Death by Rock and Roll - Cap 6
Un pesado silencio había caído en el camarín pobremente
iluminado. Taylor había abierto el nuevo cartón de tabaco y tras llevarse uno a
la boca estaba pasando los cigarros a la cigarrera con aire pensativo, Arlene
la observaba con total fantasía, simplemente admirando el estilo y la
sensualidad natural de la rubia que levantó la vista para encontrar su mirada y
sonreírle. Le arrojó el la cigarrera llena y encendió el que ya reposaba en sus
labios antes de arrojar también el mechero. Tomó una lata tras de otra y
comprobó que todas estaban vacías. Suspiró. —¿Vas a querer más o ya vas de
lado? —
La pelirroja pensó un instante y luego comprobó sus
propios envases que había apoyado en el suelo, al lado de su silla —Voy un poco
de lado, pero aún tengo una llena y media por acabar. Gracias.
La cantante sacó un pack
entero de la heladera y lo llevó al lado de los “cadáverdes” de las
anteriores, también en el suelo. Ambas habían comenzado a utilizar esas latas
vacías para arrojar las colillas y el humo era palpable en el ambiente,
haciendo arder los ojos azules de la más joven. —¿Qué era aquella cosa? —
—De todas las formas de llamarla, “cosa” es la más
distante de la realidad, pequeña —sentenció la rubia, aún sumida en sus
cavilaciones —. A eso quiero llegar, no te preocupes.
>>Desperté por la mañana como si un resorte me
hubiese empujado de la cama, recordando aquella última sensación, pero solo el
sol estaba allí para acompañarme y me convencí de que debía haber sido un
sueño. Me dejé caer en la almohada nuevamente y escuché durante largo tiempo mi
respiración, rumiando todo lo que había pasado aquellos días. Con miedo e
impotencia. ¿Cuánto había sido real y cuánto mero espejismo de mi cabeza?
¿Estaba loca o había colapsado? Aquel ser no podía ser real ¿Verdad?
>>Entonces lo vi: Había en mi almohada un cabello
largo y negro como negra es la turmalina y al igual que la mica en la piedra,
el sol se reflejaba en toda su extensión. Otra vez las dudas me invadieron. Mi
cabeza buscaba desesperadamente una explicación natural a las cosas: “Las
fundas de las almohadas estaban sin lavar” o “Alguna de las empleadas del hotel
tenían el cabello perfectamente negro y con bucles bien definidos”… “Seguro la
he cruzado en algún momento y su imagen residual y mi obsesión satánica se
mezclaron con el estrés de la gira y formaron aquel espejismo”… “Y los ojos
violetas…” ¿Qué explicación había?
>>Entonces llegó el miedo. Alguien había burlado la
seguridad del Staff del New York
Arena y del estadio de Delaware y el de Nueva Jersey. Alguien nos seguía
durante la gira y se colaba en mi habitación del hotel. Alguien… o algo.
>>Al día siguiente emprendimos el regreso a San
Luis. Recuerdo aquellos días que pasaron como algo terrible. No podía dormir
sin una luz encendida y durante todo el camino de vuelta a casa apenas si
pronuncié palabra. Cada sombra era un abismo y cada silencio una eternidad.
Tras cada puerta sentía demonios que me acechaban pero que no se mostraban a
mí.
>>No le tenía miedo al infierno. Lo había aceptado
y no me preocupaba que satán mismo viniese a buscarme. El problema era que no
lo hacía, y en cambio, tenía aquella melancolía esquizofrénica de ángeles
oscuros y hermosos que me seducían y me abandonaban. Me sentía
sobrecogedoramente exhausta y al segundo día en San Luis, donde ya tenía un
bello piso para mí misma, por cierto, comencé terapia. Necesitaba saber si
estaba enloqueciendo o si al final las drogas se habían cobrado un trozo de mi
conciencia.
>>Durante los primeros días luego de volver, creí
que la presencia había desaparecido,
que me había perdido el rastro en Nueva York y que por lo menos en casa estaría
a salvo. Pero había cabellos negros en mi cepillo por las mañanas y durante las
noches sentía aquella opresiva sensación del aire rodeándome como si una
conciencia le guiara a tocarme suavemente y susurrarme. Había sombras en la
noche que se movían más rápido de lo que mis ojos podían percibir, pero
haciéndome saber que allí había habido algo. Durante las noches soñaba con
caricias delicadas en mis costillas y mi rostro y con florales aromas en mis
pulmones, con canciones que debía escribir y que eran traídas a mí por una voz
cristalina y dulce que me relajaba y me sumía más y más en su hechizo.
