Death by Rock and Roll - Cap 10
>>La sensación de mi sangre fluyendo a ella me
invadió una vez más, y al igual que las noches anteriores, disfruté del momento
en que aquella angelical melodía colmaba mi cuerpo, entrelazando nuestros
latidos, pero en esta ocasión un tercer murmullo, apagado y quedo se hizo
presente en algunos compases y supe que era la sangre de Paul que recorría las
venas de Celeste. Me embriagué de su compás lejano complementando el nuestro y
antes de que pudiese sentirme débil, ella me liberó del embriagante beso oscuro
de su boca. —Te amo —susurró y me cargó en sus brazos escaleras arriba, hasta
la cama, donde me dejó con sumo cuidado.
>>Desde allí le vi desvestirse completamente a la
luz del amanecer que comenzaba a hacerse sentir en el paisaje montañoso y
meterse conmigo bajo las sábanas. La música nos llegaba amortiguada desde el
piso inferior, pero por suerte le quedaba poco tiempo de vida a la lista de
reproducción de la noche, así que ninguna hizo amago de bajar a apagar los
parlantes.
>>No sé decirte cuánto tiempo pasamos simplemente
mirándonos en silencio. Yo tenía la mano en sus caderas y su pecho y ella un
brazo bajo mi cuello y con el contrario apoyado en su seno, lo extendía en
dulces caricias en mi mentón, mis labios y mi cabello. Cada tanto juntaba mi
nariz con la suya, en uno de los gestos más hermosos y puros que conozco y ella
me correspondía cada vez cerrando sus ojos y moviendo su rostro para luego
besar mis labios suavemente y volver a nuestras posiciones letárgicas de mimo y
silencio. El aroma de su aliento y su cuerpo, la luz reflejando su piel
colorida y tersa, su sonrisa, llevaba tan poco junto a ella y no me parecía ni
mínimamente extraño desear una eternidad entera a su lado.
>>—¿Lo de esta noche fue parte de un ritual o algo
así que debe hacerse? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio
>>Ella ahogó una risilla —No, amor mío, no existen
rituales ni ofrendas extrañas que hacer para lo que vamos a hacer tu y yo. No
soy tan supersticiosa como muchas de las asambleas románticas que aún conservan
papiros bíblicos como reliquias Divinas en sus camposantos
>>—¿Entonces?
>>—Quería que veas lo que vas a hacer para saciarte
cuando seas una de nosotros, diablilla. Ya te he explicado que no quiero que el
Don Oscuro te cambie.
>>—No llego a entender completamente a qué te
refieres, amor mío. Esto es lo que siempre he sido —intenté explicarme sin
mucho éxito, era difícil seguir el hilo de pensamientos de un ser inmortal y no
encontraba forma de poner en palabras mis dudas concretas
>>—Déjame ver si puedo explicarme mejor: Naciste
siendo una actriz talentosa, desde pequeña conseguiste acceso a sitios donde
muchos sueñan viajar y contratos que personas que pasan años estudiando
intentan en vano conquistar ¿Verdad? —Asentí —Eras feliz entonces, con tu
inocencia conquistando el mundo y seguiste siendo una niña a los ojos de tus
padres y en el seno de tu ciudad, disfrutaste del encanto de la familia y de la
fama con alegría y despreocupación
>>—Supongo que si
>>—Entonces, cuando todo dejó de funcionar como te
lo habían explicado, maduraste y giraste tu vida por completo y lejos de
someterte o de perder tu pasión natural, creciste en ella.
>>—No se quedarme quieta —dije con un encogimiento
de hombros —. Es mi forma de ser.
>>—Sacaste tu primer álbum, habías encontrado el
sentido de tu vida y un sueño se hacía realidad en tus manos. Y no te
detuviste, seguiste con el mismo ánimo de vivir, el mismo deseo de entregarte a
la vida a la manera que conocías, como has hecho siempre. Entonces, años
después, aparecí en tu camino y en vez de desmoronarte ante el suave pánico que
te presenté en los momentos precisos, como te aseguro que muchos artistas más
grandes que tu harían sin pensar, lograste sobreponerte. Y hace dos noches,
todo lo que creías volvió a desmoronarse… y aun así, seguiste con tu pasión
intacta— suspiró con una sonrisa en los labios —. Hoy viste morir a un hombre,
lo atrajiste a su muerte y me lo entregaste, no porque yo te lo exigiera, no
obro sobre ti ya mi hechizo, yo simplemente te lo sugerí y podías negarte, pero
no lo hiciste. Dime, Taylor ¿Te sientes abatida?
