Death by Rock and Roll - Cap 12
>>Por un momento pensé que la visión continuaba y
que ahora iba a tener que enfrentar mi comprensión a un coro angelical al ver
aquel ser frente a mis ojos, fueron sus ojos los que me hicieron comprender que
no era así, que estaba viendo a Celeste. Los mortales creéis que veis cosas,
pero en realidad vuestra visión es una triste parodia de lo que significa
percibir cosas y eso es lo primero que comprobé esa noche y lloré. Lloré porque
era consciente de cada poro que componía aquel rostro que amaba, era consciente
del movimiento de su pecho al respirar, de sus pestañas, de las hebras de su
cabello, de los pliegues de sus labios, de los intrincados laberintos
cristalinos del iris de sus ojos violetas, de la calidez de su respiración
chocando contra mi piel desnuda aun a la distancia en la que estábamos, de la
luz de la luna que parecía estar hecha para acariciar sus pechos, de su aroma
claro, límpido y lascivo bajo el de su perfume francés. —Que hermosa eres —dije
y mis dedos acariciaron sus pezones anchos, sintiendo la rugosidad de su
erección y luego sus pestañas y sus labios.
>>Ella reía mientras me limpiaba las lágrimas
—Bienvenida, amor mío
>>Besé su boca y, joder, que beso. Que
magnificencia su lengua húmeda contra la mía, que embriagante el aroma de su
aliento, el sabor de su saliva, la presión de su respiración contra mi rostro.
Pensé que me había corrido, pero luego entendí que lo sentiría como nunca antes
y me percaté que mis muslos percibían en su tacto la humedad de mi sexo… y
había en aquel cuarto aroma a sexo, entonces recordé a las muchachas que había
allí atadas y tomé conciencia de la habitación a mi alrededor. El sonido de las
cuerdas al tensarse, el tacto perfecto de la madera bajo mis pies, el techo
profundamente blanco y limpio. Asomé la cabeza detrás del hombro de Celeste al
abrazarla y vi la cama. Y solo mirando creí poder sentir las hebras de la seda
de las sábanas sobre las que reposaban aquellas mujeres. Que increíble era la
vista, la luz lunar en su palidez las hacía parecer estrellas caídas del cielo
para complacerme con aquel paisaje surrealista, podía ver la piel de sus
tobillos presionada al tensar las cuerdas, podía oir sus respiraciones agitadas
y sentir su miedo, el latir de sus corazones, el aroma de sus cuerpos. Me
estremecí cuando entendí que sabía instintivamente dónde estaban las venas de
sus cuerpos, no podía verlas, pero conocía donde debía morder apoyar mis
labios, donde debía morder...
>>Celeste sonrió y se puso en pie, dejándome
contemplar aquel cuadro perfecto de excitación, miedo y confusión. Que hermosas
eran, que delicadas, que frágiles. Las conocía más de los que ellas siquiera
llegarían a conocerse, pues sus sensaciones me llegaban como una fragancia
refrescante y limpia más allá de la comprensión que jamás había tenido: percibía
sus almas y supe que prestando la debida atención conocería sus pensamientos
“¡No puedo moverme!”, era la voz de Dalia que conseguía escuchar sin que ella
siquiera pudiese hablar. “Oh, Dios, oh, Dios, oh Dios” me llegaba el miedo de
su prima, y la sensación de aquel sentimiento me embriagó un segundo antes de
empalagarme; era como como una comida demasiado dulce de las que pruebas un
poco, te encantan y luego ya no puedes verla en semanas, demasiado intensa,
demasiado primitiva; en cambio la excitación que aún sentía en el fondo de
aquellas mentes… Creó que bufé y me estremecí antes de darme cuenta de que las
deseaba a un nivel que no podría poner en palabras, “sobrehumano” se queda
demasiado corto y “desesperadamente” es demasiado simple para describir el
llamado primitivo que me quemaba las sienes aquella primera vez, era la promesa
del orgasmo más dulce esperando en sus cuerpos, la profundidad del amor, la
sencillez del contacto, las voces de su pasado, el terror de su presente y la
nada en su futuro, todo aquello sobre el aroma dulce a… ¿Sangre?... no, a VIDA.