>>Tras pocas sesiones con mi terapeuta y
aprovechando los meses de parón entre la última gira y la salida de “Going to Hell”, decidí tomarme
vacaciones. Irme lejos de todo un tiempo, el estrés estaba provocando visiones
en mi cabeza y cada vez estaba más convencida de aquello. Si había algo maligno
vigilándome tan a conciencia ya debería haber hecho acto de presencia, ¿Verdad?
>>A nadie dije a donde me iba, ni siquiera a mis
amigos, pues aunque me decía a mí misma que solo era el cansancio mental de los
últimos meses castigándome por las pocas horas de sueño y la cantidad de drogas
que le metía al cuerpo, una parte de mí estaba aterrada de que aquella cosa
pudiese seguirme. “Necesito desconectar, me voy” fue todo lo que consiguieron
sacarme.
>>Junté un bolso pequeño con una muda de ropa,
tabaco y las tarjetas y me encaminé al aeropuerto, con el billete de avión que
había comprado la noche anterior. Abordé y tras pocas horas la húmeda y gris
ciudad de Londres me abrió sus puertas con su característico clima nebuloso,
sus casas de arquitectura gótica y hermosa y su gente fría de acento sensual y
áspero. Siempre había tenido una fascinación por aquellas calles adoquinadas y
por sus plazas prolijas de fuentes curtidas por el paso del tiempo, como
memorias de mármol de un tiempo antiguo e imborrable plagado de misterios y
sombras.
>>Paré en una tienda a comprar abrigo, pues el clima
calaba los huesos y detuve al primer taxi que vi —¿A cuánto estamos del primer
pueblito de carretera? —pregunté y ochenta kilómetros viajé en aquel coche
hasta llegar a Victory Field, donde el taxista me cobró precio turista, por
cierto, cuando me dejó en la puerta del único hotel del lugar. Un sucucho que
me recordó inmediatamente a la añeja pensión en la que había parado la primera
noche que abandoné la casa de mis padres. Pagué por la única habitación
disponible con mini bar y nada más entrar arrojé el bolso sobre la cama
matrimonial y destapé una botella del mejor vino que había para elegir. Serví
dos copas y levanté una de ellas —A mi salud.
>>Salí al pequeño balc…
—¿Dos copas?— Interrumpió la pelirroja, confundida
—Un acto de poesía. No tiene importancia. Presta atención
que estamos por llegar a la parte importante.
>>Salí al pequeño balcón, que me mostraba una
panorámica de la pequeña villa de casas bonitas y antiguas desafiando a la
cadena montañosa que las protegía del viento atlántico y observé la puesta del sol
hasta que el frío me obligó a entrar.
>>Como forma de escape, tengo que decir que aquello
fue efectivo, al menos contra el estrés que sentía. Esa tarde que vi bajar
suavemente el cálido sol del invierno contra la sierra de Victory Field fue un
oasis en mi vida: la postal era onírica y calma, la poca gente del pueblo iba y
venía bajo mi habitación por las calles adoquinadas y el peso del silencio
apareció poco a poco, como la respiración que precede al sueño. Allí no había
atascos vespertinos de tráfico, ni sirenas en grandes bulevares, la gente vivía
a un ritmo que mi mente apenas llegaba a comprender en su rincón apartado del
mundo, y pensando en ellos, como fundiéndose en su tranquilidad cotidiana y hogareña,
los recuerdos de aquellos años desde que mi vida había dado un giro estrepitoso
se fueron diluyendo y acomodando en los rincones de mi memoria a los que
pertenecían; como si el silencio que se escuchaba en el canto de los pocos
grillos que aún no descansaban bajo el comienzo fresco del invierno y en las
hojas de los árboles mecidas por el viento fuese diluyendo inquietudes y tempestades
internas. Poco a poco comencé a sentirme animada y feliz por el camino
recorrido, estaba viviendo mi vida como quería y me rodeaban personas
maravillosas. Había trabajado por un sueño y lo estaba remontando con
seguridad. Allí, en aquel pueblito apartado de todas las cosas, supe que era
feliz. Lo que aún no sabía, era que esa misma noche mi vida iba a cambiar para
siempre.