>>Le di vueltas a la idea unos segundos, pero no
tardé mucho en contestar con sinceridad: —No, la verdad es que no. Siento pena
por él, seguro, parecía un buen muchacho, pero creo que en la ausencia del bien
y el mal, de ángeles y demonios a la que me abriste los ojos en el claro del
robledal no me encuentro incómoda. Las cosas encajan de una manera más orgánica
y te va a sonar estúpido, quizás, pero creo que la estética es todo lo que nos
queda en el vacío —suspiré, buscando las palabras precisas en la tormenta de
ideas que tenía en la mente —. El arte, la belleza, debe ser entonces el fin de
todas las cosas y en pos de dicho fin, puedo justificar cualquier acto
cometido. Por ejemplo: hoy un buen hombre murió, pero lo hizo de forma hermosa
y deseable, en una escena perfecta de la libido humana, de su esencia más
animal y profunda, y en manos del ser más hermoso que han contemplado mis ojos.
A lo que quiero llegar es que si bondad y maldad son conceptos de percepción
subjetiva, lo que nos mueve debe ser lo inmutable de la estética, el reflejo de
las luces de la ciudad en las gotas de la lluvia nocturna, la inmensidad del
cielo, el fulgurante brilló helado de la luna… ¿Piensas que estoy loca?
>>Ella rió —No, amor mío. Pienso que es un
pensamiento extremista y libertino, pero creo que te entiendo y de alguna
manera estoy de acuerdo contigo. La inmortalidad no te cambia, solía decir mi
maestro, solo te hace más como eres, lo que intento con todo esto es exponer
cualquier expresión de ti misma que quiera apartarte de mí, pues no quiero
dejarte sujeta a una vida eterna si no eres capaz de adaptarte a sus
pormenores. ¿Entiendes?
>>—¿Cómo ves las cosas tú, Celeste? ¿A qué te
aferras en tu inmortalidad?
>>—Al deseo de perdurar, de conservar lo que es mi
sangre proscrita, de encontrarte y hacerte mía para compartir contigo mi
soledad y quizás, esperar con fe el día en que podamos reclamar el lugar en la
tierra que nos corresponda. A ti llevo tres siglos buscándote, y algunos más aguardando
el despertar de mi especie al mundo humano, pero eso es solo una fantasía
oscura en mi mente, enardecida por el deseo de venganza por crímenes antiguos y
sepultados en el paso del tiempo, la verdad es que es el amor el que me ha
mantenido viva. El amor a Pandora, mi madre, a mi querido compañero Olaf…
Después, a mi maestro Marius y por último el amor que has despertado nuevamente
tú, diablilla. Desde el primer momento en que mi tercera muerte acabó cuando
escuché tu voz romper el silencio de mi sepulcro. Pero ya entenderás… Pronto.
>>Al día siguiente le ayudé a deshacerse del cuerpo
de Paul y debo admitir que me sorprendió el asco que le provocaba a la vampira…
—Espera. ¿Se deshicieron del cadáver?
—Claro, no íbamos a dejarlo en nuestra sala —respondió la
rubia con naturalidad
—Sí, lo sé. A lo que me refiero es ¿Qué hacían con el
resto de las víctimas de Celeste. No debería pasar por sospechoso un reguero de
muerte a vuestro paso?
—Eso es algo que yo entendí luego: Celeste rara vez
mataba, era una vampira antigua, y por tanto no necesitaba tanto de la sangre
como alguien que acaba de nacer de éste lado. Bebía para saciarse y normalmente
sin perturbar las ensoñaciones de sus presas, que despertaban débiles y a veces
enfermas, pero sus labios eran mortales solo cuando el banquete era bueno o la
oportunidad lo requería. En el mundo en el que vivimos, donde la muerte está
tan legislada, o aprendemos a controlar la sed rápido o levantamos sospechas. Y
las sospechas son peligrosas para nosotros, pues las ideas viajan muy rápido.
Yo aún tengo problemas para beber poco, y más de una noche me encuentro
saciándome de una sola víctima, o deambulando por habitaciones oscuras de todas
las urbes para beber varias raciones antes de decidir detenerme.
—¿Y las heridas? ¿Los cuellos rasgados? ¿Las arterias
laceradas?
—En nuestra saliva hay parte del fenómeno arcano sanador
de nuestra sangre. Por mucho dolor que experimentes, si llego a morderte,
realmente tengo que querer hacerte daño para que no sanes casi inmediatamente
después de que haya acabado mi beso.