>>Las luces se encendieron cuando celeste tocó el
interruptor y el estallido de colores me deslumbró primero físicamente y luego
de forma emocional. Que bello era el mundo, casi consigue que olvide el deseo…
el deseo… la sed. Observé a mi amada que cortaba las ataduras de Dalia y
acariciaba sus cabellos con ternura mientras le chistaba dulcemente para que se
calmase. Entonces alzó su cuerpo sin dificultad y se sentó frente a mí,
colocando a la muchacha sentada sobre su regazo. —Ven, amor mío. Debes estar
sedienta —me dijo y pude distinguir los tonos en la cadencia de su voz, el coro
de cascabeles angelicales que sacudían el aire en su garganta. Le sonreí y me
acerqué lentamente, necesitaba poseer aquel cuerpo asustado, lo necesitaba
físicamente, la sed era paralizadora, asfixiante, di un paso notando mi cuerpo
ligero y tuve que detenerme a recobrar el equilibrio con mucha dificultad, pues
aquel aroma a sangre que emanaba el cuerpo de la muchacha me mareaba. —Abre las
piernas, muñeca —le dijo Celeste al oído mientras separaba los muslos de Dalia
con los dedos. Que bella era, no podía dejar de repetírmelo mientras avanzaba
lentamente, con cuidado de que mi cuerpo se acostumbre a su nueva ligereza y velocidad.
—Muerde aquí —indicó mi compañera, señalando con los dedos el interior del
muslo de la joven que se debatía mentalmente en la excitación inducida y el
terror.
>>Toqué con mi lengua los colmillos afilados que
habían crecido tras mis labios y me puse de rodillas frente a ellas, mirando a
la chica a los ojos —No tengas miedo. Voy a disfrutarlo
>>Mordí y la sangre se estrelló contra mi paladar y
su sabor magnífico y revitalizante me inundó el cuerpo, y lo digo de forma
literal, sentía que cada pequeña vena en mis vasos sanguíneos sentía aquel
manantial de vida, tirando de el con fuerzas pugnando por consumirlo. Lejos,
había escuchado su gemido y apagado y distante me llegaba el aroma exquisito de
su cuerpo y el de Celeste que estaban tan próximos a mí cuerpo. Ah, pero mi
espíritu estaba tan lejos. Viajando con aquella música hermosa, violines y platillos
cubrían el espacio inmenso del mundo en un vaivén violento y atronador, como el
sonido de la tempestad anunciada acabando con la época de la sequía, veía su
mundo, sus viajes, sus anhelos y sus sueños, era tan pura, incluso en sus
desviaciones, de las que me hablaba su sangre, era perfecta, cada idea lo era,
cada recuerdo que pasaba de su vida a mis labios envuelto en el hálito de sus
sensaciones y deseos. Y rodeando todo aquello su corazón latiendo, abriéndose
paso en la música y marcando su cadencia y el mío, ordenándole que bailara y
deleitándose de su obediencia. Era Vivaldi y Mozart, Black Sabath y Pantera,
Ramones y Green Day, The Beatles y Pink Floyd tocando para mí a mi orden,
cambiando según mi parecer y mezclándose a mi antojo… y entonces llegó desde la
distancia aquella otra música, más familiar, el corazón amado y antiguo, con
sonidos hermosos de tiempos pretéritos y desconocidos uniéndose a la
contemplación de aquella danza conmigo, Celeste había mordido su cuello y los
tres corazones juntos componían la orquesta más hermosa del mundo.
>>Unos magníficos instantes disfruté aquella danza,
hasta que el minuendo de aquella
melodía se hizo patente, su coda final
era exquisita y tensa, lenta, alejándose compás tras compás, aminorando sus
volúmenes y su brillo, los violines detuvieron su violencia y los contrabajos
respondían a medios tiempos al sonido de aquel tambor lejano, que había
disminuido sus golpes y continuaba decayendo en el infinito, como alejándose.
Dejé de escuchar de repente el ritmo de celeste y la expectación se apoderó de
mí, sabía que el final sería exquisito y épico, el último estribillo y el
silencio. —Ya es suficiente, diablilla —la voz de Celeste sonó en mis oídos y
el tacto de sus manos acarició mi mejilla, pero no iba a dejar de escuchar
aquel hermoso final, no quería hacerlo.
