Death by Rock and Roll - Cap 11
Taylor hizo una larga pausa con una sonrisa en los labios
y mirando sin ver realmente un punto fijo en el techo, recostada contra el
respaldo de la silla. Arlene simplemente estaba conmovida, la cantante hablaba
con un amor y una devoción de Celeste que ella apenas llegaba a entender. Lo
que más le costaba imaginar era que Taylor hubiese llegado a amarla tanto tan
rápido, e intentó imaginarse a ella misma en aquella situación. Evidentemente,
su ídola era una persona rota y diferente, ¿verdad?
—Lo entenderías si hubieses estado en mi lugar —dijo la
rubia, aún sin moverse, respondiendo a los pensamientos de Arlene, lo cual le
hizo causó un sobresalto —. Yo ya había vivido mi vida presa de la velocidad
que ya te mencioné. Mi mundo poco a poco se consumía en noches de fiesta,
piernas ajenas y drogas varias. Celeste llegó para salvarme de mi misma y supe
apenas la vi que era suya y que lo sería siempre, incluso en la distancia y el
tiempo. Quería estar a su lado en la eternidad desde el momento en que vi sus
ojos violetas clavarse en los míos.
Taylor se puso de pie, encendió un cigarro y caminó hasta
la funda de la guitarra, que reposaba apoyada en el suelo del camarín. Entonces
volvió a su asiento y se puso a tocar una a una las cuerdas, escuchando con
atención y moviendo las clavijas hasta conseguir el sonido correcto, un tono
demasiado perfecto a cada una de las cuerdas de entorchado en bronce y luego
otros dos para las de acero, jugó con los dedos en los acordes y comenzó a
cantar:
“I was only 19, you were 29
It's just ten years, but it's such a long time
In a heartbeat, I would do it all again
Late night sex, smokin' cigarettes
I try real hard but I can't forget
Now in a heartbeat, I would do it all again
Now I see that you and me were never meant
Never meant to be, now
Now I'm lost somewhere
Lost between Elvis and suicide
Ever since the day we died, well
I've got nothing left to lose
After Jesus and Rock N' Roll
Couldn't save my immoral soul, well
I've got nothing left
I've got nothing left to lose
Callin' out sins just to pass the time
My life goes by in the blink of an eye
I know you want me
I was only lookin' for a friend
And everything that I was
And everything that I've become
Just falls into the end and
Now I see that you and me were never meant
Never meant to be, now
Now I'm lost somewhere
Lost between Elvis and suicide
Ever since the day we died, well
I've got nothing left to lose
After Jesus and Rock N' Roll
Couldn't save my immoral soul, well
I've got nothing left
I've got nothing left to lose
I've got nothing left to lose”
El ultimo acorde quedó flotando en el aire un largo
instante antes de consumirse y Arlene se encontró llorando, cargada de una
profunda melancolía —¿Esa canción no era para ella, verdad? La escribiste antes
de conocerla.
Taylor asintió —Es de nuestro primer álbum, pero a
Celeste le encanta oírla cuando la canto así, solo yo y la guitarra acústica.
—Suena mejor que en el disco
—Es porque cuando gravé el disco aún no era una vampira
—contestó mientras jugaba con otros acordes más complejos pero suaves y
armoniosos
—¿Te hace tocar mejor? ¿Ser vampira?
La cantante asintió —Escucho las cosas perfectamente,
conozco los tonos con una memoria perfecta y puedo replicarlos sin
dificultades, tengo total control sobre mi voz y puedo forzarla a límites
inhumanos, además de tener… instinto. Pero nos estamos adelantando de nuevo.
—¿Pasó mucho tiempo más antes de que te transformaras?
—No —respondió Taylor, modulando su voz a la suave música
que sus dedos distraídos arrancaban a instrumento —Sucedió la noche siguiente.
El último día de aquel folklórico festival:
>>Nos despertamos con la caída del sol, recuerdo
que abrí los ojos y ella estaba mirándome ya; recuerdo que sonreí y la besé
—¿Quieres hacerlo esta noche? —me preguntó con su voz angelical cuando me
separé de ella, asentí y me pegué mucho a ella. Hay algo que quizás no sepas de
mí, pero tengo unas tendencias irreprimibles de cariño cuando me despierto. Es
parte de lo que soy y es inevitable. Quería ir con ella a recibir su don, pero
tuvo que sacarme de su lado con esfuerzo mientras reía de la fuerza que ponía a
mi abrazo para no apartarme de su lado.
