Death by Rock and Roll - Cap 4
Acto 2
"Death By Rock And Roll"
—¿Te fuiste a un hotel? —preguntó Arlene, con
incredulidad.
—La primera noche sí. A un cuartucho en una pensión, la
primera que encontré camino al corazón del barrio. Estaba confundida y furiosa,
todo el camino pensé en lo mucho que molestaría mi comportamiento a mis padres
y no había planeado en realidad nada. Pero el diablo había guiado mi camino
hasta allí y ya nada tenía más importancia para mí, o ese debe haber sido más o
menos mi corriente de pensamiento inconsciente.
>>Hacía frío en el puto lugar y el ruido de los
televisores encendidos en los cuartos vecinos no me permitió dormir esa noche.
>>Me fui apenas amaneció. Había escrito a mis
padres para que supieran que estaba bien, como ya te conté y no atendí sus
insistentes llamados ni contesté sus mensajes ni los de mis productores y
compañeros de clase. Por la mañana volví a escribirles. “Voy a alquilar una
habitación. No os preocupéis por mí. No os odio, pero no quiero vivir más así”
>>La madre de Ben me recibió contenta en su casa, y
supongo que también se puso en contacto con mis padres, aunque lo ignoro
completamente. No quería aceptarme el dinero por quedarme allí, pero logré que
cediera, cuando le dije que no quería sentir que le debía un favor. Que
necesitaba un lugar de paz y sin la culpa de no estar pagando el techo sobre mi
cabeza ni la comida. El precio era de todos modos, barato, así que durante esos
meses me ocupé de llenar de víveres su alacena y la nevera.
>>La semana siguiente a mi mudanza, fui a buscar a
casa de mis padres algunos muebles y cosas que quería llevarme de allí. Fui
vestida de shores negros con cadenas, guates de red, una camiseta demasiado
grande para mi talle con la tapa de The
Dark Side of The Moon estampada y una gargantilla negra al cuello. Los ojos
maquillados de negro y las uñas a juego a medio deshacer. Necesitaban que
entendieran que no iba a volver, que lo que era ahora no era nada de lo que
ellos esperaban encontrar en mí. Era la vocera de la oscuridad, era su
antítesis, era los discos que ardían en el fuego de su chimenea y que arderían
eternamente allí.
>>Para mi sorpresa, luego del sobresalto de mi
padre al verme así y a mi madre conteniendo las lágrimas, hablamos más
tranquilos que nunca. Al final hasta me encontré sonriendo. Acabaron dándome
pleno control sobre el dinero que habían guardado para mí y me rogaron que vaya
a la universidad. Yo les dije que iba a pensarlo, de verdad, pero que ahora
mismo quería hacer música y ellos no discutieron. Agradecí a mi padre que me
ayudara a cargar las cosas al coche de Ben, que me había prestado para llevar
mis cosas y le di un conciliador abrazo a ambos antes de irme. No sentía ganas
de abrazarlos, pero no quería lastimarlos y sabía que aquella separación les
dolía.
>>Lo primero que hice fue separar dinero. Casi
todo, de hecho. Liberé lo justo como para pagar una productora que pudiese
grabar nuestras canciones y me decidí a vivir solo de los ingresos que trajeran
las sesiones de modelaje. Acepté el papel en “Goospi Girl”, pues aunque no era mi intención actuar, necesitaba un
respaldo si todo se desmoronaba, y reuní a la banda luego de mi horario
escolar.
>>Ya teníamos bastantes canciones y era momento de
comenzar a tomarse las cosas enserio —Voy all
in —dije cuando los cuatro estuvimos en casa de Mark, que era donde normalmente
ensayábamos —. Hacer música es lo que quiero, y no puedo perder más tiempo.
Somos buenos y me caéis bien. He hablado con algunos conocidos y en dos semanas
vamos a tocar en el SLC Club. Es pequeño, y perfecto para empezar. Allí nos van
a grabar para enviar todo a algunos productores conocidos. Quién no quiera
seguirme, está fuera —era la primera vez que hablaba con autoridad, me había
convertido en la líder de la banda y para mi sorpresa, ninguno puso objeciones,
J estaba nervioso hasta el punto en que sudaba, pero presionado por Mark y Ben
acabó aceptando. Dejaría el trabajo apenas tuviésemos que grabar.
