Death by Rock and Roll - Cap 5

 

>>El álbum fue un éxito. Salió detrás de “Make me Wanna Die” y, no voy a decir que no tuvo nada que ver el hecho de ser quién era, pero aun así. ¡Sextos en Reino Unido! Era una locura.

—Esto… Taylor —interrumpió Arlene, dejando totalmente sorprendida a la cantante.

—¿Si?

—¿Puedo ir al baño un instante? —preguntó casi riéndose de lo que decía —. Cerveza —añadió.

—Por esa puerta —señaló la rubia ahogando una risilla. —¡Pero date prisa, que ahora tengo ganas de seguir! —gritó cuando Arlene pasó frente a ella y le miraba el culo sin el menor recato.

En el silencio del camarín Taylor encontró un instante de tranquilidad como no había tenido en años. Todo parecía tan quieto y aletargado que le resultó irreal. El bullicio de la ciudad había remitido bastante, incluso a su oído vampírico e intentó recordar cómo era el mundo antes de poder percibirlo realmente. Desde aquel cuartucho de ladrillo podía escuchar los pasos de una pareja que caminaba borracha por la avenida y además del sonido de la orina cayendo en el inodoro en el cuarto de baño, percibía de Arlene sus pensamientos de excitación y ansiedad. Durante las partes que más conocía de la historia se perdía en sus ojos y en sus labios presa de su aura sobrenatural y volvía en sí de golpe, con una fuerza de voluntad que sorprendía a la cantante. <<Es bonita>>, pensó al final al verla volver a su asiento y sacar un cigarro para encenderlo y tenderle el estuche y el mechero a su dueña.

Ella también encendió uno y abrió otra cerveza. —Decía: Debutamos sextos en UK, tres canciones en el top cien y a mis diecisiete años ya estaba haciendo aperturas para Guns and Roses y Evanesence. El sueño cumplido de salir de gira vino luego. Los años siguientes son para mi borrones de alcohol y ciudades con esporádicas meteduras de pata, como mi tatuaje o la casa que compré en Victoria’s Road, un pueblito de carretera muy a las afueras de Nueva Inglaterra, sobre la 52 una noche que me sentía cansada de las luces de la ciudad y tenía liberado el dinero recién cobrado de la última gira. Allí vivo ahora, por cierto, así que una vez más: mi instinto es más sabio que mi cabeza.

>>Pero fuera de eso, no tengo nada que contarte que no sepas, déjame pensar… bueno, dormí con Daniele a la vuelta del primer viaje a Nueva York, si te sirve para ponerle color a nuestra historia. Yo ya tenía una experiencia de las noches con la banda en clubes exóticos a los que nos invitaban tras cada concierto y pude devolverle con creces las dedicadas caricias que me regaló durante mi primera borrachera.

>>Intento pensar en aquellos momentos y solo consigo luces y hoteles. Había cumplido los dieciocho y ya tenía escrito medio “Going to Hell”, eso sí que lo recuerdo bien y recuerdo las fotos de aquel entonces, estaba mortecinamente delgada a causa de mi estilo de vida y de la cantidad de drogas que consumía. Desde luego la libertad que tanto amaba comenzaba a pasarme factura.

>>Pero no fue hasta cuatro años después que nuestra historia dio un giro real. Una revelación que me cambió para siempre y una mujer que consiguió lo que ni Daniele con sus caricias curiosas o Ana con su fiebre desesperada lograron: Enamorarme perdidamente.

 

>>Hasta el momento, en nuestra historia he dejado caer el hecho de que yo creía que el diablo dictaba mis canciones y guiaba mis pasos, pero no he hecho suficiente hincapié en ello, en parte por la vergüenza de haber sido aquella persona, pero déjame decirte que así era. Era en aquel entonces todo cuanto conocía: El bien y el mal, Dios y el demonio, el Cielo y el infierno, toda aquella cultura avejentada de señoras que se esconden tras los cojines cuando ven una película de terror y que se abruman si algún personaje público sale en tetas; la cultura de mis padres y de los padres de sus padres era lo que me había construido como persona, incluso como la antagonista final de aquel circo idiota, seguía siendo parte de aquellas creencias y la elección era: Vives con recato y prudencia, en un aburrido letargo de deseo reprimido toda tu vida para ganarte un lugar donde no te torturan, pero como evento más remarcable puedes hablar de la vecina que lavó la ropa blanca con la de colores por toda la eternidad. O, disfrutas tu vida en paz, y al final se te castiga por ello por el resto de los años de la existencia.