>>Con todo aquel juego tonto y tierno habremos
demorado por lo menos una hora más en salir de la cama y la noche ya era una
realidad. Nos bañamos juntas y una vez listas salimos en el Mustang negro del
antiguo dueño de la casa, mi favorito. Ella condujo hasta el club y en vez de
comenzar a bailar y entregarnos a la locura de cada noche, subimos al balcón
interior del segundo piso y observamos a los asistentes de aquella noche.
>>“Liz” se llamaba el club al que habíamos entrado.
El único que aún no habíamos visitado de aquel pueblito pequeño. Estaba
atestado de gente, la mayoría, al parecer turistas que disfrutaban de la última
escapada de sus vacaciones luego del cierre del anfiteatro y de la última noche
del festival. El ambiente era desagradable y la música lo era aún más: demasiado
electrónica, demasiado moderna y se notaba la ruina del local tras los tres
días de fiesta incesante, aquello era la calderilla del sueño que debía haber
sido al comienzo de aquel fin de semana demasiado concurrido para el reducido
espacio. Aunque en la entrada un cartel inmenso dejaba claro que la entrada a
menores de 18 estaba prohibida alcancé a distinguir varios rostros demasiado
juveniles entre la gente, la mayoría sonrosados por el exceso. Sonreí al pensar
en lo fuera de lugar que parecían y pensando que quizás alguien debiera haber
pensado lo mismo de mí, cuando con mis amigos realizábamos la misma travesura.
>>Celeste apretó mi mano —¿Qué te parecen esos dos?
>> Me volví a mirarla y ella señaló a una pareja
que bailaba demasiado pegada y demasiado borracha a un costado de la pista,
ella tenía ya la marca de los labios del muchacho en el cuello desnudo. —¿Para
qué? —pregunté con sincera curiosidad
>>—Vamos a dar una fiesta privada en casa hoy,
cuando despiertes en este lado vas a tener mucha sed.
>>Los observé un rato —No me gustan, ella parece
demasiado tímida y el demasiado borracho. El viaje va a ser aburrido —Busqué
con la mirada entre los presentes —¿Esos cuatro? —dije indicando un grupo de
tres hombres y una chica, todos parecían norteños por sus espaldas anchas, sus
ojos claros y sus cabellos rubios
>>—No lo creo. Están buscando a alguien más,
seguramente a aquel grupo del fondo ¿Ves? Llevan el mismo tatuaje que los
cuatro en el brazo, probablemente buenos amigos de viaje. Son demasiados.
>>—¿La chica de la barra, la que está sola y
perdida en su bebida como si fuese a sacar coraje para bailar de ella?
>>Ella rió —Es un buen comienzo, pero vamos a
necesitar a uno o dos más.
>>Tardamos un buen rato en dar con las tres
elegidas, pero volvimos a casa en el Mustang y llevábamos con nosotras a Cindy,
la muchacha de la barra, hermosa y tímida, pero inteligente y contemplativa. De
vestido negro y corto por encima de las rodillas, con medias blancas y altas y
delicados tacones, era hermosa con su recortado cabello castaño desarreglado y
sus pendientes grandes al estilo de los años cincuenta. Ella me había encantado
desde el momento en que bajamos a conversar a su lado en la barra, estaba
bebiendo y aunque costó hacerle hablar más de dos palabras seguidas, una vez
que comenzó era una delicia, una perla en aquel vertedero de música moderna.
