Death by Rock and Roll - Cap 5
>>El álbum fue un éxito. Salió detrás de “Make me Wanna Die” y, no voy a decir
que no tuvo nada que ver el hecho de ser quién era, pero aun así. ¡Sextos en
Reino Unido! Era una locura.
—Esto… Taylor —interrumpió Arlene, dejando totalmente
sorprendida a la cantante.
—¿Si?
—¿Puedo ir al baño un instante? —preguntó casi riéndose
de lo que decía —. Cerveza —añadió.
—Por esa puerta —señaló la rubia ahogando una risilla.
—¡Pero date prisa, que ahora tengo ganas de seguir! —gritó cuando Arlene pasó
frente a ella y le miraba el culo sin el menor recato.
En el silencio del camarín Taylor encontró un instante de
tranquilidad como no había tenido en años. Todo parecía tan quieto y aletargado
que le resultó irreal. El bullicio de la ciudad había remitido bastante,
incluso a su oído vampírico e intentó recordar cómo era el mundo antes de poder
percibirlo realmente. Desde aquel cuartucho de ladrillo podía escuchar los
pasos de una pareja que caminaba borracha por la avenida y además del sonido de
la orina cayendo en el inodoro en el cuarto de baño, percibía de Arlene sus
pensamientos de excitación y ansiedad. Durante las partes que más conocía de la
historia se perdía en sus ojos y en sus labios presa de su aura sobrenatural y volvía
en sí de golpe, con una fuerza de voluntad que sorprendía a la cantante.
<<Es bonita>>, pensó al final al verla volver a su asiento y sacar
un cigarro para encenderlo y tenderle el estuche y el mechero a su dueña.
Ella también encendió uno y abrió otra cerveza. —Decía:
Debutamos sextos en UK, tres canciones en el top cien y a mis diecisiete años
ya estaba haciendo aperturas para Guns and Roses y Evanesence. El sueño
cumplido de salir de gira vino luego. Los años siguientes son para mi borrones
de alcohol y ciudades con esporádicas meteduras de pata, como mi tatuaje o la
casa que compré en Victoria’s Road, un pueblito de carretera muy a las afueras
de Nueva Inglaterra, sobre la 52 una noche que me sentía cansada de las luces
de la ciudad y tenía liberado el dinero recién cobrado de la última gira. Allí
vivo ahora, por cierto, así que una vez más: mi instinto es más sabio que mi
cabeza.
>>Pero fuera de eso, no tengo nada que contarte que
no sepas, déjame pensar… bueno, dormí con Daniele a la vuelta del primer viaje
a Nueva York, si te sirve para ponerle color a nuestra historia. Yo ya tenía
una experiencia de las noches con la banda en clubes exóticos a los que nos
invitaban tras cada concierto y pude devolverle con creces las dedicadas caricias
que me regaló durante mi primera borrachera.
>>Intento pensar en aquellos momentos y solo
consigo luces y hoteles. Había cumplido los dieciocho y ya tenía escrito medio
“Going to Hell”, eso sí que lo
recuerdo bien y recuerdo las fotos de aquel entonces, estaba mortecinamente
delgada a causa de mi estilo de vida y de la cantidad de drogas que consumía.
Desde luego la libertad que tanto amaba comenzaba a pasarme factura.
>>Pero no fue hasta cuatro años después que nuestra
historia dio un giro real. Una revelación que me cambió para siempre y una
mujer que consiguió lo que ni Daniele con sus caricias curiosas o Ana con su
fiebre desesperada lograron: Enamorarme perdidamente.