>>Cerré la ventana del balcón, encendí el aire para
que calentara el cuarto, me quité el abrigo, botas y pantalones y tomando la
copa de vino que quedaba sobre la mesa e improvisando un cenicero con la otra,
ya que estaba prohibido fumar en las habitaciones, encendí un cigarro y me
acosté a descansar mientras escuchaba música en mi móvil. El sueño llegó lenta
y delicadamente, como una nube pasajera que tapa el sol y en el instante más
puro de vigilia escuché un sonido. La noche ya se había asentado en el cielo y
tras la música de mis auriculares solo percibía los sonidos más próximos, así
que al escuchar aquello, un chasquido, movimiento y golpe y sentir el aire
cambiar en mi rostro destapado intenté levantarme, pero mi cuerpo no respondía.
Era como una parálisis del sueño, pero más nítida y surreal donde las emociones
se mezclaban y se encendían. Mi cuerpo sentía algo que aumentaba con cada
latido, un cosquilleo conocido, la sombra de una memoria, un estado de
vulnerabilidad primario y familiar, pero no podía ubicarlo en mis recuerdos…
hasta que escuché los pasos.
>>Estaba dormida a la ventana del balcón y a mi
espalda sonaron muy claras las pisadas de unas botas contra la madera, eran
golpes irregulares y pesados, como si alguien demasiado ligero se esforzase por
intentar ser escuchado taconeando las tablas del suelo. Tragué saliva y los
pasos se detuvieron tras de mí. Quería gritar, correr, defenderme de aquello
que me acechaba, pero ni siquiera era capaz de girarme a ver aquello que se
había detenido a observarme. Entonces, como un recuerdo casi ahogado y salido a
flote por pura fuerza de voluntad, vinieron a mi memoria las veces en que había
sentido aquello: era la presencia. Y
pude imaginar sus ojos mirándome dormir y contemplándome con una fijeza
antihumana. De pronto ocurrió algo que no esperaba, un sonido angelical apagó
todo el terror en mi cuerpo, era su risa, melodiosa y dulce, femenina y pretérita,
como el eco de las risas de las hadas de los cuentos chocando contra todas las
montañas del mundo y viajando hasta llegar a mi lado para traerme las imágenes
de largos prados fértiles y verdes y de anchos océanos azules de cielo
despejado, donde el horizonte se funde con el día para formar una bóveda atemporal
de paz y armonía.
>>Comenzaron a llegarme imágenes, como si aquella
criatura quisiera comunicarse sin molestarse en hablar conmigo: me vi a mi misma
cantando en el escenario, vi las luces de mis bares favoritos, la oscuridad de
mi habitación con mi corazón cortando el silencio, vi mis miedos e
inseguridades abrirse paso desde el instante de calma que había conseguido con
aquella primera tarde alejada y haciéndose fuertes en mi interior. Me llené del
miedo de no poder continuar cantando, presa de un pánico escénico que la falta
de drogas había inducido. Me vi maltrecha y añeja con el paso de los años, años
fútiles y sin provecho que apenas ocupaban espacio en mi memoria carcomida por
los excesos.
>>Una lágrima resbaló por mi mejilla y escuché como
a mis espaldas aquel espanto se servía vino en mi copa.
>>Entonces me vi como podría llegar a ser. Luminosa
y eterna, ajena al paso de las edades, reviviendo una música olvidada desde las
profundidades de la tierra con una voz cargada de belleza feral y primordial,
entonando hechizos en mis canciones que sacudieran las almas de quienes me
escuchasen y me viesen presa de una hermosura sobrehumana, la hija de las
tinieblas, la sombra angelical del infierno poseyendo la tierra con su música.
>>—Date la vuelta —ordenó aquella voz perfecta y
angelical y casi consigue arrancarme el llanto con su timbre puro y tierno
>>Mi cuerpo giró casi automáticamente y quedé boca
arriba, aun sin poder mover más que el cuello para observarla: La luz que se
colaba por la ventana apenas si me dejaba intuir su silueta esbelta y ataviada con
lo que parecía un antiguo sobretodo gótico de cuero de mangas anchas. Solo la
copa de cristal mostraba algo de claridad en aquella sombra que se interponía
entre la luz que entraba al cuarto y yo, y aun así pude adivinar su hermosura,
sentirla como si presionara contra mi, asfixiándome y deseándola aún más de lo
que lo había hecho aquel segundo día de concierto en Nueva York, si es que era
humanamente posible algo así. Se sentó en la cama, a mi lado y pude ver como la
luz reflejaba el perfil de sus pechos redondos y el perfil de su rostro
perfecto y pálido, con sus bucles cortando aquel espejismo con una nitidez
sombría como ondulaciones del abismo abriéndose paso entre la realidad.
