Death by Rock and Roll - Cap 3
>>Supongo que los mortales, yo a esa edad incluida, nos es tan sencillo decirle que si al alcohol y no a otras drogas mejores y más “duras”, porque no se habla de los efectos secundarios. Y no me refiero a los trágicos de verdad, como la adicción, la perdida de capacidades psicomotrices o la cirrosis, por ejemplo; sino a la putisima resaca.
>>Chica, dudo encontrar palabras justas en toda mi
vida inmortal para describir el abatimiento, el dolor, el mareo y la vergüenza,
¡Sobre todo la vergüenza! Que sentí a la mañana siguiente.
>>El sol me encegueció, eso para empezar, entraba
por la ventana como una navaja mortífera que amenazaba con abrasarme los ojos
si los abría más de la cuenta, entonces comprendí que estaba despierta, o en un
estado similar a estar despierta en el que todo daba vueltas y dolía.
>>Los recuerdos de la noche anterior, quiero decir,
los pocos que no eran imágenes borrosas, acudieron a mí poco a poco, como
aletargando el momento en que la desesperación se apoderara de mi mente,
regocijándose en la languidez de mi cerebro embotado. Y todo aquel teatro de
culpa comenzó cuando, al enfocar la vista, a pesar de la luz y me invadió el
miedo, pues aquel no era mi cuarto y la fracción de segundo que tardé en
recordar que estaba en el cuarto de invitados de Ben fue el primer movimiento
de una sinfonía de descenso al recuerdo pecaminoso de todas las cosas que hice
y que mis padres condenarían, como mínimo, al más hondo de los infiernos.
>>Recordé haber bebido, y sentí como mi estómago se
retorcía, me ardía respirar el aliento residual a licor y a tabaco… había fumado.
Me dolía la garganta por las primeras toses y los pulmones se sentían extraños.
Se sentían, si entiendes lo que quiero decir. Vi el abrigo de mi amigo en la
silla que tenía al lado lleno de barro seco y giré el rostro al mechón de
cabello que tenía sobre el hombro, había en él una larga hierba seca. Mis
encuentros sexuales bailaron en mi mente y creo que palidecí mortecinamente
ante la idea de que mi madre llegase a enterarse. Busqué con todas las fuerzas
que pude en mi memoria mientras me sentaba en la cama y al final tuve que
convencerme de que había usado protección las dos veces.
>>Había tenido sexo no con uno, sino con dos
hombres, pocas horas después de conocerlos. Y muy en el fondo surgió una
sensación que aunque intenté refrenar, y juro que lo intenté con todas mis
fuerzas, salió a flote entre el caos: Me había gustado. Había sentido un
prohibido y hermoso placer… —Daniele —recuerdo que susurré su nombre y recordé
cada roce de sus labios contra los míos, de su lengua acariciando la mía y mi
piel, de sus manos tocándome, aquel hormigueo.
Taylor sonrió a Arlene que escuchaba demasiado
entusiasmada aquella parte —¿Te gustarían más detalles?
La chica se sonrojó como si su rostro estuviese en llamas
al darse cuenta de que tenía los ojos expectantes y los labios medios abiertos.
La cantante comenzaba a considerar bello aquel gesto exageradamente inocente
—Ehh… —intentó balbucear una respuesta coherente, pero no encontraba que excusa
poner para pedir más.
La rubia soltó una carcajada y calmó a su espectadora —No
te preocupes, voy a detallarte un sexo bueno cuando lleguemos al momento en que
comencé a comprender que mierda hacía y no solo me dejaba llegar. Por el
momento, era solo una chiquilla abrumada por el Edén de nuevas sensaciones, y
confundida, pues mi mente cabalgaba la peor dicotomía de mi vida: El diablo me
estaba ofreciendo unos placeres que parecían tan naturales, tan mágicos, tan
sencillos y reales. Y Dios callaba, y me abrumaba con la agenda de mis padres,
que me obligaban a atarme a Él y sus normas, que por otro lado eran todo lo que
había conocido en la vida. Pero volviendo a lo que importa: ¿Qué crees que pasó
cuando recordé a Daniele y sus homosexuales y pecaminosas caricias?