>>Y bueno, hubo que celebrar, y luego ensayar y
repetir. Eso era mi vida ahora. Mis notas en el colegio se sostenían a duras
penas y me aprendía los guiones de las publicidades en las que aparecía
llegando al set. Era todo vértigo y caos nuevamente en mi vida, pero esta vez
no necesitaba escapar, aquello era mi rincón feliz y lo había transformado en
mi vida entera. Cada tanto, en episodios aislados de ebria melancolía les decía
a mis amigos —¿Sabéis cuántos como nosotros sueñan con hacer lo que estamos a
punto de hacer? —ellos intentaban bajarme a tierra diciendo que aún no habíamos
conseguido nada más que unas fechas aisladas en un club de nuestra ciudad, pero
yo sabía que llegaríamos lejos.
>>Dormí con Mark una de esas noches, ¿Sabes?. Casi
se destruye el precario equilibrio que unía la banda entera. Ambos despertamos
avergonzados y sin saber bien que hacer en el cuarto de la casa de Ben que
alquilaba. La incomodidad fue al instante risa y lo fue más aún cuando los
demás nos vieron juntos esperando que todo se torciera y nos encontraron
acusándonos de incompetentes e inexpertos. De todas maneras, acordamos que
ninguno volvería a dormir con nadie más de la banda. Era lo mejor.
>>Los bolos llegaron y las grabaciones fueron
buenas. Las envié a Ted Field, el fundador de Intercope Records, a quién
conocía de algunas sesiones de fotos y aceptó grabarnos. No dejé que ninguno de
mis compañeros aportara una moneda. El álbum era mi proyecto y aunque la banda
era de todos, la paz que había construido alrededor de ella, era mía. Ellos
tenían otras cosas, yo solo quería aquello.
>>Grabamos en dos meses “Light Me Up” y los tres me sorprendieron con un contrato para
prelanzar un single que habían pagado
entre todos. “Make me Wanna die” iba
a ser nuestra tarjeta de presentación ¡E iba a tener un videoclip!
>>Te cuento todo esto muy rápido y lo sé, pero es
que en mi memoria solo queda aquello. Velocidad, decisiones apresuradas y la
sensación de vértigo. Todo mezclado con el sabor del vino barato, el tabaco y
la cocaína. Oh, si al final acabé aceptando probar aquella hermosa y seductora
mierda.
>>Ocurrió la noche luego de acabar de filmar él “Make me Wanna Die”. Para ese entonces
el álbum era una realidad hacía más de una semana y llevábamos casi cinco días
de rodaje. Yo había adelantado exámenes en el colegio y pedí que no se me
computaran las inasistencias a riesgo de perder el año, que ya acababa. J, como
había prometido, dejó su trabajo un mes, con pocas esperanzas de que le
aceptaran de regreso y Ben y Mark estaban en su año sabático luego de acabar el
colegio.
>>Habían pasado cuatro meses desde que decidiéramos
ponernos en serio y en ese tiempo y se acercaba mi cumpleaños número
diecisiete. En aquel tiempo había dado rienda suelta a mi libertad como nunca
creí posible. Bebía con mis amigos, fumaba en la ventana de mi cuarto, llegaba
a la hora que quisiera a casa, los domingos pasaron de ser un día de culpas y oración
a ser de resaca y guitarra. Tenía las puntas de los dedos ampolladas a causa de
las cuerdas, pues podía practicar a cada instante que estuviera en casa, pues
Amalie, la madre de Ben estaba fuera casi todo el día. Dormía con quién
quisiera. Creo que en aquellos cuatro meses habré llevado a la cama casi a
cinco chicos distintos. Y vaya si empezaba a disfrutarlo. Amaba la dulzura de
mi nuevo camino de pecado y desenfreno, contrario a todo lo que había sido.
Sentía placer, placer verdadero, animal, terrestre y humano, ninguna chorrada
de espíritu de las que cuentan en las catedrales, no quería salvación alguna,
pues merecía la pena estar viva y si moría o no lo hacía, no importaba.