>>Hasta el momento, en nuestra historia he dejado
caer el hecho de que yo creía que el diablo dictaba mis canciones y guiaba mis
pasos, pero no he hecho suficiente hincapié en ello, en parte por la vergüenza
de haber sido aquella persona, pero déjame decirte que así era. Era en aquel
entonces todo cuanto conocía: El bien y el mal, Dios y el demonio, el Cielo y
el infierno, toda aquella cultura avejentada de señoras que se esconden tras
los cojines cuando ven una película de terror y que se abruman si algún
personaje público sale en tetas; la cultura de mis padres y de los padres de
sus padres era lo que me había construido como persona, incluso como la
antagonista final de aquel circo idiota, seguía siendo parte de aquellas
creencias y la elección era: Vives con recato y prudencia, en un aburrido
letargo de deseo reprimido toda tu vida para ganarte un lugar donde no te
torturan, pero como evento más remarcable puedes hablar de la vecina que lavó
la ropa blanca con la de colores por toda la eternidad. O, disfrutas tu vida en
paz, y al final se te castiga por ello por el resto de los años de la
existencia.
>>Como ves, en solo uno de esos caminos había algo
de disfrute, o de lo que yo podía llegar a considerar disfrute y era el mundo
del pecado “All I wanna do is Rock, sign
with the devil” escribí alguna vez, pues eso era lo que sentía. Estaba en
su poder y era su vocera y predicadora, lo único que quería era seguir
disfrutando mi vida mortal, que mi alma fuese a donde mejor le pareciera, si la
tortura infinita era el final, pues lo aceptaba a cambio del placer y no me
escondía por ello, habrás visto mis vestimentas, siempre con una cruz
invertida, siempre con alguno de los nombres de mi señor en las estampas de mi
camiseta, siempre en pecado, siempre en cumplimiento de un contrato que nunca
existió pero que yo sentía real, pues, como he dicho, era mortal y no entendía
más de lo que me habían enseñado a mis veintiún años.
>>Con aquel satanismo inculcado fue que acabamos
eligiendo el título de nuestro segundo álbum “Going to Hell, y fue entonces cuando las cosas se torcieron. Mucho
>>Corría el año 2014 y nuestro EP “Hitme like a man” ya
era conocido y coreado en nuestros conciertos, teníamos unas cuantas giras a la
espalda y ya apenas me sorprendía cuando escuchaba alguna de nuestras canciones
sonando en los antros donde rendíamos cuentas a nuestra borrachera durante las
noches. En ese entonces yo había decidido no renover mi contrato con la serie
en la que trabajaba y podía decir con solvencia que mi carrera y profesión era
mi música, o más bien hubiese dicho “La música que el señor oscuro susurra a
mis oídos”. Ganábamos buen dinero y gastábamos todo lo que la prudencia de la
sobriedad nos había encomendado, hombres, mujeres y drogas de todas clases y
colores eran nuestro menú de cada día si teníamos la oportunidad. Solo quedaba
seguir adelante hasta el estrellato o hasta que nos reclame el infierno que
tanto alabábamos.
>>Recuerdo que aquel Junio viajamos a Londres a
terminar de grabar el primer clip de nuestro nuevo trabajo y de vuelta a USA
para el final de la gira vigente por la Costa Este que acababa con cinco fechas
en Delaware, Nueva Jersey, y Nueva York.
>>La presencia
empezó a hacerse sentir en Londres. Cómo podría explicarla sin entrar en
conceptos que arruinaran la historia. Era una brisa llegada de improvisto en un
día calmo, una rama crujiendo en la noche, la sensación de que te están
observando y las visiones fugases y esporádicas de un rostro bello y pálido.
Cuando caminaba de nuestro piso al estudio sentía un cosquilleo extraño en la
nuca, como un susurro molesto e íntimo sin palabras, pero al girarme la calle
estaba vacía. Grabando aquellas últimas líneas del disco me sentía más oscura
que nunca, como si el mismísimo demonio estuviera allí observándome cantar y
juzgándome, hurgando en mi mente y haciéndome sentir expuesta y vulnerable; y
al volver a América la presión aumentó: me sentía acechada día y noche, si
estaba sola me costaba conciliar el sueño durante horas hasta que de repente
caía presa de una pesadez abrumadora y me despertaba muchas horas más tarde sin
saber que había pasado.