Arlene dudó un instante —¿Te tocaste? ¿¡Allí!?
—¿¡Qué!? —preguntó la cantante y se echó a reír,
controlando el tono sobrenatural de su voz a duras penas —Anda, trae más
cerveza de la heladera —dijo, y cuando Arlene se levantó a obedecer prosiguió
—Pensé en Daniele y vi el balde al lado de la cama. Y el clímax del primer acto
de la mañana de la vergüenza llegó de repente: Vomité. Mucho y ruidosamente.
>>Así que las piezas estaban dispuestas para hacer
la caminata más deplorable de mi corta vida. Del cuarto de invitados al
tocador. Con el pelo lleno de hierba, sin bragas, confundida, mareada, sin
saber cómo había llegado realmente allí o quién podía cruzarse conmigo y
cargando un balde de mi propio vómito.
>>Ay, de mí. Si el mareo de la resaca no era
suficiente aquella presión aumentó todos sus efectos, quería desaparecer. A
toda costa y por cualquier medio, y cuando Dios no cumplió aquel deseo pedí al
diablo. Poco me importaba ya el cielo o el infierno, quería no tener que salir
a aquel pasillo. Había visto a la madre de Ben solo un par de veces y por poco
más que segundos, le había firmado un autógrafo para su sobrino y esa había
sido la conversación más larga que habíamos tenido. ¿Qué pensaría si me viera
así? ¿Me permitiría volver? Desde luego mi madre no se callaría un segundo si
un amigo casi desconocido apareciera en mi condición en nuestro hogar.
>>Pero cuando ni el bien ni el mal respondieron,
tuve que tomar coraje, cosa que llevó casi una hora más, y salir. Durante los
primeros minutos de aquella hora llegué a pensar en la posibilidad de que no
hubiese nadie, que todos hubiesen salido a hacer cosas y Ben hubiese ido al
colegio, entonces recordé que yo también debería estar allí, era la menor de
mis preocupaciones, pero allí estaba y por como castigaba el sol de la ventana,
debía ser ya mediodía, idea que se confirmó cuando un ruido de comida me llegó desde
algún lugar de la casa. Había gente allí.
>>Con todos los añicos de dignidad que pude
recoger, tomé el balde y aceptando el castigo por mis pecados, me puse en pie y
salí del cuarto, dándole rápidamente la espalda a la punta del pasillo que daba
a la cocina. Entré en el baño y me acicalé lo mejor que pude.
>>Al terminar de ponerme medianamente presentable,
cepillándome el pelo, lavándome la cara y echándome pasta dental en la boca,
que era lo poco que podía hacer, decidí encarar la discusión. Suspiré y
enderecé la espalda. Abrí la puerta y me dirigí a la cocina.
>>Allí estaba la madre de Ben, ocupada en sus
cosas, buscaba un bol, si no recuerdo mal, no me vio llegar, pues la puerta de
la alacena tapaba la entrada del pasillo. Desde el patio trasero se oían voces,
bastantes y deseé que todo acabase pronto
>>—Hola, preciosa —me dijo apenas cerró el armario
y se fijó en mi
>>—Esto… hola.
>>—Ve afuera, ya casi va a estar la comida, hoy
preparamos una BBC, vinieron mis padres y mis hermanos a pasar la tarde
>>La conmoción me asaltó de repente. Aquellas no
eran las palabras que esperaba al entrar al reino de Satán para mi castigo —¿Cómo?
—pregunté, refrenando todas las intenciones de discusión que traía conmigo
>>La mujer me miró, esta vez analizándome de arriba
a abajo —¿Noche difícil? —se burló como si nada
>>—Algo así —respondí, aun esperando alguna reprimenda
>>Ella rió restándole importancia. Y se acercó a mí
—Bebe menos, es un consejo que no he conseguido que Ben acepte jamás. Tenéis
que conservar hígado para cuando os hagáis mayores, se lo que os digo —Yo no
cabía en mí del asombro. ¡A Ben le permitían beber! —. Anda, vamos que te
presento a la familia. Tienes que comer algo, aunque sea un poco. Y seguramente
te haga falta un vaso de agua.