>>Aún con todo había dos barreras que no había
tenido el coraje de romper: la primera era la del lesbianismo; guardaba en lo
profundo de mí el placer que Daniele me había hecho sentir aquella primera
noche en que me besó totalmente borracha, pero lo reprimía, presa del miedo
social inculcado a través de años de culpas y presiones. “Dios nos había hecho
hombres y mujeres para que nos amemos entre nosotros, pero no a los de nuestro
mismo sexo, no de esa manera”, se repetían las palabras con la voz del Padre en
mi cabeza cada vez que pensaba en ella. Y cuando la veía la evitaba presa de la
vergüenza de no poder controlarme.
>>Tonta de mí al pensar que mi libido estaba a
salvo de cualquier otra mujer.
>>Pues en las últimas fiestas, habíamos ido a casa
de una amiga de Mark. Ana se llamaba y su garaje era un paraíso infernal.
¡Tenía su propia nevera para los tragos allí! Quiero decir, además de
parlantes, luces bajas y buen gusto para la música. “Punky” o “Toxica” la
apodaban todos, pues vivía arriba de su skate,
con su mp3 siempre reproduciendo Green Day, Sum-41, Good Charlote y
puedes hacerte una idea de qué bandas más; y casi siempre en estados mentales
alejados de la sobriedad.
>>En aquel lugar empezábamos las noches. Bebiendo
en cantidad y mis amigos drogándose, fumando marihuana, tomando MDMA y
aspirando coca sobre la mesa castaña de roble que había en el centro del antro
y que solíamos utilizar para jugar al poker antes de partir al club que
pudiéramos a escuchar bandas en vivo o simplemente a tomar unos tragos más
antes de caer rendidos.
>>Ella era bella,
quizás no encuentre la forma de definirla correctamente: no era hermosa,
con la sensualidad despampanante de las mujeres de ropas ceñidas, ni era tierna
o dulce. Era latina, de piel clara, creo que venía de bien al sur del
continente; no podía medir mucho más que metro cincuenta, y tenía un carácter
fuerte y una ferocidad antinatural. Su pelo negro no era corto ni largo, y
ondeaba al viento cada vez que llegaba en su tabla a buscarnos para comprar los
licores para la noche que empezaba, encuadrando su cuello delgado y su rostro.
Vestía, como yo, camisetas amplias y negras, jeanes desgastados o calzas de
cuero y zapatillas baratas, pues acababa siempre por destrozarlas. Tenía los
pechos pequeños, pero incluso así podías adivinarlos sin dificultades bajo su
ropa holgada, abdomen plano y algo marcado, pues entrenaba en su tiempo libre;
sus muslos eran anchos y su culo redondo y perfecto para sus caderas amplias.
Tenía las manos pequeñas, y la voz ronca, poco femenina. Recordar su rostro es
para mí un placer, pues una vez más, no era hermoso y mucho menos era feo, al
contrario: era lindo, bello, era perfecto a su manera divergente y desprolija,
a juego con su mirada profunda y perdida y con el contrapunto de su cuerpo
curvo y sus vestimentas holgadas. La recuerdo como un espectro andrógino, pero
tampoco es esa una descripción que le haga justicia a sus cejas bien depiladas,
a sus pestañas negras y largas, a su delineado sencillo y su nariz demasiado
pequeña y redonda sobre aquellos labios rosas que escondían una sonrisa torcida
y marcada por alguna enfermedad que nunca entendí, pero que la hacían única y
deseable. Solo una mujer consiguió superar para mí aquella belleza y no era
humana.
>>La noche que acabamos de grabar el clip fuimos al garaje, pues allí habían
ya unos cuantos amigos esperando para brindar por el gran progreso de “The Pretty Reckless”. Éramos en total
unas veinte personas, y Ana se había empecinado en que quería musicalizar la
noche sin que nadie interrumpiera la playlist, así que en los parlantes sonaba
su música.
>>Bebí lo suficiente aquella noche. Quiero decir,
había bebido ya lo suficiente y continué hasta que acabé con los brazos
cruzados sobre la mesa y mi cabeza reposada en ellos, esforzándome por respirar
mientras miraba a la gente conversar y bailar. El mundo me daba vueltas como
nunca y me dolía el estómago con fuertes retorcijones, como castigándome por
haberle dispensado tantísima cantidad de alcohol. Me ardía la garganta y el
cigarrillo que fumaba entonces no ayudaba ni un poco, aunque a decir verdad,
imagino que simplemente estaba entre mis dedos y pasaba tanto tiempo entre
pitada y pitada que a la segunda ya debía de haberse apagado por mucho que yo
insistiera en la mímica de respirar su Edén de nicotina.