>>Sentí como me empujaban lejos de aquel fade out y la rabia me encegueció unos
instantes ¿Quién osaba privarme de aquella música? ¿Quién interrumpía el final
de la melodía más hermosa que jamás hube escuchado? Levanté la vista y vi los
ojos violetas de mi amada mirándome con amabilidad, pero cargados de un aire
severo y la furia menguó de repente, Dalia yacía en sus brazos, exhalando su
último aliento y yo me sentía renovada, viva, realmente viva, como nunca jamás
me había sentido. —Nunca, nunca —comenzó a hablar la voz de Celeste —… Mírame a
los ojos, Taylor. Nunca debes tomar el último latido. Somos seres de vida. Si
te alimentas de la muerte, muerte es lo que obtendrás ¿Entiendes? —Volví a
mirar a la rubia que ahora estaba apenas sostenida en los brazos de la vampira,
muerta y flácida y aun así las palabras de Celeste tuvieron mucho sentido para
mí. Asentí. Ella dejó caer el cadáver a sus pies y alzándose a mi lado me
extendió la mano para ayudarme a ponerme en pié y me besó tiernamente antes de
guiarme al lado de la cama, donde Mirla lloraba e intentaba con todas sus
fuerzas liberarse de las ataduras. Acarició delicadamente sus pechos —¿Esta te
gusta, verdad?
>>—Mucho —contesté, hipnotizada por la profundidad
de aquellos ojos azules y el rubor de aquellos labios rosados.
>>—Hoy es un día especial… —suspiró,
interrumpiéndose —…ya habrá tiempo para charlas. Disfruta de ella. Es mi regalo
para ti.
>>Besé sus labios tiernamente y me senté en la
cama, acariciando el mentón de Mirla. No
temas, preciosa. Pensé y supe que podía escucharme, sonreí con delicadeza. “Eres hermosa, profundamente hermosa. Ojalá
pudieras verte como te veo” Sentí como su cuerpo se relajaba profundamente,
sin darme cuenta le había hechizado y podía leer en sus ojos que me amaba y me
temía a partes iguales, con toda la intensidad de su corazón, podía verme como
ella me observaba entonces, regia y pálida, delgada y ligera en mi desnudez
resplandeciente y seductora. “Me halagas,
Mirla”. Dije sin hablar y noté como su excitación crecía al verme, estaba
completamente húmeda y colmada de deseo. “Voy
a cortar esas ataduras, pero no vas a escapar ¿Comprendes?”. Ella asintió. “Luego voy a besarte y vas a dejarte llevar,
te prometo que va a ser maravilloso ¿Vale?”.
>>Me monté sobre su cuerpo y acaricié sus pechos,
poniendo lánguida monotonía a mis movimientos, sintiendo como temblaba a cada
centímetro que mis dedos recorrían su piel —¿Así de maravillosa era yo?
—pregunté a Celeste, que observaba todo de pie a un lado de la cama
>>—Más
>>Me giré para ver sus ojos y supe de inmediato que
no me estaba mintiendo —Te amo. Te amaba entonces, de verdad, y ahora lo sé con
más certeza. Eres mía, Celeste. Y yo soy tuya —Ella me sonrió con afecto
mientras Mirla se sacudía en un largo orgasmo y gemía fuertemente, llenando la
habitación con su voz. Me estiré hacia atrás y rompí sin dificultad las cuerdas
de algodón de sus tobillos, pasando una pierna entre las suyas para alcanzar la
del lado izquierdo. Luego rompí con las manos las dos restantes y me incliné
sobre su cuerpo, sintiendo como sus caderas se movían acariciando su sexo
contra mi muslo
>>—¿Puedo abrazarte? —pregunto entre jadeos
>>—Puedes —respondí y me deleité con el calor
abrazador de sus manos en mi espalda, su sangre olía mejor que la de su prima,
era perfecta, con un deje ácido y floral. Besé sus labios, sus orejas y
disfruté del espasmo inmediato de dolor que sacudió su cuerpo cuando le mordía
el cuello y su vida pasaba a la mía. Me concentré y me quedé allí, disfrutando
del melódico espectáculo mientras mis demás sentidos de llenaban de ella, de su
calor, su aroma, sus gemidos altos y potenciados por la excitación que estaba
sintiendo, del movimiento espasmódico de sus piernas al estallar en su último
orgasmo. Y tas todo aquello la hermosa melodía de su vida, alta brillante dulce
y tierna, y al final, simplemente me alejé y sus brazos cayeron inertes
mientras sus ojos, aún vivos, perdían color.
>>Me separé de ella, extasiada con aquel beso
íntimo y profundo y saciada de la energía de su vida. Me giré sobre mí misma en
un movimiento veloz y elegante, como el viento mismo y recosté mi espalda
contra el cuerpo de Mirla. Me extendí hacia adelante y llevé las dos manos
contra el rostro de Celeste, indicándole con mis caricias que se acercara, ella
aceptó la invitación gateando lentamente hasta quedar sobre mi cuerpo. Lamí sus
labios y luego le di un apasionado beso mientras mis manos recorrían su cuerpo
sin pudor, aun aturdida por la sensación aumentada del tacto de su piel.
