Death by Rock and Roll - Cap 1
Acto 1
"Going down"
—Bueno. ¿Por dónde empezar? —se preguntó Taylor — Asumo
que lo correcto sería decir que esta historia ocurrió hace siete años, o más
bien, el giro que esperas está allí. Y comentarte que el tiempo para mí no
funciona como lo concibes tú.
>>Estos últimos años me parecieron irrisorios,
donde antes estaba para mí el velo de la vigilia ahora hay un radiante
despertar de sensaciones nítidas, pero eso es adelantarme. Baste decir que el
velo se ha movido a mi percepción hacia el sentido del tiempo; a la sensación
de la urgencia mortal de nuestro tiempo, de la que quizás ni te des cuenta a
medida que vas viviendo, pero que existe, pues los mortales os acercáis
lentamente a vuestro propio fin con cada inhalación, con cada paso y cada
movimiento.
>>Y has oído correctamente. Hablo de vosotros como “Los
mortales”, pues vuestra condición me fue quitada entonces, aunque, paciencia,
pequeña, ya llegaremos a ello.
>>Voy a contarte rápidamente como fue crecer siendo
yo. Supongo que los por menores del asunto te son conocidos de tu comedia de
información a la que llamamos internet, pero déjame decirte en mis propias
palabras la sensación de ser yo. Con una infancia privada y seducida por los
pecados de un mundo al que no debería exponerse jamás a un niño con la falta de
responsabilidad de quienes me dieron la vida:
>>Nací en San Louis y es mucho decir. Podría pasarme
horas solo hablando del rio Misuri, de sus luces nocturnas, del gran Arco
Gateway, que se veía desde el la orilla oeste, donde vivíamos con mi familia en
una suerte de viejo barrio de suburbios que el casco céntrico comenzaba a
devorar sin control. Quiero decir, no es que allí hubiese poca gente, sino que
los edificios parecían moverse con el paso del tiempo, abarcando nuestro lado
de la costa, convirtiendo las casitas y las villas en rascacielos y las callejas
en avenidas… supongo que es un proceso natural, el avance del hombre hacia la
naturaleza y el descubrimiento del mundo, aun así, no me agrada. Nunca lo ha
hecho.
>>Probablemente esa incomodidad que me provoca el
hambre compulsiva de los mortales por arrojar luz a cada rincón de misterio es
lo que acabó llevándome a convertirme en quién soy. Y gran parte de ello está
en mis canciones, sobre todo en las menos recientes.
>> A los tres años ya había aparecido en
televisión. ¿Puedes imaginarlo? ¡Una niña de tres años expuesta a las miradas
de millones de extraños y ganando dinero por ello! Hoy lo pienso y me parece un
acto egoísta y risible, pero en cualquier caso, allí estaba la pequeña Taylor.
Abriéndose paso en una carrera que no eligió, empujada a un mundo del que
muchos no salen cuerdos y algunos pagan con la vida el silencio de las
atrocidades que allí se cometen. No, no te asustes, esto no es una historia de
abuso a mi persona —rió la cantante —. De hecho, mi madre ultra religiosa se
encargó de taparme bastante bien los ojos a ciertas cuestiones de los sets.
>> Aun así, con siete años me parecía extraño el
aliento de muchos compañeros de rodaje, apestando a alcohol y a tabaco, o ver a
ciertos actores que no pienso nombrar ni en esta confidencia ocultando marcas de
jeringuillas en los brazos a expensas de las tiernas maquillistas… ¡Oh! Esa vez
que quise echarle “Azúcar” a mi té y mi madre me llenó de excusas de que aquel
era “El frasco privado del director”. Que risible suena todo aquello desde mi
perspectiva. Contado así lo recuerdo con cierta melancolía.
Taylor suspiró y encendió otro cigarro —¿Quieres uno? —preguntó
extendiéndole la cigarrera abierta a la chica para que se sirviera. Ella así lo
hizo y la cantante lo encendió con su encendedor.
La pelirroja volvió a toser, pero más suavemente.
—Dale pitadas pequeñas. Así mira — Llevó el tabaco a su
boca y fumó lentamente para que la chica la imitara. Soltó un poco de humo
ayudándose solo de las mejillas cuando separó la boquilla de sus labios y luego
dio una bocanada de aire. Se recostó en la silla —. Lento… eso es. No fumes,
disfruta de la comunión de la paz de la nicotina. —dijo con total tranquilidad.