>>En esa posición y en ese estado mis inhibiciones
no eran más que letárgicos susurros muy al fondo del desenfreno de mi instinto.
Y con esa sensación animal miraba entonces como Ana y Michelle se besaban cerca
de donde yo estaba, sin ocultarse, sin preocupaciones ni tareas más allá del
cuerpo de la compañera.
>>Michelle era más alta y de curvas menos
pronunciadas. Su cabello era castaño, casi rojo y quemado por el exceso de
alisado, odiaba sus bucles. Lo llevaba despeinado y con mucho volumen, tenía un
leve aire a Axl Rose, ahora que lo pienso, su rostro enjuto y bonito y vestía
sencilla y femenina, y tenía un cigarro de marihuana en la mano que no apretaba
el culo y los muslos de Ana y que cada tanto se perdía entre su entrepierna sin
recto alguno. Era, a mi parecer, mucho menos bella que su pareja, pero había en
ella un aura de misticismo y sensualidad, pues era la mayor de todos los
presentes y ya tenía sobre sus hombros una rehabilitación y una reputación de
oveja descarriada que era profundamente atrayente.
>>Ana no se dejaba amedrentar y acariciaba a la
contraria con libertinaje, masajeando sus pechos y costillas, sus brazos y su
sexo.
>>Michelle tiró del cabello de Ana y le hizo girar
el cuello para besarlo, de forma que sus ojos encontraron los míos. Y me sonrió
con lujuria.
>>Recuerdo que le dijo algo a la mayor que me vio
también y sonrió antes de dejarla sola. Entonces aquel pequeño espectro
andrógino cargado de sensualidad de acercó a mí sonriendo, tomó mi vaso de la
mesa y, luego de olerlo, le dio un largo trago. Recuerdo que no sabía que decir.
Estaba excitada por aquella visión de las dos mujeres besándose y me sentía
culpable de alguna manera por haber hecho que se detengan, así que guardé
silencio y la miré, con deseo y un hambre que jamás me había despertado ninguno
de los hombres con los que había dormido hasta entonces. Ella tomó mis brazos y
me obligó a apoyar la espalda en la silla mientras recogía el cigarro de mis
dedos. Se sentó a horcajadas en mi falda y volvió a encenderlo mientras mis
manos se apoyaban en sus piernas y subían hasta el dorso de sus nalgas sin
animarse a moverse ni un centímetro más. Más que inhibida, estaba intimidada
por aquel fantasma de metro cincuenta que me miraba con sus pupilas dilatadas y
una expresión lasciva destellando en las mismas. El movimiento de sus labios
hinchados al soltar la bocanada de humo me hizo estremecer. Quería besar esos
labios hasta que no quedase de ellos más que las marcas de mi boca. Sonrió. Que
serena que estaba, que dominio tenía. Cuánto necesitaba poseerla y que poco
podía hacer por moverme: enfocar la vista en aquellos detalles era un trabajo
tremendo para mi cuerpo alcoholizado y temí comenzar a gemir cuando me percaté
que el aroma de su cuerpo entraba en mis pulmones, solo allí comprendí la
cercanía que teníamos y percibí el calor de sus piernas sobre las mías y bajo
mis manos y temblé.
>>Colocó el cigarro encendido en mi boca y agradecí
en enfoque y la calma de la nicotina. El corazón me latía a toda velocidad y
aunque me esforzaba no encontraba qué decir, así que el silencio aplastante
siguió allí, en comunión con mi borrachera y con sus movimientos gráciles. Tomé
fuerzas para quitar el cigarro de mis labios y sostenerlo, pues el humo me
quemaba los ojos y vi cómo ella sacaba algo del bolsillo de su jean. Abrió su
billetera y sacó de ella su ID antes de apoyarla en mi pantalón y contra el
suyo. Abrió la bolsilla de coca y con la punta del documento plastificado tomó
un montoncillo. Me miró a los ojos y lo acercó a mi nariz.