—¿Cindy? ¿Estaba rica? —pregunté, sorprendida de mi cinismo y morbo.
>>Ella rió —Si que eres una diablilla —me dio un
beso en los labios y comenzó a bajar con su boca hasta mi cuello —. Lo estaba.
Deliciosa, llena de vida — un sus besos bajaban más, leves contactos que me
erizaban la piel. Ella sabía hasta donde llegaba mi percepción y utilizaba
aquello a su favor, haciéndome sentir solo la insinuación de su contacto.
Comencé a retorcerme de placer —, delgada y servicial— su aliento tocando mi
cuerpo, la vibración de su voz erizándome la piel —, tierna inteligente…
hermosa — En aquel momento me di cuenta que gemía entre cada palabra de
Celeste, estaba en un estado de absoluto placer. Sus dedos comenzaban a abrirse
paso dentro de mí con delicadeza y lentitud y sentí como mi intimidad abría sus
labios y luego su interior al paso de su caricia. Tan detallados eran mis
sentidos que temí enloquecer de gozo.
>>Entonces un dolor punzante e instantáneo me
sacudió. Sus colmillos mordieron mi pecho y nuestra sinfonía comenzó, pero esta
vez era clara y límpida dentro de mi mente. Escuchaba mi corazón y mi vida
fluyendo tras su cuerpo y podía sentir su placer al saciarse de mi sangre, todo
mi cuerpo estalló en un nirvana de placer al sentir como fluíamos en un mismo
cuerpo, ella bebiendo mi vida despacio desde mi pecho derecho hasta cada uno de
sus vasos sanguíneos, el instinto acudiendo a mí, exigiéndome que la detuviese
y el placer negándose a aquella orden, el intenso orgasmo que recorrió su
cuerpo, extendiendo sus ecos hasta el mío que llego solo un instante después y
la lucidez cristalina del momento en que soltó su presa. Nuestros pechos subiendo
y bajando por la respiración agitada, nuestros ojos encontrándose. La tomé con
todas mis fuerzas y salí de debajo de su cuerpo para arrojarla contra el cadáver
reciente de Mirla, con el rostro contra sus pechos. Me coloqué detrás de ella y
empujé su espalda con una mano mientras que con la otra acariciaba su abdomen,
pasando el antebrazo entre sus piernas, indicándole que levantase las caderas.
Ella obedeció diligente aquella orden silenciosa y mi vista se deleitó con su
sexo abriéndose en flor con el movimiento, discurriendo su humedad. Aquel
aroma, que claro, que exquisito y embriagante. Acaricié sus nalgas y me lancé a
besar aquella fruta femenina que me recibió con su jugoso sabor. Lamí a conciencia,
sorbiendo todo su jugo, como si fuese su sangre misma, con esmero y deseo mi
lengua subió y bajó desde sus muslos hasta su ano, juntando aquella humedad a
su paso, disfrutando de la calidez de sus labios vaginales al perderse en ellos
durante su periplo y de vuelta a empezar. Lamí varias veces su clítoris y me
deleité con sus gemidos claros y acompasados y entonces tuve una idea. Apoyé mi
lengua en su punto de máximo placer y sin pensarlo dos veces, mordí. El
terrible gemido que Celeste soltó entonces casi consigue apartarme, pero la
sangre entre mis labios… oh, aquella sangre, tan distinta a la humana, tan
familiar, mi sangre y la sangre de tantos otros, toda aquella lucidez, toda
aquella magia, arcanos antiguos, viejos rituales, memorias tan viejas que
escapan a la comprensión de los atlas más antiguos de nuestra era. Era sangre
primitiva y a la vez neófita, era Celeste en su máxima expresión y me hizo
jadear mientras le sentía correr por mis sienes al ritmo de nuestra melodía y
el clímax que me provocó fue tan intenso que tuve que asirme a sus caderas para
no caer, aunque luego las suyas sucumbieron y nos separamos de improvisto,
temblando terriblemente. Ella se giró y sus ojos abiertos se clavaron en los míos
—Eso es algo nuevo —Ambas reímos y ella saltó sobre mí inmediatamente, cayendo
juntas al suelo de madera, allí me besó y luego de mimarme tiernamente se giró
despacio, dejando sus rodillas entre mi cabeza, al parecer quería más, y yo iba
a dárselo, pero en el momento en que inclinaba mi cabeza un dolor intenso y
asolador subió por desde mi abdomen y se apagó al estrellarse contra el placer
y la sangre que bajaban en tropel hacia el beso oscuro de mi amada en mis
labios vaginales. Si hubiese sido mortal estoy segura que me hubiese desmayado
de placer, su lengua lamía estimulante mientras mi sangre se estrellaba en su
boca. Le devolví el favor apenas pude permitirme un segundo de lucidez y sentí
la vibración de su voz contra mi sexo y mi propia voz respondió en un jadeo
amortiguado contra su coño húmedo que mezclaba el sabor de su vida con el de su
coño terriblemente mojado y sensible tras tres orgasmos, y pensé que aquel
coctel de placer me generaría una adicción incurable. Ambas nos soltamos con
nuestra siguiente corrida y cuando ella salió de encima de mí y ambas quedamos
recostadas en el suelo, mirando las luces en el techo, cada una con la cabeza
cerca de los pies de la otra y con nuestras manos tocándose con mimo supimos
que era suficiente y reímos nuevamente.