>>Como ves, en solo uno de esos caminos había algo de disfrute, o de lo que yo podía llegar a considerar disfrute y era el mundo del pecado “All I wanna do is Rock, sign with the devil” escribí alguna vez, pues eso era lo que sentía. Estaba en su poder y era su vocera y predicadora, lo único que quería era seguir disfrutando mi vida mortal, que mi alma fuese a donde mejor le pareciera, si la tortura infinita era el final, pues lo aceptaba a cambio del placer y no me escondía por ello, habrás visto mis vestimentas, siempre con una cruz invertida, siempre con alguno de los nombres de mi señor en las estampas de mi camiseta, siempre en pecado, siempre en cumplimiento de un contrato que nunca existió pero que yo sentía real, pues, como he dicho, era mortal y no entendía más de lo que me habían enseñado a mis veintiún años.

>>Con aquel satanismo inculcado fue que acabamos eligiendo el título de nuestro segundo álbum “Going to Hell, y fue entonces cuando las cosas se torcieron. Mucho

>>Corría el año 2014 y nuestro EP Hitme like a man” ya era conocido y coreado en nuestros conciertos, teníamos unas cuantas giras a la espalda y ya apenas me sorprendía cuando escuchaba alguna de nuestras canciones sonando en los antros donde rendíamos cuentas a nuestra borrachera durante las noches. En ese entonces yo había decidido no renover mi contrato con la serie en la que trabajaba y podía decir con solvencia que mi carrera y profesión era mi música, o más bien hubiese dicho “La música que el señor oscuro susurra a mis oídos”. Ganábamos buen dinero y gastábamos todo lo que la prudencia de la sobriedad nos había encomendado, hombres, mujeres y drogas de todas clases y colores eran nuestro menú de cada día si teníamos la oportunidad. Solo quedaba seguir adelante hasta el estrellato o hasta que nos reclame el infierno que tanto alabábamos.

>>Recuerdo que aquel Junio viajamos a Londres a terminar de grabar el primer clip de nuestro nuevo trabajo y de vuelta a USA para el final de la gira vigente por la Costa Este que acababa con cinco fechas en Delaware, Nueva Jersey, y Nueva York.

>>La presencia empezó a hacerse sentir en Londres. Cómo podría explicarla sin entrar en conceptos que arruinaran la historia. Era una brisa llegada de improvisto en un día calmo, una rama crujiendo en la noche, la sensación de que te están observando y las visiones fugases y esporádicas de un rostro bello y pálido. Cuando caminaba de nuestro piso al estudio sentía un cosquilleo extraño en la nuca, como un susurro molesto e íntimo sin palabras, pero al girarme la calle estaba vacía. Grabando aquellas últimas líneas del disco me sentía más oscura que nunca, como si el mismísimo demonio estuviera allí observándome cantar y juzgándome, hurgando en mi mente y haciéndome sentir expuesta y vulnerable; y al volver a América la presión aumentó: me sentía acechada día y noche, si estaba sola me costaba conciliar el sueño durante horas hasta que de repente caía presa de una pesadez abrumadora y me despertaba muchas horas más tarde sin saber que había pasado.

>>Aquel concierto en Delaware vi el rostro por primera vez. Estaba entre la gente, pero no encajaba con el público. Vestía de negro y sus facciones lívidas eran un misterio para mí, pues las luces del concierto me impedían ver nada con claridad… nada, excepto aquellos ojos violetas que parecían ajenos a todo movimiento y emoción mientras se clavaban en mí. A su alrededor la gente parecía disfrutar e ignorar aquella presencia, así que intenté hacer lo mismo, pero aquellos ojos estaban donde se posaban los míos, siempre destacando entre la marabunta de la gente, como dos perlas purpúreas en un basurero. Más alto. Sentí que me susurraban, pero era imposible, aun así levanté el tono. Cantaba a viva voz “Factory Girl” y sentí que mis líneas podían llegar más allá de lo que hubiese imaginado nunca. Más. Dijo aquel susurro sobrenatural, y en mi satánica inocencia creí obedecer a mi señor cuando levanté el último estribillo a lo que era un desgarrador grito agudo y animal. Al escucharme en el retorno, pensé que mi garganta sangraría y se quebraría para siempre, que mis cuerdas vocales no tolerarían bajo ningún pretexto la presión, pero no fue así. Caí de rodillas al terminar la canción y al abrir los ojos, con mi voz intacta busqué aquellos ojos con desesperación, pero no había nadie que me devolviese aquella mirada.