>>Aquel concierto en Delaware vi el rostro por
primera vez. Estaba entre la gente, pero no encajaba con el público. Vestía de
negro y sus facciones lívidas eran un misterio para mí, pues las luces del
concierto me impedían ver nada con claridad… nada, excepto aquellos ojos
violetas que parecían ajenos a todo movimiento y emoción mientras se clavaban
en mí. A su alrededor la gente parecía disfrutar e ignorar aquella presencia,
así que intenté hacer lo mismo, pero aquellos ojos estaban donde se posaban los
míos, siempre destacando entre la marabunta de la gente, como dos perlas
purpúreas en un basurero. Más alto. Sentí
que me susurraban, pero era imposible, aun así levanté el tono. Cantaba a viva
voz “Factory Girl” y sentí que mis
líneas podían llegar más allá de lo que hubiese imaginado nunca. Más. Dijo aquel susurro sobrenatural, y
en mi satánica inocencia creí obedecer a mi señor cuando levanté el último
estribillo a lo que era un desgarrador grito agudo y animal. Al escucharme en
el retorno, pensé que mi garganta sangraría y se quebraría para siempre, que
mis cuerdas vocales no tolerarían bajo ningún pretexto la presión, pero no fue
así. Caí de rodillas al terminar la canción y al abrir los ojos, con mi voz
intacta busqué aquellos ojos con desesperación, pero no había nadie que me
devolviese aquella mirada.
>>—¿Alguien
vio… —comencé a preguntar cuando salíamos del escenario hacia los camarines,
pero qué “¿Alguien vio los ojos? ¿Aquella mirada? ¿Ese ser? ¿A satán?
>>—¿Qué cosa? —preguntó J
>>—Nada, tiene que haber sido es puto insomnio que
me está jugando una mala pasada —sentencié restándole importancia y casi
creyendo mis propias palabras
>>—Pues, si el insomnio consigue esos tonos, nos
vamos a turnar para impedirte dormir de ahora en más, Taylor —dijo Mark
burlándose —¿De dónde salió eso?
>>—Tuve un momento —dije encogiéndome de hombros y
sin darle tanto crédito a mi grito. No puedes imaginar mi sorpresa al ver
aquello repetido en youtube con
cientos de visitas. Recuerdo acariciar mi cuello y tener que convencerme a mí
misma de que yo había conseguido aquel tono lastimero y feral tan
increíblemente brutal.
>>Cuando me subí al transporte de la banda aquella
noche sentí miedo. Una paranoia histriónica y violenta. Ya casi amanecía y
nosotros habíamos pasado la noche de fiesta, pero la sensación de que me
observaban seguía allí. No de forma constante, pero si en apariciones
repentinas e insólitas: Unos tacones apenas audibles en el baño del club, un
roce cuando besaba a un desconocido, un cosquilleo en los brazos cuando
aspiraba la raya de coca de la mesa y ahora en el gran vehículo de dos pisos
una sensación absoluta de peligro inducida, como el miedo natural de una
pesadilla tonta, de esas en las que no pasa nada, pero tu cuerpo sabe que debe
sentir miedo —Pongámonos en marcha —dije a mis compañeros que se despedían de
sus conquistas de la noche —Vamos.
>>Todos me miraron con sobresalto, músicos y
parejas y Mark bromeó —¿Estás celosa de que por una vez no sea alguno de
nosotros que se va solo de la fiesta, querida? —y apretó el culo del muchacho
de largo cabello al que se abrazaba en
la puerta del bus.
>>—Por favor —exigí con un hilo en la voz y todos
se alarmaron en seguida. Estaba apunto de desmoronarme de puro terror, temblaba
y pensé que me habían vendido coca cortada con alguna basura. Odié con todas
mis fuerzas al camello y antes de que pudiera agregar nada más la negrura
consumió los colores del mundo. Solo creí ver durante un instante unos ojos
violetas que me observaban desde un callejón oscuro cerca de la esquina de la
avenida de la arena, dos estrellas casi extintas en un cielo demasiado oscuro.