>>Aspiré fuertemente sin pensarlo. Un cosquilleo
efervescente, la sensación nítida de sentir la droga actuando inmediatamente y
el estallido de sobriedad y exaltación me sacudió por completo haciéndome
soltar un gruñido animal. Mis manos apretaron su culo en un instante y le
acerqué más a mí con una fuerza renovada. Todo mi cuerpo estaba alerta y
preparado para amarla, no había ebriedad alguna, tampoco inhibiciones, solo una
claridad absoluta del deseo primitivo que tenía por aquella mujer. Rió en voz
muy alta —Espera —me dijo sacando otro montoncillo con la tarjeta y acercándola
a mi otra nariz —. Esto es “Para no quedar rengo” —pronunció las palabras en su
propio idioma y el estallido me asaltó otra vez, revelándome lo rápido que
había pasado el anterior. Dentro de mí todo era deseo y vigor, todo sobre una
capa de melancolía clara que me llegaba de la música de Ana que sonaba a buen
volumen. En aquel momento sonaba rock en español, nunca llegué a preguntarle
quién era aquella banda de rock and roll que sonaba tan melancólica y
misteriosa, pero cuando pasé las manos bajo su peso para agarrar todas sus
nalgas redondas con más comodidad, pues estaba desesperada por hacerlo tras el
segundo montoncillo de coca la letra volvió y ella, mirándome a los ojos cantó
junto con el track —“Medís tu acrobacia y saltás, tu secreto es: la suerte del
principiante no puede fallar —nunca supe que significaba, pues mi español es
muy malo, pero tengo esas palabras y esa melodía grabadas a fuego en mi
memoria. Sin demorar otro segundo sostuvo fuerte el paquete de droga y me besó
con una calidez que tengo que atribuir a la droga o asumir que no era humana.
>>Todo mi cuerpo ardía con el abrasador contacto
del suyo, su lengua era ágil y hábil en mi boca y su cuerpo sabía que hacer
antes que el mío siquiera pudiese advertirlo, obedecía a los deseos de mis
manos como si nuestras caricias fuesen el compás de alguna de esas misteriosas
canciones que sonaban en el reproductor. Uno de sus brazos colgaba apoyado en
mi hombro y su otra mano sostenía mi mentón mientras las mías buscaban su
abdomen marcado y su pelo. Entonces recordé el movimiento de la experimentada
Michelle y tiré del mismo con fuerza aumentada por la droga. La escuché jadear
y en vez de besar aquel cuello, mordí, pues aquello me pedía el cuerpo, morder
y lamer.
>>—Espera, Taylor —me dijo ahogando un gemido y
supe que aquello la había encendido de verdad, pues su propio cuerpo temblaba y
sus altos pómulos estaban totalmente sonrosados. Apoyó una mano en mi pecho un
instante y tomó su propio par de montoncitos de coca. Se puso de pie y
guardando sus cosas me tendió la mano —Ven, vamos.
>>Yo conocía aquella invitación perfectamente y sin
pensar en otra cosa que en ella, le dejé que me guiara hasta la puerta del
garaje y de ahí hasta las escaleras, segunda planta y su cuarto colmado de posters
y tablas de skate colgadas de las
paredes.
>>No necesitó decir palabra para hacerme saber que
yo debía llevar el control, lo dijo su paso tímido mientras subíamos, su mano
apenas apretando la mía, su mirada oscura y perdida en sus ojos caídos tras el
telón de sus pestañas. La luna alumbraba perfectamente el ambiente, así que no
encendimos la luz allí. Ella soltó mi mano y se acercó a la cama con
sensualidad, dejándome atrás, y allí, con aquel lívido rayo de claridad parecía
aún más un fantasma, un fantasma carnal hecho de fuego blanco y sensualidad,
pues hasta el aire mismo a su alrededor me pareció envolverla y desearla como
la deseaba yo. Era un hada, un ser salido de un cuento antiguo y olvidado que
me pedía con un movimiento calculadamente tímido que la poseyera y obrara en
ella las maldades que susurraban mis canciones, que la arrastrase conmigo al
infierno y la devolviese con las alas hechas cenizas para poder llorar la
ausencia de mi tacto eternamente. Se giró y el hechizo se rompió en un instante
cuando sus manos sostuvieron el largo dobladillo de su camiseta y se la retiró
para mí, dejándome ver aquel cuerpo curvilíneo y femenino.