 >>—¿Alguien vio… —comencé a preguntar cuando salíamos del escenario hacia los camarines, pero qué “¿Alguien vio los ojos? ¿Aquella mirada? ¿Ese ser? ¿A satán?

>>—¿Qué cosa? —preguntó J

>>—Nada, tiene que haber sido es puto insomnio que me está jugando una mala pasada —sentencié restándole importancia y casi creyendo mis propias palabras

>>—Pues, si el insomnio consigue esos tonos, nos vamos a turnar para impedirte dormir de ahora en más, Taylor —dijo Mark burlándose —¿De dónde salió eso?

>>—Tuve un momento —dije encogiéndome de hombros y sin darle tanto crédito a mi grito. No puedes imaginar mi sorpresa al ver aquello repetido en youtube con cientos de visitas. Recuerdo acariciar mi cuello y tener que convencerme a mí misma de que yo había conseguido aquel tono lastimero y feral tan increíblemente brutal.

 

>>Cuando me subí al transporte de la banda aquella noche sentí miedo. Una paranoia histriónica y violenta. Ya casi amanecía y nosotros habíamos pasado la noche de fiesta, pero la sensación de que me observaban seguía allí. No de forma constante, pero si en apariciones repentinas e insólitas: Unos tacones apenas audibles en el baño del club, un roce cuando besaba a un desconocido, un cosquilleo en los brazos cuando aspiraba la raya de coca de la mesa y ahora en el gran vehículo de dos pisos una sensación absoluta de peligro inducida, como el miedo natural de una pesadilla tonta, de esas en las que no pasa nada, pero tu cuerpo sabe que debe sentir miedo —Pongámonos en marcha —dije a mis compañeros que se despedían de sus conquistas de la noche —Vamos.

>>Todos me miraron con sobresalto, músicos y parejas y Mark bromeó —¿Estás celosa de que por una vez no sea alguno de nosotros que se va solo de la fiesta, querida? —y apretó el culo del muchacho de largo cabello al que se abrazaba  en la puerta del bus.

>>—Por favor —exigí con un hilo en la voz y todos se alarmaron en seguida. Estaba apunto de desmoronarme de puro terror, temblaba y pensé que me habían vendido coca cortada con alguna basura. Odié con todas mis fuerzas al camello y antes de que pudiera agregar nada más la negrura consumió los colores del mundo. Solo creí ver durante un instante unos ojos violetas que me observaban desde un callejón oscuro cerca de la esquina de la avenida de la arena, dos estrellas casi extintas en un cielo demasiado oscuro.

>>Recuerdo haber soñado, un sueño de paz y calma, como una nota mayor, dulce y armonizada en terceras y séptimas, dándole a todo un sonido onírico y premuroso. En ese sueño estaba yo bajo el único manzano de una inmensa pradera, alumbrada por dos lunas violetas y menguantes que opacaban el brillo de la pequeña fogata que ardía a mis pies descalzos en un círculo de piedras. Tenía en el cuerpo la sensación refrescante que queda en la piel tras un buen baño y el calor del fuego era suficientemente homogéneo y potente para alejar el frío nocturno. Estaba allí desnuda y con mi guitarra acústica sobre la falda, cantando melodías sencillas que había descartado y recordando viejas canciones. Recuerdo reír por algún fallo distraído en acordes que me eran desconocidos y familiares al mismo tiempo y sentir una dulce melancolía al escuchar mi propia voz tan nítida y potente, llenando la pradera con mi canto.

 

>>Desperté en mi cama del bus, con el suave sol acariciando las paredes de mi pequeño cuarto. Mucho más relajada y sin resaca alguna. Apenas si podía recordar nada de lo ocurrido la noche anterior, pero no me dolía la cabeza ni el estómago, ni tenía mareo de ningún tipo. Me quedé allí largo rato con las cortinas descorridas mirando el paisaje pasar a nuestro andar y sin poder concentrarme realmente en nada hasta que alguien llamó a la fina puerta del cuartucho con mucha delicadeza.

>>—Pasa —grité y segundo después Ben estaba de pie a mi lado

>> Estuvimos un buen rato observándonos en silencia hasta que ambos echamos a reir —no tengo BBQ que ofrecerte hoy para avergonzarte —protestó, recordando nuestra primer resaca.

>>—Oh… Con lo bien que me vendría una —Me di cuenta que tenía mucha hambre no recordaba la última vez que habíamos parado a comer algo sustancioso —¿Estamos muy lejos de algún lugar donde parar a cenar?