>>Recuerdo haber soñado, un sueño de paz y calma,
como una nota mayor, dulce y armonizada en terceras y séptimas, dándole a todo
un sonido onírico y premuroso. En ese sueño estaba yo bajo el único manzano de
una inmensa pradera, alumbrada por dos lunas violetas y menguantes que opacaban
el brillo de la pequeña fogata que ardía a mis pies descalzos en un círculo de
piedras. Tenía en el cuerpo la sensación refrescante que queda en la piel tras
un buen baño y el calor del fuego era suficientemente homogéneo y potente para
alejar el frío nocturno. Estaba allí desnuda y con mi guitarra acústica sobre
la falda, cantando melodías sencillas que había descartado y recordando viejas
canciones. Recuerdo reír por algún fallo distraído en acordes que me eran
desconocidos y familiares al mismo tiempo y sentir una dulce melancolía al
escuchar mi propia voz tan nítida y potente, llenando la pradera con mi canto.
>>Desperté en mi cama del bus, con el suave sol
acariciando las paredes de mi pequeño cuarto. Mucho más relajada y sin resaca
alguna. Apenas si podía recordar nada de lo ocurrido la noche anterior, pero no
me dolía la cabeza ni el estómago, ni tenía mareo de ningún tipo. Me quedé allí
largo rato con las cortinas descorridas mirando el paisaje pasar a nuestro
andar y sin poder concentrarme realmente en nada hasta que alguien llamó a la
fina puerta del cuartucho con mucha delicadeza.
>>—Pasa —grité y segundo después Ben estaba de pie
a mi lado
>> Estuvimos un buen rato observándonos en silencia
hasta que ambos echamos a reir —no tengo BBQ que ofrecerte hoy para
avergonzarte —protestó, recordando nuestra primer resaca.
>>—Oh… Con lo bien que me vendría una —Me di cuenta
que tenía mucha hambre no recordaba la última vez que habíamos parado a comer
algo sustancioso —¿Estamos muy lejos de algún lugar donde parar a cenar?
>>—Paramos con el equipo a mediodía a comprar
bocadillos. Te separamos de carne y de verduras por si decidías despertar en
algún momento
>>—¿A mediodía? —pregunté con tono incrédulo —Pero
si el sol está salien… —entonces me di cuenta de que no estaba amaneciendo como
supuse, sino que ya era muy entrada la tarde.
>>—Son casi las ocho —sentenció el —. Supongo que
le ganaste al insomnio, enhorabuena.
>>Reí y saqué un cigarro de mi pantalón, que aun
llevaba puesto —Ya voy. Si podemos parar a comer algo, no voy a quejarme
>>—Taylor. ¿No quieres hablar de lo de esta mañana?
>>Negué con la cabeza mientras me sentaba en el
clchón
>>—¿Vas a poder cantar esta noche?
>>—Dalo por hecho —Contesté y bajé con los demás,
que me recibieron con burlas y risas, ahora enterados de que había sido un
desmayo pasajero. Aun así decidimos que me ayudarían a medirme con el alcohol y
la coca hasta que termine el viaje, al que le quedaban pocos días y entonces
iría al médico a ver que cojones pasaba conmigo.
>>Apenas el sol cayó en el horizonte esa noche
recordé aquellos ojos y me asaltó un pánico momentáneo, pero era algo natural,
propio de un recuerdo traumático y tal como llegó, se fue. Si mi amo me llama
iré con él, pero no debo temer. Pensé para mis adentros y aunque durante todo
el concierto sentí aquella presencia sobrenatural,
no hubo rostro en el que depositar mi atención, ni miedo alguno. Sabía que el
diablo estaba observando, así que canté lo mejor que pude, sin aquella fuerza
sobrenatural, pero renovada por el descanso y enfocada en dar el mejor papel a
los ojos del señor antes de salir de fiesta y beber prudentemente por primera
vez en la vida.