>>Conocí a la familia de Ben, que por cierto,
estaba sentado allí y soltó una sonora carcajada al verme salir al patio, donde
estaban reunidos varios familiares, incluido el primo de mi amigo, que me
reconoció y me cubrió con halagos cada vez que pudo. Ben no tenía colegio aquel
día, el muy hijo de puta. Allí estaba, sin siquiera acusar ni un poco la noche
anterior, mientras que yo era un cataclismo de angustias, dolores y vergüenzas.
Recuerdo mirarlo la primera hora con una mirada asesina. Luego, cuando comencé
a sentirme cómoda con aquella gente sencilla y risueña y la vergüenza se
transformó en anécdota de la que todos reían cuando oían las locuras más inocentes,
pues ni a él ni a mí se nos hubiese ocurrido contar mucho de lo que había
pasado, comencé a reír junto con él y su familia. Era agradable estar en un
sitio que parecía tan ajeno a todo lo que yo conocía.
>>Había un plato en la mesa para mí y Adelle, la
madre de Ben, me sirvió un poco de carne y más verdura de la que hubiese podido
comer mientras me aconsejaba sobre la forma correcta para alimentarme a mi
edad. En cualquier otro contexto, hubiese sido una pesada, pero allí era una
madre, normal, en una casa normal, de economía media y voces amables. Me
enamoré de su parloteo incesante sobre su hijito y de todos sus consejos
insulsos.
>>En mitad del almuerzo llegó J, en aquel momento era
poco más que un desconocido. De la noche anterior, recordaba que me había
comentado que tocaba la batería y que había alabado emocionado mi voz, aunque
pensé sinceramente que simplemente quería dormir conmigo. Había venido
acompañado de un muchacho bien vestido, que al parecer nadie conocía tampoco,
ninguno de los dos aceptaron el plato de comida, pero se sentaron junto a la
familia a comer y bromear. Jamie al parecer conocía bien a todos y demoró un
buen rato en dispensar saludos e intercambiar chistes.
>>—Taylor, él es Mark Damon —soltó cuando al fin se
sentó frente a mí con su amigo, que me guiñó un ojo con arrogancia.
>>—Un placer —dije cortante, sin saber bien que
pensar.
>>—Él es de quién te hablé anoche… ¿Recuerdas…
verdad? —y sus ojos me examinaron antes de reir
>>Me sonrojé al instante, aunque nunca me quedó tan
bien como a ti. Si, a eso me refiero.
>>—Él es bajista —aclaró y mis ojos se iluminaron.
>>Como puedes ver, a esta altura, la banda estaba
junta. Quedaba que yo aprendiera a tocar la guitarra y dejase de lastimarla al
tocarla. Quedamos en juntarnos a componer mientras tanto, pues al parecer todos
habían quedado maravillados con la letra de mi canción y les agradaba mi voz.
>>A partir de aquí mi vida fue un caos. Comencé a
faltar a clases para juntarme con ellos a ensayar. En la primera de todas
aquellas prácticas escribimos “my
medicine”, en homenaje a nuestra primera borrachera y no pasó mucho tiempo
hasta que volví a escaparme con ellos a orillas del Misuri a cantar como un
joven aquelarre satánico y rocanrolero.
Me compré ropa que se ajustaba al mundo al que me adentraba y la dejaba en casa
de Ben. Las remeras negras, las cadenas y las redes me extasiaban cada vez que
me veía al espejo vestida en negros profundos contrastados con mi piel. Me
maquillaba desprolijamente, pues amaba el aspecto de mis ojos rodeados de mares
negros, sin armonía, solo agresividad pura.
>>Como puedes imaginar, dormí con Daniele, o a
decir verdad, las primeras veces, ella me llevó a la cama, hasta que pude
comenzar a seguirle el ritmo y comenzar a aprender de mi propio placer, que
amanecía entre sus piernas como una cálida primavera de deshielo.
>>Y nada de esto ayudaba a mi relación con la
iglesia: Había perpetrado todos los pecados desde aquella primera noche. Ya vez,
mentí a mis padres, me emborraché, dormí con desconocidos, y con una
desconocida, había evocado a satán en un ritmo blasfemo y cacofónico, había
disfrutado con todo aquello, no me arrepentía y no había represalias.
>>En dos mil diez, discutí con mis padres, fuerte.