>>—Paramos con el equipo a mediodía a comprar bocadillos. Te separamos de carne y de verduras por si decidías despertar en algún momento

>>—¿A mediodía? —pregunté con tono incrédulo —Pero si el sol está salien… —entonces me di cuenta de que no estaba amaneciendo como supuse, sino que ya era muy entrada la tarde.

>>—Son casi las ocho —sentenció el —. Supongo que le ganaste al insomnio, enhorabuena.

>>Reí y saqué un cigarro de mi pantalón, que aun llevaba puesto —Ya voy. Si podemos parar a comer algo, no voy a quejarme

>>—Taylor. ¿No quieres hablar de lo de esta mañana?

>>Negué con la cabeza mientras me sentaba en el clchón

>>—¿Vas a poder cantar esta noche?

>>—Dalo por hecho —Contesté y bajé con los demás, que me recibieron con burlas y risas, ahora enterados de que había sido un desmayo pasajero. Aun así decidimos que me ayudarían a medirme con el alcohol y la coca hasta que termine el viaje, al que le quedaban pocos días y entonces iría al médico a ver que cojones pasaba conmigo.

 

>>Apenas el sol cayó en el horizonte esa noche recordé aquellos ojos y me asaltó un pánico momentáneo, pero era algo natural, propio de un recuerdo traumático y tal como llegó, se fue. Si mi amo me llama iré con él, pero no debo temer. Pensé para mis adentros y aunque durante todo el concierto sentí aquella presencia sobrenatural, no hubo rostro en el que depositar mi atención, ni miedo alguno. Sabía que el diablo estaba observando, así que canté lo mejor que pude, sin aquella fuerza sobrenatural, pero renovada por el descanso y enfocada en dar el mejor papel a los ojos del señor antes de salir de fiesta y beber prudentemente por primera vez en la vida.

>>Los siguientes días pasaron entre el viaje y las pruebas de sonido en Nueva York. Teníamos allí tres fechas llenas y la despedida de la gira “Light Me Up”, así que los preparativos me tenían ocupada y apenas si prestaba atención a aquel extraño murmullo que se arremolinaba alrededor de mi cuello casi constantemente.

 

>>El jueves llegó y con el la apertura de aquellos tres días de Rock and Roll y desenfreno en el corazón mismo de la Costa Este. Me sentía mejor, renovada y llena de expectación por el show. “Light Me Up” abrió el repertorio y la gente cantó junto a mí con ansia y entrega, el mundo pareció desaparecer a mi alrededor como cada vez que subía al escenario y todas las inquietudes y penas se borraron de mi mente. Era una con mi música y mi público. Las canciones se fueron sucediendo y el ambiente se caldeaba con cada una de ellas. Entonces llegó el turno de “Going to Hell” —“Don’t bless me father, for I have sinned” —susurré: el comienzo del tema cuyo video ya estaba rondando los tops de muchos países y la imagen detrás de nosotros se partió, revelando la tapa del nuevo álbum. Fuegos saltaron del escenario, aplausos: la magia de lo que más amaba en el mundo en su estado más puro, la comunión espiritual de mi ser, mi rincón de paz… Algo salió mal: un placer antihumano me recorrió cada centímetro del cuerpo, nuevamente era algo inducido y yo lo sabía a la perfección. Un placer tan dulce como la caricia más experta o el beso más preciso. La piel se me erizó y sentí la presencia presionando mi ser, buscando una intimidad en mí que ni yo sabía que poseía, tocándome sin tocarme, lamiéndome sin lamerme, mordiéndome, sacudiéndome, follándome.

>>Grité y los aplausos y gritos se alzaron tras mí voz. Tenía que comenzar mis líneas, pero las piernas me temblaban, estaba al borde de un gran orgasmo y sabía que si abría la boca la voz me temblaría y las palabras resbalarían en mis labios lánguidas y torpes debido al pulsar de aquella sensación embriagante y maligna que me estremecía con su dulzura… entonces el hechizo remitió e intentando recuperar control canté lo mejor que me permitió el remanente de aquella  sensación tan profunda de enloquecedor placer. Seguramente fue un fiasco, no hubo esa noche videos del momento en que aquella presencia me atacara, pero me representó un esfuerzo terrible recordar la letra y entonar mínimamente bien. Todo mi cuerpo quería más de aquello, a cualquier precio. Busqué desesperadamente entre la gente, pero aquellos ojos nuevamente se escondían de mí.