Cuando tomó confianza no paró de contarnos lo mucho que le apasionaba el
festival local aunque llevase viviendo toda su vida en aquel lugar. En medio de
la charla con Cindy, dos de las chicas eslavas se habían acercado a nosotras
tras reconocerme: Dalia y Mirla, primas de la lejana Noruega que estaban de
viaje con sus amigos por Europa. Ellos regresaban a su país por la mañana y
tenían que abandonarlas el resto de la noche, mientras que las dos muchachas
planeaban prolongar su estancia una semana más, pues se habían quedado
prendadas del robledal y su paisaje matutino. Tenían un acento dulce y
delicioso y no tardé en imaginarme con ellas en la cama sosteniendo con cada mano
una de sus largas cabelleras rubias. Celeste me acarició las piernas y supe que
sentía mi propuesta. Mirla vestía camisa blanca, corbata morada y pantalones de
jean sueltos y claros, si no fuese por su dedicado maquillaje y sus exageradas
curvas hubiese podido pasar por un varón sin problemas, un varón con una larga
trenza en el cabello, adornada en toda su extensión con lacitos delicados a
juego con la corbata. Dalia, por otra parte vestía un top ligero, lila sobre un
sujetador deportivo, falda y sandalias, su maquillaje era más sencillo y
destacaba inmediatamente por el tatuaje que llevaba en el abdomen: una
serpiente negra que se enrollaba antes de perderse entre sus pechos y cuya cola
se deshacía en pétalos de rosa con toques acuarelados que también acababan
ocultos bajo su falda.
>>El viaje fue digno de recuerdo, pero baste decir
que las dos rubias viajaban conmigo en el asiento trasero y Cindy acompañaba
adelante a Celeste y repartía el alcohol que nos habíamos robado del club; y
que cuando llegamos a la estancia las cinco ya estábamos con muchas ganas de
saltarnos todos los formalismos de la seducción para pasar directamente al
calor de la intimidad. Yo no había bebido más que lo que compartimos en el
coche y un par de cervezas y aun así tenía la conciencia embotada a causa de la
belleza de las mujeres que me acompañaban; sobre todo de la hermosa Mirla, que
tenía una forma hermosa y suave de besar, además de aquel estilo casi andrógino
que me excitaba y que envidiaba sanamente.
>>Cruzamos la puerta de entrada entre besos y
caricias y la voz de Celeste se coló en mi cabeza: Lleva las cuerdas, amor mío. Sube con ambas y aprieta fuerte los nudos.
—Ahora las alcanzamos ¿Verdad, caramelito? —fue sin embargo lo que
pronunciaron sus labios, mirando a Cindy mientras apretaba su culo debajo de su
vestido. Durante todo el viaje le había venido metiendo mano y la cara de la
muchacha estaba hermosamente sonrojada y su respiración era agitada.
>>Reí y conduje a mis dos chicas camino al cuarto.
Cuando pasamos por la sala de estar, tropezando con sillones y mesas a causa de
la pasión y la borrachera de mis acompañantes tomé los juegos de cuerdas y les
dediqué una sonrisa cargada de picardía y elocuencia. Escruté la respuesta de
sus rostros, aquello era importante, necesitaba que o bien les gustase la idea,
o bien estuviesen lo suficientemente borrachas para aceptar de todos modos. Por
una cosa o la otra, ambas me devolvieron la sonrisa con la misma elocuencia y
Dalia juntó las manos, ofreciéndomelas para que la sujetase allí mismo. Le di
una fuerte nalgada y besé a Mirla —En el cuarto, vamos, no perdamos más tiempo
>>Minutos más tarde estábamos sobre la enorme cama
matrimonial disfrutando del contacto de nuestros cuerpos; excitadas y expectantes.
El morbo de ver a aquellas mujeres tan similares besándose me erizaba la piel y
mientras les quitaba la ropa solo podía pensar en que era una lástima que
debiera ser aquella noche la noche elegida para mi conversión. Quería disfrutar
más de aquellos pálidos cuerpos delicados y cálidos, de esas pieles suaves y
esos rostros similares, quería perderme en esos ojos durante horas. De haber
sabido que lo que me esperaba era tantas veces más increíble no hubiese
demorado tanto en recostar a Mirla boca arriba mientras Dalia sostenía las
cuerdas de rodillas a un lado, tres en cada antebrazo, cada uno de ellos
doblado y con las palmas hacia arriba, como si sostuviese una jofaina ceremonial
invisible en sus manos para mí, quieta a mi orden y con la cuerda restante en
la boca, observando como ataba la muñeca de su hermosa prima, (que sin el
conjunto masculino había perdido todo toque andrógino gracias a sus curvas
hermosas) a la cabecera de la cama para luego repetir el proceso con cada una
de sus extremidades, tomando de los brazos de Dalia las ataduras hasta terminar
y contemplarla de arriba abajo, hipnotizada por su belleza.
