mis muñecas entre los dedos de una de sus manos sin dificultad y con
aquel sencillo aprisionamiento, mantenerlas allí con el mínimo esfuerzo
mientras yo luchaba vorazmente por liberarme para salvar mi vida. Su otra mano
bajó por mi brazo, acariciándome y acabó por recorrer con sus dedos, cálidos y
fríos al mismo tiempo, el contorno de mi rostro —Mírame, preciosa —dijo y
obedecí, sujeta a su hechizo, sabía que podía sostenerme solo con su encanto,
pero parecía querer hacer aquello de tal forma que su cercanía me embriagara,
era un acto poético y cruel, Miré sus ojos y el miedo comenzó a remitir, no
había en ellos maldad alguna, era nuevamente un ángel, uno de los santos de la
iglesia de San Luis, tallado en mármol pálido y reflejando la luz lunar en su
hermosa piel, la imaginé ataviada como aquellas vírgenes de la catedral de bóvedas
altas y ominosas y su belleza opacando todo cuanto había a su alrededor. Su
mano acarició mis labios y mis orejas, llevando un cosquilleo cálido por todo
mi cuerpo. Comenzaba a excitarme. Mi mente era una tormenta de emociones
estallando en largos relámpagos blancos, miedo, excitación, amor, melancolía,
deseo. Eso era Celeste, era todas las emociones en su punto más álgido y
precioso. Tragué saliva e intenté que el placer no me dominara, pero era
difícil, su mano mimaba con gracia mis clavículas marcadas y mi cuello —Has
hecho el ritual. Has invocado a satán y ¿qué ha pasado?
>>—Nada. No ha pasado nada —contesté entre sollozos
y jadeos.
>>Sus ojos bajaron hasta mis pechos y detrás fueron
sus dedos, con felina delicadeza a jugar con mis erectos pezones. Mi espalda se
arqueó y sentí como si hechizo me inducía nuevamente el calor del deseo. Mis
piernas se tensaron y abrí los labios, buscando aire desesperadamente —Lo vas
pillando.
>>—¿Qué… qué cosa? —pregunté y largué un largo y
sonoro suspiro mientras sus dedos pellizcaban y soltaban delicadamente
>>Su mano bajó por mi abdomen, dibujando círculos
alrededor de mi ombligo con lentitud, provocándome espasmos de placer. El
orgasmo estaba cerca, lo sentía, pero era incapaz de llegar a él, como si una
fuerza distrajese la esencia de mi naturaleza sexual y la confundiera mientras
mi cuerpo quedaba en vilo en el deseo más ardiente —“Nada”: eso es lo que hay,
diablilla— calló un instante —¿Sabes por qué me atraes? ¿Sabes por qué te amo?
>>Callé, las palabras se perdían tras los jadeos de
mi boca, tenía los ojos abiertos y arqueando la espalda veía el cielo
estrellado tras el velo de su cabello negro, como el vapor de mi cuerpo subía y
se disolvía en la helada noche invernal, pero apenas si conseguía mirar nada
con claridad, el placer era tan grande y el orgasmo estaba tan oculto a mis
instintos que no podía siquiera articular palabra.
>>—Tu pasión me llama, la forma en que has hecho de
tu arte el mundo en el que vives, como eliges hacer lo que quieras con tu vida.
Todo eso late en tu sangre y puedo sentirlo estando cerca de ti. Me recuerdas a
las antiguas brujas que aquí ardieron hace ya tiempo atrás y sirves enceguecida
a un poder que no va a responder jamás a tu llamado al igual que ellas lo
hicieron en su ignorancia —se acercó a mí, colocando sus labios casi tocando mí
oreja y levantando sus caderas bajó su mano hasta mis muslos para comenzar a
acariciarlos haciéndome soltar un alarido ahogado de deseo —No hay dioses ni
diablos, pequeña, no hay bien ni mal, excepto en un lugar muy particular
>>—¿D… Dónde? —pregunté por puro reflejo mientras
me deleitaba con el rose de sus dedos en mi pelvis, con el contacto de sus
bucles en mi rostro y con la calidez de su aliento en mi cuello y oído. Me
sentía mareada y débil bajo aquel ángel caído que hacía conmigo lo que quería,
aun así escuchaba cada palabra que decía y entendía perfectamente su voz.