>>Acabó el concierto y corrí desesperada a mi camarín, y allí, presa de una vergüenza profunda me masturbé como nunca lo había hecho, posesa aún de las ascuas de aquel fuego que había ardido en mí. Tenía los párpados apretados y no podía ni quería abrirlos, pues mientras calmaba la lujuria animal que me poseía veía en la sombra de mi mente aquellos ojos mirándome. De alguna manera sabía que la presencia estaba allí conmigo, observándome y que me deseaba. Gemí para ella, y teatralicé cada movimiento hasta que finalmente el orgasmo llegó y la calma me invadió de repente. Abrí los ojos y estaba sola, lo que fuera que me acechaba ya se había marchado y no quedaba rastro alguno de su existencia. No podía calmar la vergüenza estúpida que sentía por aquel arrebato carnal, ni determinar su origen. Y sintiéndome avergonzada y confundida me despedí de mis compañeros y me fui al hotel a dormir.

>>El segundo bolo de aquel fin de semana en Nueva York decidí asomarme al público abriendo un poco el telón antes de que el show comience. La banda telonera sacudía el aire con su prolijo y veloz punk y el público parecía disfrutar, pero no vi a nadie que me llamase la atención, comencé a sentirme enferma, creí que me estaba volviendo loca y sufrí un instante de pánico escénico, que por suerte remitió enseguida.

>>Los teloneros acabaron y los saludamos y felicitamos antes de reunirnos, abrazarnos y subir las escaleras al escenario, como hacíamos habitualmente.

>>Las luces se apagaron y los parlantes se abrieron, restallando con el sonido metálico de las pastillas Gibson de Ben, estábamos tras el telón y en posición. J comenzó a hacer sonar la batería. La gente juntaba palmas siguiendo el compás de aquella introducción. Mark cortó la monotonía de la base rítmica con un slap a las cuerdas de su bajo, cargando de armonía el movimiento del compás. Entonces miré a Ben y en el momento que su guitarra chillaba vi a su lado dos ojos violetas que me miraban fijamente. Esta vez pude ver su rostro: Era una mujer, de piel lívida, casi mortecina y sonrisa dulce, pómulos anchos y altos sobre sus mejillas carnosas Tenía la mandíbula ancha y mentón fuerte, pero de corte delgado y femenino sobre un cuello pálido y largo. La nariz redonda, casi como un pompón debajo de aquellos ojos grandes y de sus labios rosados y perfectos, todo enmarcado por un cabello negro que se movía con gracia en unos bucles negros como el corazón de la noche más oscura de la tierra. No llegué a ver su ropa con claridad, pues era, al igual que aquel cabello irreal, negra en las sombras, pero su rostro tenía para mi una claridad epifánica y embriagadora. En aquel momento el concierto fue solo un mero recuerdo, una nimiedad. Supe allí, de pie, esperando los pocos compases que le quedaban a la introducción que la deseaba, que quería entregarme a ella, saber su nombre, conocer sus secretos y su cuerpo para drogarme con ellos y darme un festín amándola durante el tiempo que me lo permitiese la eternidad. Era el demonio en persona y la razón y fuente de todas mis inspiraciones y de cada uno de mis momentos de paz y pecado. Era el espejismo personificado de lo que añoraba mi alma en secreto, era la desnudez de mi historia y mi porvenir, era el murmullo que me acompañaba a cada paso, y yo era suya, lo supe apenas se mostró a mí, estaba condenada a atarme a su suerte, y yo aceptaba esa condena.

>>Pensé en dejar todo allí para acercarme a ella y sus labios dijeron Mucha merde sin que pudiese deleitarme con aquella voz a causa del sonido de la banda y sentí que había algo que estaba pasando por alto.

>>—¡Taylor! —gritó Ben, sin fijarse en aquel hermoso ser, le miré un instante y en el tiempo que mis ojos se desplazaron de la imagen del espejismo de ojos violetas a mi compañero que estaba a menos de dos metros de distancia, aquel sensual ángel desapareció. Entonces escuché la música y sin tener tiempo de pensar en nada llevé nuevamente el micrófono a mis labios y grité —¡Buenas noches Nueva York! —y el telón cayó mientras comenzaba la música.

 

>>Separé a Ben cuando el show terminó, antes de que fuésemos cada uno a nuestro camarín. —Dime que la viste, Ben

>>—¿Ver qué Taylor? —preguntó él con la voz cargada de preocupación

>>—La mujer, estaba a tu lado antes de que bajase el telón. Ojos violetas, ropa negra… —no conseguía palabras que pudiesen describir lo que había visto o sentido y si él había visto lo mismo que yo sabría de que estaba hablando. Miré sus ojos, suplicando que entendiera.

