Death by Rock and Roll - Prólogo

Epílogo

"Make me wanna die"

Los pasos de Taylor resonaban en el camarín alumbrado con velas, como solía pedir en los últimos años. Sacó la cigarrera de la chupa de cuero, tomó uno con los labios y luego lo encendió con su encendedor de plata.

Si hubiese podido, se hubiese sentido cansada, hacía instantes había concluido el segundo show en Atlanta y tocaba descansar, pero no podía renegar más de hablar con aquella muchacha —Déjame ver si comprendo ¿Vale? —dijo, para aclarar las cosas —Tus padres, tus buenos padres, no te dejaron ir a vernos en Dublín.

La pequeña pelirroja tenía el rostro presa del torbellino sobrecogedor de emociones que sentía, su iris celeste estaba rodeado de finas venas rojas de tanto llorar y los labios carnosos, húmedos e hinchados atestiguaban el mismo llanto. Su cabello rojo no ayudaba a disimular el cuadro de histeria que tenía y además de resaltar sus copiosas pecas, le daba a aquellos incesantes sollozos un aire de dramatismo exagerado que a Taylor le encantaba. Era pequeña, de dedos largos y delgados y piel rosa blancuzca, por suerte su nariz demasiado empinada quedaba oculta tras el surco de sus pecas. Tenía un rostro redondo y bonito, dulce, juvenil y vestía un vestido negro, gótico, con unas calzas de cuero debajo y guantes de red. <<Una más del montón de fans que acaban tarde o temprano por creerse el cuento del bien y el mal>> pensó Taylor cuando la vio por primera vez vestida de aquella manera.

Ella no podía hablar. Con dificultad aguantaba los sollozos. Asintió a la pregunta.

—Entonces te escapaste de casa.

Otro asentimiento

—Como no llegaste a Londres, te colaste en el primer barco que encontraste a América — continuó con una risa ahogada en la voz —. Un barco. ¡En pleno siglo XXI!— rió sueltamente, sabiéndose en control absoluto de la situación.

—Yo… yo solo quería

—No contenta con vernos en Washington, nos seguiste por toda la costa. Te colaste en los camerinos en Las Vegas y a pesar de que te echamos y te dijimos que vuelvas a casa, continuaste la gira y ahora, vuelves a molestar.

La pequeña no pudo contener más las lágrimas y rompió en llanto

—¡Basta! ¡Deja de llorar! —ordenó la cantante y la chica se detuvo de inmediato. Había algo en su tono, en su voz, un encantamiento, algo sobrenatural y antiguo que le obligaba a obedecer, a clavarse en aquella silla aunque no fuese su voluntad. De alguna manera, sabía que estaba atrapada allí con su ídolo, su amor, que había añorado desde pequeña, de quién creía conocerlo todo, y aun así, entendiendo de repente que en aquel ser había algo que escapaba a su comprensión. No quiso verlo entonces, en Las Vegas, cuando su piel quizás un poco demasiado pálida le llamó la atención junto con su rostro exageradamente expresivo y la evidente y airosa ignorancia que le devolvía aquel rostro al paso del tiempo, que parecía no encontrar entre la gente a la hermosa rubia. O las tantas veces que la oyó cantar en vivo y sintió como su voz amplificada le traspasaba el alma poseyéndola y exigiéndole sin lugar a excusas que salte, que se libere, que le entregue su pasión —. Así está mejor. Ya habrá tiempo para lloros. Comienzas a comprender que bien hubieses hecho en hacer caso. ¿Verdad? ¿Tus padres no están preocupados?

Hubo un largo silencio. Taylor podía leer aquellas cosas superficialmente en la mente de la muchacha. Sus padres habían dejado de importarle, estaba enceguecida de fanatismo y admiración y miedo.

Se acercó al espejo viejo del pequeño camarín donde se vio reflejada, perdiendo poco a poco el color, —ya habían pasado unas cuantas horas desde que calmara la sed—, y apagó el cigarro contra la mesa sin cuidado. Tomó la silla que había allí y la arrastró frente a la chica para sentarse antes de colocar los pies en una caja de madera del decorado que había ido a parar allí. Desde los tiempos de Europe y Kiss se traía un misticismo estúpido sobre los camarines, una idea de pequeños cabarets en miniatura, con la droga, las mujeres y el glamour flotando en el aire e impregnando todo con un perfume onírico y deseable, pero la realidad era que el Rock and Roll agonizaba y lo que quedaba de los viejos cuartos de mansión donde se agasajaba a las estrellas era la droga, y las mujeres, aunque en cantidades irrisorias en comparación con la época dorada y mucho más expuestos al incesante vaivén de cámaras de la maldita telefonía móvil que no paraba de ganar terreno y de robarle el misticismo al mundo. Aun con todo, los mejores camarines eran salas de estar decentes, sobre todo en arenas donde se celebraban eventos masivos deportivos y en los peores casos, se sentía bien ver el curso moribundo de las cosas, el Rock moría, si, ahogado en su cinismo y en su interna lucha contra sí mismo disfrazada de cruzadas y entonando himnos de guerra, pero la sensación de navegar aquel final, a la deriva en los maderos pútridos y desvencijados de lo que una vez fue era algo romántico, Punk en estado puro. Un pasaje de ida para naufragar en las aguad frías del olvido.

Levantó la vista y sin decir palabra exigió respuesta.

 La pelirroja se encogió de hombros.

—Pongamos que te creo que tienes dieciocho…

—¡Los tengo! —consiguió decir con mucho esfuerzo la muchacha, aunque su voz sonaba apagada y le costaba esfuerzos respirar.