>>Acaricié el cabello de la arrodillada muchacha
que también observaba el espectáculo, en gesto de aprobación y de divertido
orgullo, alabando su participación como si fuese una buena mascota, a ella
pareció gustarle y retiré las cuerdas restantes de su cuerpo para indicarle que
suba encima de Mirla, que cada vez parecía más excitada por la sujeción y la
privación. Lo cual no hizo más que encenderme con ella.
>>Dalia se recostó boca abajo, encima del cuerpo de
su prima y repetí las ataduras.
>>Al acabar solo podía pensar en la maravilla de
aquella obra de arte: eran tan similares, apenas una más alta que la otra,
apenas una más rubia que la otra, apenas una más pálida que la otra. Mi mente
vagaba en aquel morboso cuadro mientras comenzaba a acariciar ambos sexos con
las manos y a deleitarme con sus jadeos que iban en aumento. Cuando quise darme
cuenta yo también gemía con ellas, temblando de puro placer. Mis dedos se colaron
dentro de Dalia y esta se sacudió de excitación, Mirla la besó…
>>Entonces sentí unas manos cálidas que acariciaban
mis pechos y mi cuello, y una respiración contra mi cuello; el calor de Celeste
en mi espalda, sus pechos desnudos contra mi espalda y me estremecí en un corto
pero intenso orgasmo solo imaginando aquellos ojos violetas a mi espalda. —Ésta
sí que es una escena digna de observar —dijo con su voz dulce y excitada contra
mi hombro antes de besarme largamente la piel
>>Las dos muchachas se sobresaltaron al percatarse
su presencia, ninguna de las tres le habíamos escuchado o visto entrar al
cuarto, pero yo conocía su sigilo y sus capacidades sobrehumanas, mis cautivas
no podían ni imaginar la verdad —¿Y Cindy? —preguntó alguna de ellas, no supe
cual, estaba enfrascada en el dulce contacto de mi amada, que ignoró
deliberadamente la pregunta.
>>—¿Quieres comenzar, diablilla?
>>Asentí sin hablar. Había llegado el momento. Me
tendió la mano y me llevó hasta la silla donde la primera noche en aquella casa
me había contemplado tocarme para su disfrute. Desde allí tenía un plano
excelente de las muchachas escandinavas, con la desnudez de sus coños húmedos expuesta
hacia mí.
>>—¿Taylor? —preguntó Dalia, con la voz cargada de
duda.
>>—Silencio, pequeña —ordenó Celeste e imagino que
atrapó con su opresivo hechizo a ambas, pues obedecieron de inmediato, aunque
comenzaron a debatirse contra las ataduras por escapar.
>>Celeste se sentó a horcajadas en mi falda y
comenzó a acariciarme el cabello con ternura —¿Quieres hacer esto?
>>Acaricié sus brazos con mimo. Aquellos ojos eran
tan hermosos, aquella voz tan embriagante —No necesitas hechizarme para hacerme
desearte como te deseo, amor. Quiero caminar la eternidad contigo, más allá del
bien y el mal —En algún momento la ternura se había mezclado con mi excitación
y solo podía pensar en recostarme a su lado y dormir luego de haber pasado la
noche amándonos.
>>—Te amo, Taylor.
>>—Te amo, Celeste.