>>Mientras avanzaba hacia ella imité su movimiento,
y arrojé la prenda a un lado con un gesto que me fue ajeno a mí misma, cargado
de premura y decisión. Tomé su mentón y le obligué a mostrarme aquellos ojos
negros y la expresión de su rostro cuando sin que se lo espere, mi mano se
perdió entre sus piernas y comenzó a acariciar su sexo sobre el desgastado
jean.
>>Sus caderas se hicieron atrás un instante para
luego volver a mí, agradeciendo el dulce contacto. Su mirada adquirió una
pátina vidriosa que me erizó la piel y su boca se entreabrió en un dulce jadeo
que me transportó a las más dulces baladas que había escuchado jamás.
Taylor miró a Arlene que estaba claramente acalorada y
extasiada con aquella parte de la historia —Y todo lo demás pasó muy rápido.
—No, no —exclamó la joven olvidando la timidez y la
sobrecogedora presencia de su ídola —. Dijiste que ibas a relatar con lujo de
detalles el sexo que valiese la pena.
Taylor sonrió con picardía —Y aún no hemos llegado a eso,
pequeña. Eramos jóvenes y torpes y al igual que ella era mi primera mujer yo lo
era para mi compañera. Había más excitación desbocada, adolescente y febril
entre nosotras que tacto o seguridad alguna.
—Pero la describiste tan bien…
—Porque el relato lo merecía y porque ya que estoy
rebuscando en viejos recuerdos quiero desempolvar los que valen la pena. Ten
paciencia, poco a poco nos acercamos al quid
de la cuestión.
>>Entre nosotras hubo eso, fiebre. Es la palabra
correcta. Podría decirte que la tomé y la hice mía, como su cuerpo me suplicaba
en nuestro camino al cuarto, pero no sería verás. Cuando la toqué de aquella
manera ella se arrojó a mis brazos y nos besamos, quizás podría pintar para ti
un escenario en el que nuestros cuerpos encajaban a la perfección y se fundían
con el haz de luna, pero ella era demasiado pequeña, aun siendo dos años mayor
que yo y yo llevaba como casi siempre botas con plataforma. Así que tenía que
inclinarme para recibir sus labios y ella pararse de puntillas mientras
intentábamos saciarnos de nosotras mismas con caricias desesperadas e
inexpertas.
>>La incomodidad pasó cuando la tumbé en el colchón
y allí nos amamos, pues eso hicimos, ninguna dijo nunca nada, pero nuestros
mimos eran armónicos y acompasados, como dos diapasones que vibran a la misma
frecuencia al chocar, emitiendo un sonido único y cristalino. Ambas sabíamos
que hacer sin entender que estábamos haciendo. Y aunque sus caricias eran
torpes e inexpertas supo hacer que sintiera el mayor placer que había sentido
nunca y yo hice lo mismo con ella, aun cuando me sorprendí al contemplar su sexo
tan de cerca, cuando me embriagué de su aroma femenino que me erizó la piel.
>>¿Quieres una imagen? Pues bien, recuerdo mis
dedos saliendo de dentro suyo y dibujando aquellos abdominales levemente
marcados, reflejando la luz lunar con el surco que dejaban tras de sí. Recuerdo
que aquello me enloqueció de excitación y que deseé con todas mis fuerzas que
el mundo acabase en aquel perfecto momento en que su pecho subía y bajaba
rápido al ritmo de su respiración agitada y un perpetuo escalofrío me inundaba,
insistiéndome a parar.
>>Recuerdo que volvimos a aspirar en algún momento
y aprovechamos el primer impulso de frenesí de la droga para girar en la cama,
peleando por el control. Recuerdo ganar aquella batalla y sostenerla recostada
mientras me arrodillaba a su lado y comenzaba a tocarla. Recuerdo apretar su
cuello cuando sus ojos me pidieron sin palabras que no me detenga, que estaba
cerca. Apreté con intensidad, como si una fuerza se apoderara de mi y tuve
miedo en el fondo de mi corazón, pues apreté con fuerza, con furia, con odio.
Quería reducirla, quitarle el aliento, hacerle daño en un acto sedicioso de
amor. Sus piernas se agitaron con el primer orgasmo y mis dedos continuaron
buscando en su sexo lubricado sin piedad mientras no dejaba de ahorcarla y contemplarla,
sintiendo como sus gemidos de ahogaban en la palma de mi mano hasta que el
segundo orgasmo vino y liberé mi presa.