>>Los siguientes días pasaron entre el viaje y las
pruebas de sonido en Nueva York. Teníamos allí tres fechas llenas y la
despedida de la gira “Light Me Up”,
así que los preparativos me tenían ocupada y apenas si prestaba atención a
aquel extraño murmullo que se arremolinaba alrededor de mi cuello casi
constantemente.
>>El jueves llegó y con el la apertura de aquellos
tres días de Rock and Roll y desenfreno en el corazón mismo de la Costa Este.
Me sentía mejor, renovada y llena de expectación por el show. “Light Me Up” abrió el repertorio y la
gente cantó junto a mí con ansia y entrega, el mundo pareció desaparecer a mi alrededor
como cada vez que subía al escenario y todas las inquietudes y penas se
borraron de mi mente. Era una con mi música y mi público. Las canciones se
fueron sucediendo y el ambiente se caldeaba con cada una de ellas. Entonces
llegó el turno de “Going to Hell” —“Don’t bless me father, for I have sinned”
—susurré: el comienzo del tema cuyo video ya estaba rondando los tops de muchos
países y la imagen detrás de nosotros se partió, revelando la tapa del nuevo
álbum. Fuegos saltaron del escenario, aplausos: la magia de lo que más amaba en
el mundo en su estado más puro, la comunión espiritual de mi ser, mi rincón de
paz… Algo salió mal: un placer antihumano me recorrió cada centímetro del
cuerpo, nuevamente era algo inducido y yo lo sabía a la perfección. Un placer
tan dulce como la caricia más experta o el beso más preciso. La piel se me
erizó y sentí la presencia presionando
mi ser, buscando una intimidad en mí que ni yo sabía que poseía, tocándome sin
tocarme, lamiéndome sin lamerme, mordiéndome, sacudiéndome, follándome.
>>Grité y los aplausos y gritos se alzaron tras mí
voz. Tenía que comenzar mis líneas, pero las piernas me temblaban, estaba al
borde de un gran orgasmo y sabía que si abría la boca la voz me temblaría y las
palabras resbalarían en mis labios lánguidas y torpes debido al pulsar de
aquella sensación embriagante y maligna que me estremecía con su dulzura…
entonces el hechizo remitió e intentando recuperar control canté lo mejor que
me permitió el remanente de aquella sensación tan profunda de enloquecedor placer.
Seguramente fue un fiasco, no hubo esa noche videos del momento en que aquella presencia me atacara, pero me representó
un esfuerzo terrible recordar la letra y entonar mínimamente bien. Todo mi
cuerpo quería más de aquello, a cualquier precio. Busqué desesperadamente entre
la gente, pero aquellos ojos nuevamente se escondían de mí.
>>Acabó el concierto y corrí desesperada a mi
camarín, y allí, presa de una vergüenza profunda me masturbé como nunca lo había
hecho, posesa aún de las ascuas de aquel fuego que había ardido en mí. Tenía
los párpados apretados y no podía ni quería abrirlos, pues mientras calmaba la
lujuria animal que me poseía veía en la sombra de mi mente aquellos ojos
mirándome. De alguna manera sabía que la presencia
estaba allí conmigo, observándome y que me deseaba. Gemí para ella, y
teatralicé cada movimiento hasta que finalmente el orgasmo llegó y la calma me
invadió de repente. Abrí los ojos y estaba sola, lo que fuera que me acechaba
ya se había marchado y no quedaba rastro alguno de su existencia. No podía
calmar la vergüenza estúpida que sentía por aquel arrebato carnal, ni
determinar su origen. Y sintiéndome avergonzada y confundida me despedí de mis
compañeros y me fui al hotel a dormir.
>>El segundo bolo de aquel fin de semana en Nueva
York decidí asomarme al público abriendo un poco el telón antes de que el show
comience. La banda telonera sacudía el aire con su prolijo y veloz punk y el
público parecía disfrutar, pero no vi a nadie que me llamase la atención,
comencé a sentirme enferma, creí que me estaba volviendo loca y sufrí un
instante de pánico escénico, que por suerte remitió enseguida.