No quiero ahondar mucho en ello. Había bajado las calificaciones y había sacado
una buena cantidad de dinero para comprarme una guitarra acústica que valiese
la pena y no les daba explicaciones concretas, apenas si los estaba escuchando
gritarme cuando me levanté sin dar explicaciones y fui a mi cuarto a llenar mi
valija. Cargué las pocas cosas de valor que tenía allí; me puse mi chupa de
cuero y rompí un hermoso jean de diseñador que había adquirido por modelar con Levi’s
y me coloqué una gargantilla negra en el cuello de un viejo disfraz de
Halloween. Quería irme dejando la mejor sensación de no volver. Escuchaba a mi
madre subiendo las escaleras a mi cuarto cuando salí de mi cuarto con mi valija
detrás y vestida como mi verdadera yo. Comencé a cantar lo que sería la letra
de “take me Down” , imagino que sabes
que estrofa:
“Mama, begged me, please
Yes, she got down on her knees
Said you'd burn in that Mississippi sun
But I'm the only one that's standing here
So, mama don't you have no fear
I'm either last or I've already won
Here I go…”
>>Desde luego que me preguntaron a donde iba, que
qué creía que estaba haciendo, intentaron detenerme cuando todo lo demás falló,
pero caminé tranquila hasta la puerta y allí los miré mientras sacaba un
cigarro de la campera y lo ponía en mi boca para encenderlo. Entonces canté a
voces el estribillo
“…Take me down, take me down
Take me down, won't you take me down?”
>>Ah, recuerdo aquello como un acto de liberación increíble.
No lo sabes tú bien. —dio un trago a la cerveza y sacó un cigarro más y le
tendió la cigarrera a Arlene.
—Te vas a quedar sin —dijo la chica con algo de pena
—¿Acaso importa? —Taylor se encogió de hombros —. Sírvete tranquila, te ofrezco de buena fe.
Además hay otro paquete en mi bolso —dijo y le arrojó el encendedor a la
muchacha.
Tras una larga pausa Arlene preguntó —¿No extrañas a tus
padres?
—Sí. Esta historia no es justa con ellos. Son los antagonistas
perfectos ¿Verdad?
La pelirroja asintió
—Hay muchas otras historias menos interesantes y mucho
más humanas que los revindica. Son buena gente. Demasiado fanática, pero buena.
Y yo fui una chiquilla malcriada, satánica y drogadicta, como temía mi madre…
Lo soy aun —sonrió la rubia —Ahora que me das la chance, quiero que quede claro
que me criaron bien. Jamás me levantaron la mano, ni me hicieron faltar nada,
administraron mi dinero hasta que no les permití hacerlo más, pero apenas
gastaron un centavo de todo lo que recaudó mi carrera. Imagino que planeaban
enviarme a alguna cara universidad para que fuese abogada o médica o alguna cosa
así. Cuando se enteraron que estaba bien y había encontrado donde quedarme
apenas me fui, pues se lo avisé apenas conseguí donde parar, entendieron mucho
de lo que me pasaba. Y su abrazo sobreprotector se ablandó. Hablábamos bastante
y odiaban mi música con todo su ser, pero allí, en el escaparate sobre la chimenea
están todos mis discos bajo los cuadros con mis diplomas y al lado de mis
recortes de revistas.
—¿No pensaste en regresar?
—Jamás. Había elegido mi camino y era cantando lo que el
diablo me susurrase. ¿Cómo podría vivir en un hogar donde todo lo que hacía era
literalmente contra las normas de aquel techo? No, no podría. Ni ellos tampoco.
Todo se hubiese caído en pedazos en aquella casa. Es mejor así y creo que ellos
están de acuerdo.
Arlene asintió nuevamente y sonrió al percatarse de que
ya no sentía incomodidad al fumar, de hecho, le estaba gustando bastante y las
dos cervezas comenzaban a sonrojarle los pómulos.
—Bueno querida —dijo la cantante al levantarse a buscar
la tercera lata —voy a traer reservas que a partir de aquí todo pasa muy rápido
y es importante enfocarse —y volvió con la tercera, la cuarta y su bolso, del
que sacó un paquete más de tabaco.
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