Arlene permaneció en silencio nuevamente, meditando
aquello.
—De todas formas, quedamos muy pocos, si las pesquisas de
Celeste son ciertas. Así que no deberíamos bastar para aterrorizar al mundo de
la forma en que lo estás imaginando.
—Pero sois inmortales. ¿Cómo es que quedáis pocos?
—No somos indestructibles, a los Hijos De Las Tinieblas,
como se llaman a sí mismos los hijos de Akasha y Enkil, o de Isis y Osiris,
como quizás te suene más humano, puede destruirlos el sol, a los Proscritos
como yo, el fuego puede consumirnos sin remedio, Celeste puede soportar ese
tormento y quedar reducida a un amasijo consciente, pues ha bebido de la sangre
de Akasha, pero tardaría siglos en recuperarse sin beber otra vez de aquella
sangre. Y a los Diurnos, como el primer amor de mi vampira, Olaf, la plata
puede reducirlos con sencillez.
>>Además que la inmortalidad vuelve vanidosos a los
de nuestra especie y en el siglo pasado se han desarrollado guerras terribles y
arrasadoras, que casi significaron nuestra extinción.
—Lo lamento
Taylor hizo un gesto con la mano para restarle
importancia —Yo aún no estaba viva cuando la última guerra empezó y no siento
ningún aprecio por ninguno de los difuntos, pues nos odian y ansían destruirnos,
a los proscritos, hijos del cruce de sangre de Los Padres y de Ramses, pues
somos peligrosos, inmunes a la luz solar que destruye a unos y los somete a su
sueño inevitable y a la plata que puede consumir a los otros. Con la fuerza
imparable del cuerpo de los Diurnos y los hechizos emocionales de los Hijos De
Las Tinieblas, solo he conocido a Celeste de entre mi gente, aunque se dice que
otros dos antiguos viven al norte de Europa aún.
—Eres la más joven de los Proscritos —entendió en voz
alta la pelirroja
—Probablemente… Seguramente. Nuestra sangre no es tan
sencilla de ofrecer como pudiera ser para el resto de Bebedores de Sangre y los
de nuestra especie apenas si pueden traer a este lado a uno o dos como nosotros
en estado completo por siglo antes de que su mestizaje comience a sucumbir,
Celeste solo me hizo a mí, soy su primera hija en cinco siglos de vida y por
eso poseo todas sus capacidades, excepto las que heredó al beber la sangre de
Akasha. Para crear a alguien con mi mismo nivel de pureza quizás deba esperar
unos siglos más, pero es demasiada información y eso realmente no es importante
en esta historia.
>>Esa mañana nos deshicimos del cuerpo, ella estaba
asqueada con el cadáver, pues, y lo aclaro antes de que lo preguntes, los
vampiros odian la muerte, no lo digo como un concepto poético, pueden matar,
pero la sola presencia de un cadáver cerca que lleve más de unos minutos sin
vida nos provoca rechazo físico, odiamos los cementerios y las criptas con
furia corporal, pues nos enferma su cercanía. No nos mata, pero… sería el símil
humano de tener el estómago revuelto.
>>Simulamos un accidente de coche y encendimos
fuego en el capó golpeado por un árbol a varios kilómetros de nuestra casa,
asegurándonos de que el vehículo de Paul estuviera convenientemente cargado con
cuadernos y notas del antiguo dueño de nuestra estancia, que prendimos también
y vimos las llamas consumirle en aquella carretera desierta, hasta que nos
quedó la certeza de que nada podía haber escapado al infierno abrasador del
fuego. Luego volvimos a casa y revisando mi móvil supe que mis cosas habían
finalmente llegado a la oficina de correos de Forestgates, sin embargo no
partimos de inmediato hacia allí, teníamos suficiente dinero en efectivo como
para mantenernos con lujos una temporada, pedí comida y subimos a la habitación
a continuar “Friends”, que había
gustado a mi compañera y pasamos el día entero en cama, abrazadas y disfrutando
de la mutua compañía.