>>—En los libros épicos, diablilla; en las pinturas
antiguas, en el teatro de época y… —durante un instante sus diestros dedos
acariciaron los labios mayores de mi sexo y sentí que no podría soportar más de
aquello, pero no se detuvo y volvió a jugar con mis piernas como si aquel
movimiento fuese un descuido —…en las canciones de Rock. En las voces que
proclaman a gritos la maldad, recordándole al mundo que alguna vez eso tuvo
importancia.
>>La miré a los ojos, sobreponiéndome un instante a
los espasmos de placer que me sacudían por completo, sentía como mu humedad
bajaba entre mis nalgas desnudas de forma abundante y al mirarla y entender que
decía la verdad, tal como había pasado en el momento en que los discos habían
ardido en casa de mis padres, algo se rompió dentro de mí. Todo lo que creía se
desmoronaba a pedazos, todo lo que había hecho, todas mis canciones, todo el
pecado, todo el placer, todo el camino, toda la libertad, la felicidad, las
risas, los viajes, las giras, el público, todo, todo: era yo.
>>Lloré, lloré porque iba a morir, lloré por no
poder seguir disfrutando de aquello y me aterró la idea de la nada
engulléndome, sin darme siquiera el poder de repetirme a mí misma lo estúpida
que había sido por creer que había algo más allá. Un dedo hábil y delicado
acarició tiernamente mi clítoris y la sensación fue literalmente la de querer
vomitar de placer. Necesitaba correrme, como sea. —¿Me amas aún Taylor? ¿Aun a
sabiendas de que no soy servidora de ningún señor oscuro o Divino?
>>Clavé mis ojos en los suyos y dije con más
convicción que nunca: —Te amo, Celeste.
>>—¿Quieres venir conmigo entonces? El aquelarre no
era ningún engaño
>>Sus dedos ya jugaban libremente en el exterior de
mi intimidad, desparramando mi humedad por toda la piel de mi vagina que ardía
de intenso placer —Si, quiero
>>—¿Sabes lo que soy? —preguntó, pegando sus labios
en mi cuello. Sentí que iba a enloquecer, podía sentir mi cordura estirada al
máximo mientras ella jugaba conmigo —Soy una vampira, diablilla. ¿Quieres cruzar
la eternidad a mi lado?
>>—¡Si! —Grité con todas mis fuerzas cuando sus
dedos penetraron mi sexo, abriéndose paso sin dificultad, pero con exagerada
lentitud.
>>Un instante de dolor, o la sensación de que
debería sentir algún dolor pero no conseguía encontrarlo y de repente... la
intimidad: Un golpe rítmico, profundo, el bombo de la batería al comenzar un
show, el ambiente expectante y caldeado de un gran estado colmado de gente, bum-bum esperé que en cualquier instante
comenzara la música que acompañase a aquella batería tan perfectamente afinada,
pero entonces otro tambor replicó al primero, con el cuero más tenso, pero más
nítido, al principio desacompasados, luego, juntos como una armonía rítmica y
perfecta que las juntaba en una melodía preciosa y entonces los dedos de
Celeste comenzaron a moverse con más fiereza y recordé donde estaba, a mi
llegaron primero el frío y el dolor de las rocas contra mi espalda denuda, pero
inmediatamente todo fue placer y calma, y allí estaban aquellos tambores Bum, Bum-Bum Bum y entendí que eran
nuestros corazones en comunión, amándose a través la sangre que fluía de mi cuello
por la herida que los colmillos afilados de Celeste me habían abierto. Supe que
tenía las manos libres y la abracé contra mi cuerpo mientras el orgasmo me
alcanzaba finalmente y mis talones se clavaban en el suelo del claro manchado
de sangre —Te amo —dije y el mundo se apagó para mí.
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