>>Los teloneros acabaron y los saludamos y
felicitamos antes de reunirnos, abrazarnos y subir las escaleras al escenario,
como hacíamos habitualmente.
>>Las luces se apagaron y los parlantes se
abrieron, restallando con el sonido metálico de las pastillas Gibson de Ben,
estábamos tras el telón y en posición. J comenzó a hacer sonar la batería. La
gente juntaba palmas siguiendo el compás de aquella introducción. Mark cortó la
monotonía de la base rítmica con un slap
a las cuerdas de su bajo, cargando de armonía el movimiento del compás.
Entonces miré a Ben y en el momento que su guitarra chillaba vi a su lado dos
ojos violetas que me miraban fijamente. Esta vez pude ver su rostro: Era una
mujer, de piel lívida, casi mortecina y sonrisa dulce, pómulos anchos y altos
sobre sus mejillas carnosas Tenía la mandíbula ancha y mentón fuerte, pero de
corte delgado y femenino sobre un cuello pálido y largo. La nariz redonda, casi
como un pompón debajo de aquellos ojos grandes y de sus labios rosados y
perfectos, todo enmarcado por un cabello negro que se movía con gracia en unos
bucles negros como el corazón de la noche más oscura de la tierra. No llegué a
ver su ropa con claridad, pues era, al igual que aquel cabello irreal, negra en
las sombras, pero su rostro tenía para mi una claridad epifánica y
embriagadora. En aquel momento el concierto fue solo un mero recuerdo, una
nimiedad. Supe allí, de pie, esperando los pocos compases que le quedaban a la
introducción que la deseaba, que quería entregarme a ella, saber su nombre,
conocer sus secretos y su cuerpo para drogarme con ellos y darme un festín
amándola durante el tiempo que me lo permitiese la eternidad. Era el demonio en
persona y la razón y fuente de todas mis inspiraciones y de cada uno de mis
momentos de paz y pecado. Era el espejismo personificado de lo que añoraba mi
alma en secreto, era la desnudez de mi historia y mi porvenir, era el murmullo
que me acompañaba a cada paso, y yo era suya, lo supe apenas se mostró a mí,
estaba condenada a atarme a su suerte, y yo aceptaba esa condena.
>>Pensé en dejar todo allí para acercarme a ella y
sus labios dijeron Mucha merde sin
que pudiese deleitarme con aquella voz a causa del sonido de la banda y sentí
que había algo que estaba pasando por alto.
>>—¡Taylor! —gritó Ben, sin fijarse en aquel
hermoso ser, le miré un instante y en el tiempo que mis ojos se desplazaron de
la imagen del espejismo de ojos violetas a mi compañero que estaba a menos de
dos metros de distancia, aquel sensual ángel desapareció. Entonces escuché la
música y sin tener tiempo de pensar en nada llevé nuevamente el micrófono a mis
labios y grité —¡Buenas noches Nueva York! —y el telón cayó mientras comenzaba
la música.
>>Separé a Ben cuando el show terminó, antes de que
fuésemos cada uno a nuestro camarín. —Dime que la viste, Ben
>>—¿Ver qué Taylor? —preguntó él con la voz cargada
de preocupación
>>—La mujer, estaba a tu lado antes de que bajase
el telón. Ojos violetas, ropa negra… —no conseguía palabras que pudiesen
describir lo que había visto o sentido y si él había visto lo mismo que yo
sabría de que estaba hablando. Miré sus ojos, suplicando que entendiera.
>>—No sé de qué hablas, querida. ¿A mi lado? ¿Estás
segura?
>>Ben era buen amigo, ni había mencionado lo
improbable que era aquello, ni me había acusado de estar drogada o borracha,
pero no había visto nada y entonces me di cuenta de la terrible melancolía que
me latía en el pecho. Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el piso
del pasillo y abrazándome las rodillas y sin saber por qué, lloré.