—¿Enciendo la luz? —preguntó
>>La excitación que me había inducido en el
concierto era un chiste al lado del deseo incontenible que tenía en aquel
momento al mirarla tan de cerca. Sabía que estaba obrándola en mí, pero aún así
me entregué a ella y estaba tan cerca del orgasmo que apenas podía contener los
jadeos. Intentar responder fue inútil.
>>—Oh, pobre pequeña diablilla. Atrapada en las
redes de mi encanto. ¿No puedes acaso hablar?
>>Silencio. Estaba ahogada de calentura. Todo mi
cuerpo era un espasmo contenido e irreal, una personificación del deseo que
sentía, me sentía tan pequeña bajo sus ataduras invisibles que comenzaba a
marearme.
>>Tomó un sorbo de la copa y dejándola sobre la mesa
de noche se inclinó hacia mí, lentamente, prolongando el deseo al máximo y
cuando su boca rozó mi labio inferior y sus bucles se apoyaron en mi cuello perlado
de sudor la luz se encendió y pude verla mientras soltaba el más desgarrador
gemido de placer que había articulado jamás. No podía moverme, el peso de su
hechizo me inmovilizaba por completo, pero los espasmos de aquel húmedo y
copioso orgasmo sacudieron la cama, luchando contra aquella fuerza en un
incongruente intento por buscar más y alejarse al mismo tiempo. Su aliento me
embriagaba y su tacto cálido pero extraño apagaba cualquier otro pensamiento
posible. Sentí como perdía el conocimiento, la oscuridad comenzaba a envolver
aquellos ojos violetas y aquel rostro bastante menos pálido de lo que lo
recordaba, mis ojos se pusieron en blanco y me entregué a la inconciencia, pero
algo me trajo de vuelta, sin permitirme el consuelo de la nada. Sentí que iba a
enloquecer. Aquello era demasiado para mí, pero poco a poco, una vez que ella
se alejó para enderezarse el placer lentamente comenzó a remitir, pulso a
pulso.
>>Contemplé entonces aquel rostro hermoso que ya
había visto en el concierto y me enamoré perdidamente. Podrías decir que el
hechizo seguía obrando en mi ser, pero no era así y yo lo sabía. Había en ella
todo lo que yo anhelaba, calor y frío, cielo e infierno, sexo y caricia. Sus
piel era joven, pero en sus ojos se adivinaba una sabiduría prediluviana e
inmortal, una chispa ajena al paso de las eras que había contemplado y su
sonrisa era perfecta, una mueca cargada de maldad y amabilidad. Ahora que lo
digo en voz alta, es normal que haya pensado que era el mismísimo demonio.
>>—¿Te encuentras mejor?
>>Asentí, aun sin poder moverme, pero sin aquella
sensación opresiva que me había asaltado, había aflojado el nudo de la
inmovilización —Gracias —dije y recordé a Ana, pensé si me había visto
remotamente tan perfecta como yo veía ahora a aquella mujer.
>>Ella rió y se inclinó para sostenerme por la nuca
y ayudarme a beber un trago de vino —Llevo varias jornadas intentando decidir
que quiero contigo, pequeña diablilla —dijo mientras inclinaba la copa con
delicadeza felina —¿Qué es lo que quieres tú?
>>—A ti —dije apenas tragué la bebida —A ti, con
todo mi ser.
>>—Y yo te quiero también, sino no tendrías esta
oportunidad ¿Sabes?
>>—¿Eres… eres satán?
>>Soltó una carcajada tan sonora que creo que de no
haberse detenido me hubiese hecho un gran daño en los oídos. Se contuvo con
clara dificultad y reparando en mi ropa, se sirvió un cigarro de mi abrigo.
—¿Quieres conocerlo verdad?
>>Asentí sin pensar, en realidad quería quedarme
allí con ella durante toda la eternidad, pero no rechazaría ninguna propuesta
de aquel ángel caído que ahora fumaba mis cigarros como si le pertenecieran
>>—Levántate y vístete entonces —dijo y el hechizo
acabó por remitir, dejándome una sensación absoluta de entumecimiento
>>Me senté con dificultad a su lado y acaricié su
brazo con dulzura, ella tomó mi mano y me dedicó una sonrisa que me quebró en
pedazos.
>>—Mi nombre es Celeste, Taylor. Es un placer
conocerme
>>—Te amo, Celeste
>>—Y yo, pequeña.
Ya lo entenderás. Pero vístete, no quiero perder más tiempo.
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