>>Un instante de dolor y el contacto de la vampira,
su beso oscuro y aquella intimidad, aquella rítmica balada de cada noche, su
corazón y el mío en armonía. Sentí mi cuerpo sacudirse por instinto y el
contacto del suelo con mis pies descalzos, pero no era el contacto de la madera
el que percibí, sino el de la fría hierva de una noche de verano. A mi
alrededor había un jardín hermoso y bien cuidado y supe que era el jardín de
todos los jardines. A ambos lados de mi crecían solitarios limoneros con sus
hojas bañadas de rocío y sus frutos en el punto álgido de cosecha, espaciados
entre si y rodeados por círculos de piedras salvajes y blancas que reflejaban
la pálida luz de la luna creciente en el cielo despejado; y en el cielo las estrellas
ardían fulgurantes e inmensas, todas ellas, como salpicaduras de plata en un
manto negro sin imperfecciones que todo lo abarcaba, y de aquel manto me
llegaba la calidez de aquel compás conocido, su corazón y el mío, una cadencia
primitiva y rítmica a la que mi mente llenaba de armonías anheladas e
imposibles, de guitarras eléctricas que se estrellaban con antiguos laúdes, de
contrabajos y violines estallando contra sintetizadores y teclados, una música
ajena al tiempo, como lo era aquel lugar de ensueño. Alrededor crecían los
jazmines, los rosedales y las margaritas más hermosas que hubiese contemplado
jamás, como extraídas directamente de los cuadros renacentistas más hermosos que
la historia hubo imaginado y más allá, aunque mi vista no llegase a
contemplarlo, sabía que me rodeaba el bosque de robles cubierto de niebla, los
colores eran débiles y variables, pero hermosos en su espíritu de espejismo
nocturno.
>>La música cambiaba, distinta a como siempre la
había escuchado, perdiendo intensidad poco a poco y supe que estaba lejos, más
allá de donde ningún humano hubiese regresado con vida jamás. Suspiré y quedé
maravillada al ver aparecer los rostros a mí alrededor. Variopintos personajes
de épocas totalmente arbitrarias y de miradas familiares, aunque jamás había
visto a ninguno, pensé al principio que eran ángeles, pero poco a poco una
parte de mi reconoció los nombres tras las sonrisas. Pandora y Marius fueron
los primeros, miradas brillantes y expresiones amables delante de la procesión de
alquimistas y brujas del pasado distante cuyos nombres conocía sin conocer.
>>Destacamentos de valkirias cruzaron el cielo
estrellado, cabalgando tras Sleipnir, el legendario caballo montado por Odín y
todas aquellas mujeres llevaban los rostros de las brujas frente a mí, pues
eran en esencia parte de aquel todo sobrecogedor.
>>Pasos de botas pesadas a mi espalda, un rostro
dulce y tierno tras una barba castaña trenzada con piedras preciosas y cabello
largo, hombros anchos y labios carnosos y rojos. Olaf. Era hermoso y tierno y lo
amaba, lo supe al instante. Él me sonrió. A su espalda esperaba una tribu de
guerreros con los mismos rostros que los alquimistas, presidida por sus propios
antiguos: Freyja, Loki, Thor. Olaf se encontró con Celeste justo delante de mí,
rodeados por aquellas figuras ominosas y silenciosas que formaban un círculo a
nuestro alrededor. Se besaron con delicadeza mientras la música casi se había
detenido. Entonces él tomó mi mano y la besó antes de ponerla en la de mi amada,
sentí su contacto más claro que nunca. A mi alrededor las figuras de todos
aquellos seres comenzaban a desaparecer en cenizas de luz que ardían con brillo
profundo a medida que sus facciones de consumían y se mezclaban con la oscuridad
de la noche. Las valkirias ardieron en el cielo como pequeños soles fugases y
podía ver como el rostro de Olaf comenzaba a prender en ascuas sin perder su
sonrisa. Soltó nuestras manos y con una voz profunda dijo —tragywyddoldeb —mientras me miraba con sus ojos grises; y supe que
significaba “eternidad” y escuché también las implicaciones que no llegó a
pronunciar mientras se desvanecía “Amaos eternamente, pues el tiempo os
pertenece”
>>Quise llorar, pedirle que se quedase con
nosotras, que no nos abandone, pero instantes después solo estábamos Celeste y
yo, que me miraba sonriendo con sus ojos violetas colmados de lágrimas. La
música se apagaba, y yo perdía la conciencia, me moría. Ella me abrazó y sentí
el contacto en todo mi cuerpo de su piel desnuda y sentí paz. Y todo se apagó…
>>—Bebe —ordenó su voz y mi cuerpo obedeció, y
bebí, pues allí, en el jardín de todos los jardines tenía la jofaina de la vid
de Dionisio, y el vino era dulce y energizante y en vez de ser embriagador
comenzaba a darme lucidez y pude abrir los ojos.
>>Celeste me separó de su cuello y el mundo se
materializó ante mi vista…
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