>>¿Sabes que más recuerdo? —Taylor hizo una pausa y
tragó saliva. Arlene no se atrevió a interrumpir la melancolía de la cantante
que parecía compungida —. Recuerdo que tras aquel intenso orgasmo se acurrucó
en la cama a causa del cosquilleo residual del placer. Y recuerdo enamorarme de
la dulzura de aquella imagen, tan frágil, tan dulce, tan animal. No había en
aquel cuarto pensamiento alguno, solo dos instintos sedientos buscándose en el
alma del otro. Me miró a los ojos y todo en el mundo desapareció para mí, todo
excepto nosotras dos y la comunión de nuestro estallido febril que agonizaba
presa del agotamiento humano. Supe en aquel momento que esos ojos me decían que
no podía seguir y que me necesitaban, porque querían llorar. Supe que solo
quería mimarla y cantarle y que no abandonaría aquel lecho de sábanas húmedas a
menos que me lo pidiera o que ella misma saliera de allí. La ilusión del
festejo seguía latente en mí, pero cómo negarle a aquellos ojos nada de lo que
me pidieran, cómo dejarla sola si todo lo que mi corazón quería era su calor.
>>Me recosté a su lado, recogiendo las colchas
destendidas y escondí nuestra desnudez antes de abrazarla y acariciar su
cabello. No hubo cambio alguno en su expresión, pero en su aliento, que chocaba
contra el mío sentí la paz de su respiración y sonreí, ahora casi sin verla a
causa de la oscuridad, entonces comencé a cantar:
“you don’t
want me, no
You dont need me
Like I want you
Like I need you
And I want you in my life
And I need you in my life”
>>“You”
era una canción que había escrito sin pensar realmente en nada concreto, como
muchas de mis canciones más oscuras que creí en un tiempo obra de satán. Desde
aquel momento significó algo para siempre: El último bastión de mi niñez
Católica destruido por el alud de pecado que era mi vida, el placer de la
libertad, en todas sus formas, desde la libertad de amar a aquella mujer sin
poseerla y sin tener que decir palabra, hasta el vértigo desbocado de mañana
amar a otra persona distinta, o de salir y consumir lo que quiera y como
quiera, a costa de un cuerpo que era MÍO. No de ningún ser extraterrenal, MÍO.
Y si mi alma estaba condenada a arder en el infierno por ello, pues bien. Nadie
en vida iba a poder quitarme el instinto de moverme hacia donde el viento me
lleve o de amar a alguien de catálogo solo por su género de nacimiento.
>>Ella me besó al terminar la canción y acarició mi
rosto con una delicadeza fantasmal —Gracias —dijo. Me gusta creer que algo en
ella también cambió también en ese momento.
>>La besé de vuelta y mirándola a los ojos,
intentando con todas mis fuerzas que entendiera cuán importante era todo aquel
momento para mí le dije: —Gracias.
>>Ambas reímos como locas y en algún momento
bajamos juntas las escaleras de la mano de vuelta a la fiesta que estaba
acabando. Todos salimos aquella noche y al llegar al club Ana y yo nos
separamos, para siempre.
—¿¡Qué!? —preguntó a viva voz la pelirroja — ¿¡Cómo que “para
siempre”!?
Taylor se encogió de hombros —Nos vimos más veces, pero
como vas a enterarte a continuación, mi vida se volvió una barahúnda de aviones
y giras y nunca volvimos a habar de aquella noche, ni a repetir nada parecido.
Al despertarme al día siguiente tenía el resto de la cocaína en el bolsillo de
mi pantalón y eso fue todo lo que quedó de nuestro momento mágico y duró hasta
pasadas dos noches.
>>Con el tiempo nos perdimos el rastro y hoy no
sabría dónde encontrarla si no es en donde vivía entonces ni quiero hacerlo.
—¿Nunca lo haz pensado? ¿Ni por un momento?
—Claro que sí, pero me parece que nada va a poder mejorar
aquel lecho a la luz de la luna, aquella fiebre. Ya éramos personas diferentes
al alzarse el sol de la siguiente mañana y hoy nos separa mucho más en el plano
de lo que imaginas y otro tanto de aquello que está por llegar.
Arlene suspiró, claramente decepcionada.
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