>>Allí estaba yo: hundida nuevamente en una emoción
que no entendía y sometida por completo en ella. Lloré por mis padres, porque
no les había dicho adiós con sinceridad, lloré por Ana y su palidez espectral
pero humana y frágil, lloré por la banda, pues sentía que no los merecía, por
mi infancia perdida, por haber pecado tanto y recordar tan poco, lloré por mi
alma que deseaba el abrazo de aquel rostro perfecto e hipnotizante, deseaba el
aroma de aquellos delicados cabellos llenos de bucles perfectos en mi almohada,
deseaba el mimo de aquellos labios rosados y la perfección de aquella voz que
no conocía. Recuerdo que el abrazo de mi amigo contuvo los espasmos de mi
llanto cuando se sentó a mi lado y recuerdo que me llevaron los tres al hotel y
hasta tarde me acompañaron, jugando a las cartas en mi cama hasta que caí presa
del sueño.
>>Al siguiente día todos estaban preocupados por
mis ataques repentinos, pero cuando dije que no quería hablar del tema todos
aceptaron que no insistirían, pero que debería visitar al médico cuanto antes.
Prometí hacerlo, pero dudaba que ayudase en algo. Lo que había visto era tan
hermoso y puro que dudaba de mi misma, quería llegar hasta el diablo, pero
nunca imaginé que su imagen fuese tan angelical y tan deseable. Por suerte la
melancolía ya había pasado y tras una tarde de descanso estaba lista para la
última noche de “Light Me Up” y me
propuse disfrutarla y estar preparada para la trampa que el señor oscuro
tuviese lista para mí.
>>Tal trampa no llegó cuando entramos a la arena,
ni durante el largo rato que pasamos en los camarines, ni durante la presentación
de la banda telonera, no llegaba, la presencia
no aparecía y tenía una paranoia inhumana mezclada con la desesperación de
desear aquel hechizo más que a nada en el mundo… pero seguía sin aparecer.
Sonaba el último tema de los chicos que abrían el show para nosotros y en mi
camarín retumbaba la batería con violencia; mi cabeza daba vueltas pensando
como contenerme si aquella cosa aparecía ¿Y si no podía cantar? ¿Y si echaba
todo a perder? ¿Y si hacía el ridículo por su culpa? —¡Aparece de una vez!
¡Muéstrate! —grité y no hubo respuesta. El pánico escénico me asaltó y corrí al
baño a vomitar como no lo había hecho jamás antes de un concierto. Todo mi
cuerpo temblaba y mi mayor deseo era que todo acabase mientras abrazaba el inodoro
y nadie se fijaba en mí.
>>Lamentablemente, muy en el fondo sabía que tenía
que salir y hacer lo mejor que pudiera, y si aquel ser me la jugaba debía dar
la talla y hacer mi parte hasta donde mi castigada mente me lo permitiera. Tomé
dos rayas de coca y con el valor de la droga en el cuerpo salí al encuentro de
mis amigos, que me esperaban con preocupación en los rostros. Hicimos nuestro
ritual y al ruedo.
>>Finalmente, parecía que la trampa no llegaría.
Entre canción y canción creía ver unos ojos violetas entre el público, pero
eran las luces que me jugaban una mala pasada, estaba segura. Aun así me el
alma se me encogía y todo mi ser se preparaba, alerta, como un perro maltratado
cada vez que el amo levanta la mano. Era enloquecedor y la pasé terriblemente
mal aquel final de gira. Al acabar el show estaba agotada como nunca en mi vida
y solo quería dormir, agradeciendo que todo hubiera acabado al fin.
>>Llegué al hotel, una noche más sin salir de
fiesta y me acosté con la mente vacía presa del cansancio. Si intentaba pensar
en lo que sea, mi mente simplemente no podía retener el hilo de la idea y todo
parecía evocarme un sueño que esperaba hacía mucho tiempo. Sin embargo, antes
de dormir, cuando me debatía entre la vigilia y más allá la presencia se hizo sentir, y mis ojos se
cerraron con la certeza de que aquel ser angelical estaba en mi habitación y
que yo estaba a su merced.
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