>>—No sé de qué hablas, querida. ¿A mi lado? ¿Estás segura?

>>Ben era buen amigo, ni había mencionado lo improbable que era aquello, ni me había acusado de estar drogada o borracha, pero no había visto nada y entonces me di cuenta de la terrible melancolía que me latía en el pecho. Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el piso del pasillo y abrazándome las rodillas y sin saber por qué, lloré.

>>Allí estaba yo: hundida nuevamente en una emoción que no entendía y sometida por completo en ella. Lloré por mis padres, porque no les había dicho adiós con sinceridad, lloré por Ana y su palidez espectral pero humana y frágil, lloré por la banda, pues sentía que no los merecía, por mi infancia perdida, por haber pecado tanto y recordar tan poco, lloré por mi alma que deseaba el abrazo de aquel rostro perfecto e hipnotizante, deseaba el aroma de aquellos delicados cabellos llenos de bucles perfectos en mi almohada, deseaba el mimo de aquellos labios rosados y la perfección de aquella voz que no conocía. Recuerdo que el abrazo de mi amigo contuvo los espasmos de mi llanto cuando se sentó a mi lado y recuerdo que me llevaron los tres al hotel y hasta tarde me acompañaron, jugando a las cartas en mi cama hasta que caí presa del sueño.

>>Al siguiente día todos estaban preocupados por mis ataques repentinos, pero cuando dije que no quería hablar del tema todos aceptaron que no insistirían, pero que debería visitar al médico cuanto antes. Prometí hacerlo, pero dudaba que ayudase en algo. Lo que había visto era tan hermoso y puro que dudaba de mi misma, quería llegar hasta el diablo, pero nunca imaginé que su imagen fuese tan angelical y tan deseable. Por suerte la melancolía ya había pasado y tras una tarde de descanso estaba lista para la última noche de “Light Me Up” y me propuse disfrutarla y estar preparada para la trampa que el señor oscuro tuviese lista para mí.

>>Tal trampa no llegó cuando entramos a la arena, ni durante el largo rato que pasamos en los camarines, ni durante la presentación de la banda telonera, no llegaba, la presencia no aparecía y tenía una paranoia inhumana mezclada con la desesperación de desear aquel hechizo más que a nada en el mundo… pero seguía sin aparecer. Sonaba el último tema de los chicos que abrían el show para nosotros y en mi camarín retumbaba la batería con violencia; mi cabeza daba vueltas pensando como contenerme si aquella cosa aparecía ¿Y si no podía cantar? ¿Y si echaba todo a perder? ¿Y si hacía el ridículo por su culpa? —¡Aparece de una vez! ¡Muéstrate! —grité y no hubo respuesta. El pánico escénico me asaltó y corrí al baño a vomitar como no lo había hecho jamás antes de un concierto. Todo mi cuerpo temblaba y mi mayor deseo era que todo acabase mientras abrazaba el inodoro y nadie se fijaba en mí.

>>Lamentablemente, muy en el fondo sabía que tenía que salir y hacer lo mejor que pudiera, y si aquel ser me la jugaba debía dar la talla y hacer mi parte hasta donde mi castigada mente me lo permitiera. Tomé dos rayas de coca y con el valor de la droga en el cuerpo salí al encuentro de mis amigos, que me esperaban con preocupación en los rostros. Hicimos nuestro ritual y al ruedo.

>>Finalmente, parecía que la trampa no llegaría. Entre canción y canción creía ver unos ojos violetas entre el público, pero eran las luces que me jugaban una mala pasada, estaba segura. Aun así me el alma se me encogía y todo mi ser se preparaba, alerta, como un perro maltratado cada vez que el amo levanta la mano. Era enloquecedor y la pasé terriblemente mal aquel final de gira. Al acabar el show estaba agotada como nunca en mi vida y solo quería dormir, agradeciendo que todo hubiera acabado al fin.

>>Llegué al hotel, una noche más sin salir de fiesta y me acosté con la mente vacía presa del cansancio. Si intentaba pensar en lo que sea, mi mente simplemente no podía retener el hilo de la idea y todo parecía evocarme un sueño que esperaba hacía mucho tiempo. Sin embargo, antes de dormir, cuando me debatía entre la vigilia y más allá la presencia se hizo sentir, y mis ojos se cerraron con la certeza de que aquel ser angelical estaba en mi habitación y que yo estaba a su merced.

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