>>Las noches siguientes acudimos al pueblito y
disfrutamos de la maravilla del festival que allí se celebraba y que le dotaba
de una vida exuberante: realmente las calles de aquel lugar eran un atolladero
de gente yendo y viniendo sin rumbo alguno por aquellas tres calles céntricas y
colmando los paisajes montañosos con sus desechos y plásticos residuales, colmando
las tiendas y restaurantes, inundándolo todo de un anonimato hermoso con aroma
a tabaco, incienso y fuegos de artificio, que Celeste adoraba observar cada
noche de aquella festividad justo cuando comenzaba la música en los escenarios
y los bailes a los pies de los mismos, procedentes de otras épocas más
sencillas y religiosas. Amaba la expresión de sus ojos mientras contemplaba a
las damas en sus vestidos de acampanadas faldas y a los caballeros de levitas
negras y blancas montados en carruajes de época, y por las noches nos
adentrábamos en los clubes nocturnos, donde nos empapábamos del contraste del
otro extremo de las festividades. Los láseres, las luces, el humo artificial
atestando el ambiente, el calor humano próximo y palpitantemente deseoso contra
nuestros cuerpos que se aprovechaban de nuestro exótico porte rockero para deambular de brazos en
brazos dentro de las animadas fiestas para encontrarnos nuevamente y fundirnos
en las caricias más confidentes y sinceras de la noche que desenlazaban en la
vuelta a casa con un sexo que aún no me permitía acceder totalmente mi maestra
y amante.
>>—¿Por qué no me dejas tomarte nunca, amor mío?
—pregunté al volver la tercera noche, totalmente melancólica y herida por el
comportamiento de mi amante. La deseaba como a nada en el mundo en aquel
momento y me había entregado a ella siempre con dedicación y compromiso para
complacerla, pero aun así, seguía sin que me permitiera siquiera quitarle la
ropa cuando volvíamos a la cama juntas y llenas de excitación —. Puedo
sentirte, Celeste, sé que no tienes rechazo por mí, no me hace falta tu
telepatía para saberlo y con la tuya sabes que no me gusta estar siempre en
sometimiento. ¿Qué hago mal? —Realmente estaba histérica. Podría haber
planteado aquello hacía varias noches y quizás mi estallido no hubiese sido tan
grave, pero dejé que el problema creciera y creciera y me sentía hundida en una
tristeza que no era mía.
>>Ella se recostó inmediatamente a mi lado y me
abrazó, conteniéndome en el calor de su cuerpo mientras yo sollozaba —Tengo
miedo —dijo tras un largo rato y volvió a haber un silencio entre nosotras,
pero yo sabía que no había acabado de hablar y esperé —. Jamás he hecho esto,
Taylor, nunca me he entregado tanto en cuerpo y alma a alguien además de Olaf y
aquello fue hace trecientos años. Odio ser siempre dominante contigo, me siento
más cómoda en el rol contrario, al igual que te pasa a ti, pero me gusta verte
sentir placer y supuse que a ti no te importaría tanto. Lo siento mucho.
>>Permanecí en silencio e intenté imaginar su
soledad, imaginé pasar tantos años buscando amor, tantos años caminando en el
silencioso paso del tiempo bajo el peso de todos los siglos pasados y de todo
el conocimiento aprendido; sola, bajo la luna y el sol brillando en un recuerdo
inamovible de la eternidad de su sangre y su espíritu atrapados en un cuerpo
realmente inmortal, llevando consigo su cálido corazón sin la máscara mortal
del bien y el mal, solo la certeza de los recuerdos y del cambio indetenible de
un mundo que cada vez tenía menos lugar para ella y sus secretos arcanos y
prediluvianos de épocas pasadas donde la noche era más larga y los días más
sangrientos. Sola, ante la idea de que acabar con su vida solo estaba en sus
manos y aun así resistiendo.
>>No voy a relatarte todo lo que sucedió a
continuación. Es una memoria que va a morir conmigo si nadie logra
arrebatármela por la fuerza y dudo que nadie pueda, pero entonces ella lloraba,
y sus lágrimas eran de sangre y las limpié con mis dedos antes de besarla y
quitarle la ropa poco a poco, disfrutando de Celeste, no la vampira inmortal y poderosa,
sino de la mujer de poco más edad que yo, con sus inseguridades y dudas y su
cuerpo hermoso y su corazón cálido y lleno de amor.
>>Era de día cuando finalmente caímos presas del
cansancio más absoluto, y al abrazarnos, las lágrimas se habían hecho risas y
el abrazo tiernos mimos con respiraciones aún agitadas. Y dormimos así, frente
a frente, y disfrutándonos, con las sábanas húmedas y la calefacción encendida
y nos dijimos “te amo” cuando nuestros ojos se cerraban de cansancio tras
largos instantes mirándonos con las palabras destellando en nuestras pupilas y
lo sentimos de verdad y nada más importó cuando el sueño nos llevó a las dos
esa mañana.
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