—Vale, vale. Digamos que sí —inquirió Taylor con una sonrisa en la voz —. Yo a tu edad… y antes, ya había hecho cosas similares, pero entonces mucha gente intentaba rectificarme. Ahora veo que no querían la responsabilidad de que acabe lastimándome y siendo una carga en la enfermedad o la legalidad. Lo que me inquieta es qué se supone que buscas.

—Quiero saber de ti —contestó la muchacha, esta vez con más facilidad, aunque aún se sentía incapaz de moverse

—¿Saber de mí? —preguntó la cantante —¿Qué puedes llegar a querer aprender, pequeña, que no hayas leído cientos de veces en las redes? Tienes acceso a toda mi vida, y hay fotos mías en cada buscador, veo en tus ojos —y realmente lo intuía con su poder —que las haz visto con detenimiento y con pensamientos oscuros en esa cabecita tuya y en esas manos —dijo con picardía y rió al ver como la muchacha se ruborizaba hasta el escándalo. Una punzada de sed le cruzó la mente.

La chica no respondía.

Taylor encendió otro cigarro y, tras la primera pitada, lo giró y se lo apoyó en los labios a la pelirroja —Ten, te ves nerviosa

Un coro de toses atacó a la chica que no había probado jamás el tabaco.

—¿Bueno Verdad? Te acostumbras con el tiempo, no te preocupes —dijo en tono burlón, volviendo a la posición relajada que tenía antes.

Aguantando la tos la chica, a pura fuerza de voluntad consiguió replicar —¡Hay cosas que no se! —bajó el tono de voz. Taylor tenía una expresión de curiosidad genuina en el rostro a causa de la tenacidad de la muchacha para resistir su encanto —. Hay… algo. Yo… no puedo controlarme —La pelirroja no conseguía expresarse con claridad, entre el embotamiento de las emociones y la presión que ejercía la música sobre su espíritu, apenas si había tenido fuerzas para decir aquello.

—¿Hay qué? —desafió Taylor, ejerciendo por primera vez presión en su hechizo. La chica se quedó quieta, pálida y en silencio, su garganta se cerró, como si temiese respirar y le pareció que la cantante ensombrecía las luces a su alrededor, con un aura hermosa y maligna. Tragó saliva y sintió como un escalofrío le trepaba por la espalda —¿Algo sobrenatural quizás? ¿Algo que te ata al lugar donde estás a mi voluntad? ¿Algo que me permite ver dentro de esos ojos azules y desear que se apaguen lentamente bajo mi beso mortal mientras sacio esta sed que el aroma de tu cuerpo me trae de forma tan voluntaria? —Se puso de pie con agilidad felina y en un instante estaba muy cerca de la chica, inclinada hasta que puso sentir su aliento a tabaco y licor —. ¿O es acaso eso que te enamora? ¿Eso que hace que no puedas dejar de mirarme y desearme? ¿No es lo que buscas acaso… Entregarte a mi en la forma que quiera aceptarte para hacerte mía?—

El aura alrededor de la rubia cambió y en un instante las sombras se disolvieron, dando paso a la luz. Y allí estaba ella, como la muchacha la había soñado siempre, hermosa, inmaculada y dominante, brillando con luz propia, con los ojos café, cargados de una sabiduría profunda y el cuerpo con la calidez justa para abrazarla eternamente —Te amo.

La cantante soltó una risa histriónica y tuvo que caminar hasta recuperar la compostura. Su voz claramente no era humana, había algo en su risa que sonaba casi metálico, antiguo, como un coro de campanas colgadas en unos carruajes victorianos negros que avanzan vacíos y veloces por carreteras olvidadas del mundo tirados por los caballos del apocalipsis.

Arrojó la colilla del cigarro contra el espejo y se volvió hacia la muchacha —¿Me amas?

—Te amo —afirmó la pelirroja con seguridad

Taylor se acercó con dulzura a la muchacha y acarició su mentón con delicadeza. Tenía las manos a una temperatura fantasmal. Tibia, pero mortecina, como si la vida estuviese abandonando aquellos dedos y consumiéndose en el cuerpo de la rubia. Aun así, su solo contacto fue un afrodisíaco poderoso en la piel de la joven que suspiró y cerró los ojos, entregándose a aquellas caricias que apenas duraron un segundo.

La cantante se sentó en su silla y cuando la pelirroja abrió los ojos la estaba mirando a los ojos fijamente. —Me recuerdas mucho a mi misma cuando tenía tu edad —dijo con calma y liberó un poco el encantamiento que ataba a la chica —. Eres impulsiva y estúpida. Así que voy a concederte la siguiente elección —su tono era serio y profundo, como una nana de antaño que calentaba el alma de la muchacha —: Puedes escuchar mi historia, la parte que nadie conoce… O puedes irte ahora. Volver a casa. Yo invito el pasaje en avión.

Había algo en aquellas palabras, algo oscuro y peligroso todo su cuerpo gritaba <<¡Vete!>> con todas sus fuerzas, y tan pronto el hechizo cayó por completo durante un instante, pensó que lo haría, sin embargo se oyó diciendo —Quiero oír la historia.

Taylor sonrió, enseñando esta vez los dientes, donde dos colmillos afilados coronaban su dentadura y aterraban y excitaban a la muchacha a partes iguales con su filo húmedo que reflejaba la poca luz del camarín. Se levantó y cerró la puerta con cerrojo —Vale. Que así sea. Hace mucho no remuevo estos recuerdos, pero voy a intentar relatar lo ocurrido con lujo de detalles y vas a escucharla… y no va a gustarte, pero una vez contada, ya no tendré secretos para ti, pequeña.

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