—No está tan mal así —sonrió la muchacha, expulsando la
bocanada de humo
—Bienvenida al infierno mortal, querida. Acabo de darte
un pasaje solo de ida a la muerte más ingrata y estúpida de todas. Reza a Dios
por que acabe antes con tu vida.
La pelirroja se estremeció, pero guardó silencio e
instantes después, imitando a Taylor dio otra pitada.
—Bueno, ¿Por dónde iba?... Ah, ya.
>> Actuaba. Y solo conocía aquel mundo. Es cierto
que grabé canciones, pero solo villancicos, torpes y estériles, aunque
sirvieron para inspirarme y mostrarme algo mejor, más genuino. A los ocho años
escribí mi primera canción, y hasta fue incluida en un álbum. Recuerdo
escucharla en el coche de mi padre y no creer aquella extraña sensación.
Supongo que un ego natural crecía en mí y presa de él y sin saber cómo
canalizarlo mi adolescencia me llevó a adentrarme en el mundo del modelaje.
>>Si era feliz o no, no lo sé realmente. La
respuesta sencilla es “si”. Tenía a mis catorce años la independencia con la
que muchos adultos sueñan. Mis padres se quedaban con buena parte de la tajada
de dinero, es cierto, pero pude comprarme mi primer coche a los trece. Solo me
permitieron un viejo Ford. Y digo me permitieron con mucha ironía, pues aunque
me enviaban a dormir a las once y controlaban todo cuanto leía y escuchaba,
pues no querían exponerme a la música satánica y antipatriótica de la época, mi
padre me enseñó a conducir por el vecindario y en las raras ocasiones en que se
demoraba en despertar para arreglarse para el trabajo, allí iba yo a mi
religioso colegio privado, montada en mi Ford azul.
>> Con todo, mi madre había puesto pocas pegas a
que entrara al mundo de las revistas. Era evidentemente anti católico exhibirme
como fantasía sin arte alguno. Te puedes imaginar que una chiquilla de catorce
modelaba como mucho para comerciales de caramelos en las revistas. O daba notas
insulsas sobre test de personalidades para niños de mi edad. Aun con todo, había
arte en aquella carrera. Claro que obedece un sentido puramente estético, pero
el mundo funciona así. Hoy lo sé: el bien y el mal, la moral y el pecado, el
tiempo mismo, son meras conjugaciones de los recatos humanos. Todo lo que es
real, todo lo que mueve el mundo, es el valor estético de las cosas. ¿Te parece
extraño? Bien, no te pido que lo entiendas, pero es la verdad. Cada acto humano
es estético o fútil. Quédate también esa enseñanza.
>> Al igual que te pasa a ti, tampoco tenía la
capacidad para comprender esa idea, y pronto comencé a cuestionar la misa de
los domingos, la larga catequesis obligatoria, el poder absoluto de los curas
que rectoraban el colegio; sobre todo cuando el escándalo del Padre Prius salió
a la luz. Imagino que sabes por donde voy. Supongo que no representa a la
mayoría, pero es evidente a esta altura de la historia humana, que la falta de
contacto humano hace que las mentes se corrompan y sucumban.
>>Allí estaba yo, descreída de todo lo que me
habían enseñado y por lo tanto, lejos del asilo psíquico que dan a las almas las
convicciones fanáticas. Y en ese estado de estrés al que rápidamente pueden
llevarte las horas de trabajo en la revista, sumadas a la escuela, las
constantes discusiones con mi familia, que insistía en que debía asistir a la
iglesia a confesarme en contra de mi voluntad… ¡A confesarme! ¿Ves la ironía?
En mi cabeza el confesionario había pasado a ser un cuarto desagradable en el
que un viejo verde se acariciaba bajo la sotana mientras me oía contarle que me
había tocado y haciéndome caer todo el peso de una culpa fantasma y estúpida. Me
asqueaba.
>>En fin, una tarde en medio de ese torbellino de
ideas, y habiendo salido de mi casa simplemente para no estar allí, pasé por
una tienda de discos y mi vida cambió.
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