>>—Ve al baño, diablilla. Vas a tener que
despedirte de los deshechos humanos.
>>—¿¡Qué!? —dije en una carcajada que consiguió
asustarme cuando una de las botellas de la cómoda estalló, demasiado fuerte.
Callé un instante, presa de mi nueva sorpresa y luego continué: —Esas no
parecen las palabras más románticas que me hayan dicho luego de follar si tengo
que decirte la verdad.
>>Se sentó a mi lado y me extendió las manos para
obligarme a sentarme con ella —Estoy segura que no. Pero ninguna compañera se
ha cagado encima luego de estar conmigo ¿Preferirías que no te dijera nada?
>>Me avergoncé de solo imaginarlo y corrí al baño mientras
ella reía. No me mires así, es lo que pasa: el cuerpo mortal muere y el vampiro
deja de necesitar comida sólida. ¿Para qué va a querer retener lo que lleva
encima? Ah, ¿No es por eso? ¿Qué te preguntas? Si, sigue sirviendo como zona
erógena, vaya que si funciona… pero no perdamos el hilo de la historia:
>>Cuando salí del cuarto de baño Celeste ya había
sacado los cuerpos de allí, por suerte, pues me di cuenta enseguida que solo pensar
en ellos me enfermaba, había encendido velas en la cómoda y ambas mesillas de
noche y estaba sobre la cama, cruzada de piernas y con una guitarra en la
falda. —Tengo una sorpresa más para ti —y rasgueó las cuerdas. Espero poder
poner esto en palabras: Las luces se reflejaban en el cuerpo de la Epiphone color
natural y en sus ojos cortando con su calidez el frío de la luz de la luna que
iluminaba todo lo demás, sus manos se movían con gracia en el mástil, dibujando
los acordes con una precisión natural y a mis oídos llegaba aquel sonido, que
terrible ser humana alguna vez y haber estado tan lejos de entender el sonido,
sentía como el plástico de la púa golpeaba las cuerdas y hacía vibrar una a
una, sentía como el acorde hendía el aire y llegaba a mí, como el movimiento de
la música hablaba. Era una comunión, un evento extraterrenal, aquella música y
yo. Creí estar quieta, detenida en el filo del espacio tiempo, pero instantes
después me vi sentada frente a Celeste, con las piernas cruzadas y la seda de
las sábanas recién cambiadas rozándome el cuerpo, inclinada hacia adelante,
perdida de concentración y al salir de aquel encanto natural enfoqué sus ojos y
sonreí. Fue entonces que desentrañé el sonido de aquella canción —Te toca —dijo
ella dos compases antes —Ve despacio y no te asustes ¿Vale?
>>Miré sus ojos… Re, Do, La… —“So, so you think…” —mi voz era extraña, más grave, más poderosa,
más dulce, ¿Esa era yo?
>>Celeste rió y me ayudó con su voz —“Blue skies from pain? Can you tell a Green field…”
>>—“From a cold steel rail?… —Asi, mucho mejor,
joder. Que bien sonaba —…Smile from a
veil? Do you think you can tell?
>>Largo rato cantamos, pasándonos la guitarra de
mano en mano, jugando. Supe que mi habilidad para tocar también había
aumentado, comprendí como nunca antes la forma de la música esa noche. Mis
dedos eran gráciles y mi voz obediente. Al final las velas s habían consumido y
me di cuenta que no estaba cansada. Ni un poco. Aprendí entonces que mientras
me hubiese alimentado podría dormir cuando quisiera, pero nunca presa del
cansancio. Ella dejó la guitarra y nos acostamos, pasamos otro rato simplemente
contemplándonos y acariciándonos y luego, el sueño me llevó sin darme cuenta
siquiera.
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